Pasión Prohibida Capítulo 95 El Susurro en la Oscuridad
La noche en la Ciudad de México se sentía como un manto pesado y cálido, con el aroma a elotes asados flotando desde la calle y el lejano rumor de los cláxones que nunca callaban. Ana caminaba por el pasillo del lujoso departamento en Polanco, su corazón latiendo con fuerza contra las costillas. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa, el tejido suave rozando su piel arreciada por la anticipación. Hacía meses que esto había empezado, esa pasión prohibida que los consumía como fuego en pólvora seca.
Luis la esperaba en la terraza, su silueta recortada contra las luces titilantes de la Reforma. Era el mejor amigo de su esposo, el carnal de toda la vida, pero entre ellos ardía algo que no se podía nombrar en voz alta. "Ven, nena", murmuró él cuando la vio, su voz grave como un ronroneo que le erizaba la piel. Ana se acercó, el olor de su colonia amaderada invadiéndola, mezclado con el sudor leve de la humedad nocturna. Sus manos se encontraron primero, dedos entrelazados con urgencia contenida.
¿Qué carajos estoy haciendo? Pensó Ana, mientras su pulso se aceleraba. Mi marido confía en él como en un hermano, y aquí estoy, anhelando su toque como una pendeja desesperada.
Se besaron bajo las estrellas contaminadas por la ciudad, labios hambrientos chocando con un sabor a tequila reposado que él había bebido antes. La lengua de Luis exploraba su boca con maestría, saboreando el dulzor de su gloss de cereza. Ana gimió bajito, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza creciente bajo sus pantalones. El viento jugaba con su cabello, trayendo ecos de mariachis lejanos que parecían cantarles su secreto.
Entraron al departamento sin decir palabra, las luces bajas proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Luis la empujó suavemente contra la puerta, sus manos grandes deslizándose por sus caderas, amasando la carne suave con posesión. "Te he extrañado tanto, ricura", susurró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible donde latía su vena. Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios mientras el calor entre sus piernas se volvía insoportable. El roce de sus barbas incipientes le raspaba deliciosamente, enviando chispas por su espina dorsal.
En el sofá de cuero negro, que crujió bajo su peso, la tensión inicial se rompió como una ola. Luis desabrochó el vestido con dedos temblorosos, revelando la lencería roja que ella había elegido pensando en él. "Mírate, tan chingona y tan mía esta noche", dijo, sus ojos oscuros devorándola. Ana lo miró, viendo el deseo crudo en su rostro moreno, las venas hinchadas en sus antebrazos mientras le quitaba el sostén. Sus pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada ardiente.
Él los tomó en sus palmas callosas, masajeándolos con devoción, el pulgar rozando los picos sensibles hasta que ella soltó un gemido ronco. Qué rico se siente esto, pensó Ana, mientras bajaba la mano para acariciar la protuberancia en sus jeans. La tela estaba tensa, caliente, y ella la apretó suavemente, sintiendo cómo él se endurecía más. Luis gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho ancho, y la besó de nuevo, profundo y salvaje, mientras sus dedos bajaban por su vientre plano hasta el encaje húmedo de sus panties.
La habitación olía a ellos ahora, a deseo almizclado y piel caliente. Ana lo empujó hacia atrás, queriendo tomar control por un momento. Se arrodilló entre sus piernas, desabrochando el cinturón con dientes, el metal frío contrastando con el calor de su piel. Sacó su verga gruesa, venosa, palpitante en su mano. "Papi, estás tan duro por mí", murmuró ella, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando la sal preeyaculatoria. Luis echó la cabeza atrás, sus manos enredándose en su melena negra, guiándola con gentileza mientras ella lo engullía centímetro a centímetro.
El sonido de succión húmeda llenaba el aire, mezclado con los jadeos de él y los suyos propios. Ana lo chupaba con hambre, la boca llena, la garganta relajándose para tomarlo más profundo. Sus bolas pesadas rozaban su barbilla, y ella las masajeaba con delicadeza, sintiendo cómo se contraían. Luis la miró, ojos nublados de placer. "Para, mi amor, o me vengo ya", rogó, tirando de ella para levantarla.
La llevó en brazos al dormitorio, los músculos de sus brazos flexionándose bajo su peso ligero. La tiró sobre la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra su espalda desnuda. Se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando con sudor bajo la luz tenue. Ana abrió las piernas, invitándolo, su coño depilado reluciendo de humedad, hinchado de necesidad. Luis se colocó entre sus muslos, besando el interior sensible, subiendo hasta su clítoris erecto.
Su lengua era fuego, lamiendo en círculos lentos al principio, saboreando sus jugos dulces y salados. Ana se arqueó, uñas clavándose en las sábanas, el placer construyéndose como una tormenta. "¡Ay, Luis, no pares, cabrón!", gritó, mientras él metía dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos contra su punto G. El sonido chapoteante de su excitación era obsceno, delicioso, y el olor almizclado la volvía loca. Sus caderas se movían solas, follando su boca y dedos con desesperación.
Esto es pasión prohibida capítulo 95, pensó ella en un arrebato febril, como esas novelas que leo a escondidas, donde el deseo vence a todo.
La orgasmos la golpeó como un rayo, su cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Luis no paró, prolongando las olas hasta que ella tembló incontrolable. Entonces, se posicionó, la punta de su verga rozando su entrada resbaladiza. "Dime que me quieres dentro", exigió, voz ronca.
"Sí, métemela toda, amor", suplicó Ana, envolviendo las piernas alrededor de su cintura. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Estaban hechos el uno para el otro, su grosor llenándola por completo, el glande besando su cervix. Comenzaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. El sudor goteaba de su pecho al de ella, mezclándose, salado en su lengua cuando lo lamió.
La intensidad creció, embestidas profundas y rápidas, la cama golpeando la pared con ritmos primitivos. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él le mordía el hombro, gruñendo palabras sucias. "Tu panocha es tan apretada, tan chingona, me vas a ordeñar". Ella respondía con gemidos, "Fóllame más duro, papi, hazme tuya". El aire estaba cargado de sus olores, jadeos entrecortados y pieles chocando con palmadas húmedas.
En el clímax, se miraron a los ojos, almas conectadas en esa prohibición que los unía. Luis se hinchó dentro de ella, corriéndose con un rugido gutural, chorros calientes inundándola mientras ella explotaba de nuevo, paredes vaginales ordeñándolo. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones sincronizadas.
Después, en la quietud, Luis la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura contra sus nalgas. Besó su nuca, suave ahora. "Esto no puede parar, Ana. Eres mi todo". Ella giró, besándolo tierno, el sabor de sus jugos aún en su boca.
¿Y ahora qué? Se preguntó, mientras el amanecer teñía el cielo de rosa. Esta pasión nos destruirá o nos salvará, pero no puedo vivir sin ella.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de su unión latiendo en el silencio. La ciudad despertaba afuera, ajena a su secreto, pero en su mundo, pasión prohibida capítulo 95 acababa de escribirse con sus cuerpos.