La Mecanica Es Mi Pasion
El sol de mediodía pegaba como plomo en el taller de la colonia Roma, en el corazón de la Ciudad de México. Yo, Karla, con mis manos llenas de grasa y mi overol ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo, me limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. La mecánica es mi pasión, siempre lo había sido. Desde chavita, desarmaba motores en el garage de mi carnal, soñando con ser la reina de los fierros. Hoy, con veintiocho pirulos bien puestos, mi taller era mi reino, y los carros, mis amantes fieles.
Escuché el rugido de un motor lastimero acercándose por la calle empedrada. Era un Mustang clásico, negro como la noche, con el capó levantado que dejaba ver sus entrañas palpitantes. Del lado del conductor bajó él: Alex, un morro alto, de piel morena bronceada por el sol, con brazos musculosos que se marcaban bajo una playera blanca pegada por el calor. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando enciendes un motor viejo y cobra vida de golpe.
Órale, Karla, no te pongas pendeja, me dije mientras me acercaba, oliendo a aceite quemado y gasolina fresca. —Qué onda, guapo. ¿Qué le pasa a tu bestia? —le pregunté con voz ronca, sacudiendo una llave inglesa en la mano.
Él sonrió, mostrando dientes perfectos. —Se apaga cuando acelero, carnala. Me late que necesita una mano experta. —Su mirada se clavó en mis tetas, que el overol medio abierto dejaba entrever, y el aire se cargó de electricidad estática.
Me agaché bajo el capó, sintiendo el metal caliente contra mis muslos. El olor a caucho caliente y metal recalentado me invadió las fosas nasales, mezclado con su colonia masculina que flotaba como una promesa. —Ven, échale un ojo —le dije, y él se acercó tanto que su pecho rozó mi espalda. Su aliento cálido en mi cuello me erizó la piel.
¡Neta, este wey me está prendiéndola! Su calor me quema más que este motor chingado.
Trabajamos lado a lado durante la tarde. Le expliqué cada tornillo, cada bujía sucia, mientras mis manos rozaban las suyas accidentalmente. La grasa negra se transfería de mis dedos a los suyos, y cada toque era como una chispa. Sudábamos a chorros; el taller olía a esfuerzo, a hombre y mujer en sintonía. Él reía con mis chistes sobre carros pendejos que se descomponen en el peor momento, y yo sentía mi concha humedeciéndose bajo el overol, traicionera.
—La mecánica es mi pasión —le confesé mientras ajustaba la correa, mi voz baja, casi un ronroneo—. Nada me prende más que hacer ronronear un fierro así.
Alex se acercó más, su mano en mi cintura. —Y a mí me prende verte manejarlo todo con esas manos. —Sus labios rozaron mi oreja, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. El sol bajaba, tiñendo el taller de naranja, y el tráfico de la Roma empezaba a calmarse. Solo quedábamos nosotros, el Mustang y esa tensión que crecía como presión en un pistón.
Acto dos: la escalada. Le pedí que probara el carro. Lo encendió, y el motor rugió fuerte, vibrando el piso de concreto bajo nuestros pies. Él aceleró, y el sonido gutural me vibró en el pecho, directo al clítoris. —¡Está chingón! —gritó por la ventana, y yo salté al asiento del copiloto, mi overol desabrochado hasta el ombligo, dejando ver mi sostén negro de encaje.
Dimos una vuelta rápida por Insurgentes. El viento entraba por las ventanas abiertas, azotando mi pelo y secando el sudor de mi piel. Su mano derecha dejó el cambio de velocidades y cayó en mi muslo, apretando la carne firme. —Karla, neta, eres una diosa de los motores —dijo, su voz ronca sobre el rugido.
Volvimos al taller al anochecer. Las luces fluorescentes zumbaban como abejas, iluminando gotas de sudor que resbalaban por su cuello. Me bajé del carro y lo enfrenté, mi corazón latiendo como un V8 desbocado. Ya valió, me lo voy a comer, pensé, y lo jalé por la playera.
Sus labios chocaron contra los míos, duros y urgentes. Sabían a sal y a cerveza que había tomado antes, con un toque de menta. Mi lengua invadió su boca, explorando como si fuera un carburador complicado. Sus manos, aún grasientas, me desabrocharon el overol por completo, bajándolo hasta mis caderas. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como tuercas, rozando su pecho peludo.
—¡Ay, wey, qué rico! —gemí mientras él chupaba mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Lo empujé contra el Mustang, el metal aún tibio del motor calentándonos las nalgas. Olía a sexo inminente: mi excitación dulce y almizclada mezclada con el aceite y su sudor varonil.
Me arrodillé en el piso sucio, desabrochando su jeans con dientes y dedos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando como un pistón listo. La tomé en la mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso acelerado bajo la piel suave. —Mira qué chulada —murmuré, lamiendo la punta, saboreando el precum salado y pegajoso.
Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. —Chúpamela, Karla, hazme volar. —Yo obedecí, tragándomela hasta la garganta, el olor a hombre puro invadiéndome. Mis labios se estiraban alrededor de su grosor, la saliva chorreando por mi barbilla. Él jadeaba, el sonido crudo rebotando en las paredes del taller.
Me levantó como si no pesara, sentándome en el capó del Mustang. El metal me quemó las nalgas desnudas, delicioso contraste con el fresco de la noche. Abrí las piernas, mi concha depilada brillando de jugos, hinchada y lista. —Cógeme, Alex, hazme tuya —supliqué, mi voz temblorosa de necesidad.
Él se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué ancho! Grité, mis uñas clavándose en su espalda. El roce era perfecto: su verga rozando mis paredes internas, cada vena estimulando mi punto G. Empezó a bombear, lento al principio, el sonido húmedo de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, resbalando como aceite lubricante.
Aceleró, sus caderas chocando contra mis muslos con palmadas sonoras. Yo arqueé la espalda, mis pezones rozando su pecho, enviando descargas al cerebro. —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! —le exigí, y él obedeció, follando como un animal en celo. El taller se llenó de nuestros olores: sexo crudo, gasolina, pasión desatada.
Cambié de posición, volteándome sobre el capó, mi culo en pompa. Él me embistió por atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra jalando mi pelo. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión ardiente en el vientre. —¡Me vengo, cabrón! —aullé, y exploté, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis piernas.
Él no paró, prolongando mi clímax con estocadas profundas. Finalmente, gruñó como un motor fallando, y se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome, su semen espeso goteando cuando se salió.
Acto tres: el afterglow. Nos derrumbamos sobre una lona en el piso, jadeantes, cuerpos enredados y pegajosos. El aire nocturno entraba por la puerta abierta, refrescando nuestra piel febril. Él me besó la frente, suave ahora. —Eres increíble, Karla. La mecánica es tu pasión, y la mía eres tú.
Reí bajito, trazando patrones en su pecho con un dedo grasiento.
Neta, esto fue mejor que cualquier carrera. ¿Repetimos?El Mustang nos miraba desde el rincón, testigo silencioso de nuestra unión. Mañana lo entregaría arreglado, pero esta noche, en mi taller, todo era perfecto. Mi pasión por los fierros acababa de ganar un nuevo combustible: él.