Dios Los Entregó A Sus Pasiones
En el calor pegajoso de esa noche de verano en la Roma, Sofía se sentía como si el aire mismo la estuviera invitando a pecar. La música de cumbia rebeldía retumbaba desde los altavoces del rooftop, mezclándose con el olor a tacos al pastor que flotaba desde la calle abajo. Ella, con su vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como un amante impaciente, sorbía un michelada helada, el limón picante en su lengua despertando algo primitivo dentro de ella. Hacía meses que no se permitía esto, desde que su ex, ese güey aburrido, la había dejado por una tipa flaca de oficina. Pero esta noche, con el tequila corriendo por sus venas, todo parecía posible.
Mateo apareció de la nada, como un sueño húmedo hecho carne. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en neón. Era el carnal de su mejor amiga, el que siempre la había mirado con ojos de querer comérsela viva. Órale, Sofía, ¿qué pedo contigo esta noche? Estás cañona, le dijo acercándose, su voz grave rozando su oído como una caricia. Ella rió, sintiendo el calor subirle por el cuello, el pulso acelerado en su yugular. Sus manos se rozaron al pasar el vaso, y fue como electricidad pura: piel contra piel, áspera la de él por el trabajo en la construcción, suave la suya de crema de vainilla.
¿Por qué carajos me pongo así con este pendejo? Dios mío, si mi mamá supiera... pero neta, lo quiero ya, aquí mismo.
La fiesta avanzaba, cuerpos sudados bailando al ritmo de La Chona, el humo de los cigarros mezclándose con el aroma dulzón de las flores de bugambilia que adornaban el lugar. Sofía y Mateo charlaban, coqueteaban, sus rodillas tocándose bajo la mesa improvisada de madera. Él contaba anécdotas de sus viajes por la costa, de playas en Oaxaca donde el mar lamía la arena como un amante insaciable. Ella lo escuchaba, imaginando su cuerpo sobre el de ella, olas rompiendo a su alrededor. El deseo crecía, lento al principio, como una marea subiendo.
Acto primero de su rendición: un baile. La agarró de la cintura, fuerte pero tierno, y la pegó a su pecho. Olía a jabón de sándalo y sudor masculino, un perfume que la mareaba más que el alcohol. Sus caderas se movían sincronizadas, el roce de su verga endureciéndose contra su muslo enviando chispas directo a su clítoris. Me estás poniendo bien caliente, carnal, murmuró ella en su oído, mordisqueando el lóbulo. Él gruñó bajito, un sonido animal que vibró en su pecho. Si supieras lo que te haría ahorita...
La tensión era palpable, un nudo en el estómago de Sofía que pedía ser desatado. Recordó las prédicas de su infancia en la iglesia de su barrio en Coyoacán: Dios los entregó a sus pasiones, decía el padre, advirtiendo contra los deseos carnales. Pero esta noche, esa frase no era advertencia, sino invitación. Que nos entregue, pues, pensó ella, mientras lo arrastraba a un rincón oscuro del rooftop, lejos de las luces neón y las risas ebrias.
El beso llegó como un trueno. Sus labios chocaron, hambrientos, lenguas enredándose en un baile salvaje. Sabía a tequila y a menta, su saliva cálida inundándola. Las manos de Mateo exploraban: bajando por su espalda, apretando sus nalgas con urgencia, levantando el vestido para tocar la piel desnuda de sus muslos. Ella jadeaba contra su boca, el sonido ahogado por la música, sus pezones endurecidos rozando el encaje de su brasier. Te necesito, Sofía. Neta, me vuelves loco, ronroneó él, su aliento caliente en su cuello.
Se escabulleron al departamento de él, a dos cuadras, el trayecto un borrón de besos robados en el elevador, dedos impacientes colándose bajo la ropa. El aire dentro olía a incienso de copal y a hombre soltero: ropa tirada, posters de lucha libre en las paredes. La puerta apenas cerró cuando él la empujó contra la pared, devorando su boca mientras sus manos desabrochaban el vestido. Cayó al suelo como una ofrenda, revelando su cuerpo desnudo salvo por las tangas de encaje rojo. Chingada madre, qué chula estás, exclamó él, ojos oscuros brillando de lujuria.
Siento su mirada quemándome, como si ya me estuviera follando con los ojos. No hay vuelta atrás, y no quiero que la haya.
Acto segundo, la escalada: él la cargó a la cama, king size con sábanas revueltas que olían a su esencia. La tumbó con gentileza, besando cada centímetro: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos, el ombligo tembloroso. Sus labios succionaban un pezón, lengua girando despacio, mientras un dedo trazaba su rendija húmeda a través de la tela. Sofía arqueó la espalda, gimiendo alto, el placer como un rayo recorriéndole la espina. Más, pendejo, no pares, suplicó, clavando uñas en su espalda tatuada con un águila devorando serpiente.
Él se desnudó, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm que ella lamió ansiosa, saboreando la sal amarga en su lengua. Lo chupó profundo, garganta relajada por el deseo, sus bolas pesadas en su palma. Mateo gemía, ¡Qué rica chupas, mi amor! Así, trágatela toda, caderas empujando suave. El olor almizclado de su sexo la embriagaba, mezclándose con el sudor que perlaba sus cuerpos.
La volteó boca abajo, besando la curva de su culo, lengua hurgando su ano mientras dedos follaban su coño empapado. El squelch húmedo de sus jugos, los jadeos entrecortados, el slap de piel contra piel: todo construía la sinfonía de su entrega. Sofía temblaba, al borde, pero él la frenó. Aún no, reina. Quiero sentirte explotar conmigo adentro. La penetró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Llenó su vacío, pulsando caliente, y empezaron a moverse: ella cabalgándolo primero, tetas rebotando, él embistiéndola después desde atrás, como animales en celo.
El clímax se acercaba, tensión en espiral. Sus pensamientos eran un torbellino: Esto es el infierno prometido, y lo quiero eterno. Recordó de nuevo la frase bíblica, susurrada en su mente como mantra: Dios los entregó a sus pasiones. Y sí, se sentían entregados, libres en su lujuria mutua.
El orgasmo los golpeó como una ola gigante. Sofía gritó, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando las sábanas. Él rugió, llenándola de semen espeso, pulsos interminables. Colapsaron, entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones agitadas calmándose en armonía. El afterglow era puro éxtasis: su mano acariciando su cabello, besos perezosos en la sien.
Despertaron al amanecer, luz filtrándose por las cortinas, pájaros cantando en el jacarandá del patio. ¿Y ahora qué, carnal?, preguntó ella, trazando círculos en su pecho. Ahora seguimos entregados, mi Sofía. Dios nos jodió bien chido, rió él. Ella sonrió, sabiendo que esta pasión era suya, consensual, empoderadora. No había culpa, solo la promesa de más noches así, enredados en el fuego que los consumía dulcemente.