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Diccionario de Pasion

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Diccionario de Pasion

Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde bañándome la piel como una caricia tibia. El aire traía olor a tacos de la esquina y a jazmines del vecino. Hojeaba ese librito viejo que encontré en una librería de viejo en el Centro, Diccionario de Pasion. No era un diccionario cualquiera, wey. Cada entrada era una invitación al desmadre sensual: palabras como "ardor" definidas con versos que te ponían la piel chinita, o "susurro" que describía lenguas rozando orejas hasta volver loco al otro.

Yo, Ana, de veintiocho pirulos, siempre había sido la típica morra lectora, pero últimamente andaba con un vacío adentro que ni los chupes con las amigas llenaban. Mi carnal Diego, mi novio desde la uni, era un chingón en la cama, pero la rutina nos estaba matando. ¿Y si uso esto para prender la mecha? pensé, mientras mi dedo recorría la página de "deseo". Ahí decía: "Fuego lento que quema desde el ombligo hasta las yemas de los dedos, listo para explotar". Neta, se me erizó el vello de los brazos.

Escuché la llave en la puerta. Diego entró, con su playera pegada al pecho por el calor, olor a sudor fresco y colonia barata que siempre me volvía loca. "Órale, mi amor, ¿qué traes ahí?", dijo con esa sonrisa pícara, tirando su mochila y acercándose. Lo jalé de la mano hacia el balcón. "Siéntate, pendejo. Te voy a leer del Diccionario de Pasion. Pero con reglas: cada palabra que lea, la actuamos. ¿Le entras o qué?". Sus ojos se iluminaron, como si le hubiera prometido el cielo. "Neta? Chido, prenda. Empieza ya".

Empecé con "mirada". La definición hablaba de ojos que desnudan sin tocar, que recorren curvas como dedos invisibles. Nos quedamos mirándonos fijo, yo sentada en su regazo, sintiendo cómo su verga se ponía dura contra mi nalga. El pulso me latía en las sienes, el corazón tronando como tamborazo zacatecano. Su aliento cálido en mi cuello olía a menta del chicle que masticaba.

"Tus ojos me comen viva, Diego. Siento tu mirada bajando por mis chichis, hasta mi panochita".
Él tragó saliva, ronco: "Y yo veo cómo se te pone la piel, mi reina".

Pasamos a "roce". Ahí el diccionario describía piel contra piel, como chispas en la oscuridad. Me quité la blusa despacio, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras. Diego gimió bajito, sus manos grandes subiendo por mis muslos, rozando apenas la tela de mis shortes. Sentí el calor de sus palmas, ásperas por el trabajo en la constructora, subiendo hasta mi entrepierna. "No toques aún, cabrón", le susurré, jalándole la cabeza para besarlo. Nuestras lenguas bailaron, sabor a sal y deseo, húmedas y urgentes. El sonido de nuestros labios chupándose era como música prohibida, y el olor de mi excitación empezaba a llenar el aire.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Yo andaba mojadita, la tanguita empapada pegada a mi clítoris hinchado. Diego respiraba pesado, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Esto es lo que necesitaba, este juego que nos hace extraños otra vez, ansiosos como la primera vez en el auto de su jefa, pensé mientras le bajaba el zipper. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que olía almizclado, puro macho. La tomé en la mano, piel suave sobre hierro, latiendo contra mi palma. "Ahora 'acaricia'", leí en voz alta. El diccionario lo pintaba como un río de fuego lento. Mis dedos la recorrieron de la base a la punta, apretando suave, sintiendo cada vena pulsar. Él gruñó, arqueando la espalda: "¡Carajo, Ana, me vas a matar!".

Nos movimos al sillón del balcón, el sol poniéndose tiñendo todo de naranja. Yo me puse de rodillas, el piso fresco contra mis rodillas desnudas. "Sabor", era la siguiente. Definía el gusto de la piel salada, de jugos íntimos. Lamí su verga desde las bolas, saboreando el sudor salado mezclado con su esencia varonil. Él metió los dedos en mi pelo, jalando suave, guiándome. El sonido de mi boca chupándolo era obsceno, chapoteos húmedos que me ponían más caliente. Subí hasta la punta, succionando fuerte, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Su gemido fue como un trueno, vibrando en mi pecho.

Pero no lo dejé acabar. "Paciencia", leí, riéndome. El diccionario lo llamaba el arte de la espera que multiplica el placer. Lo empujé al sillón, me quité los shortes de un tirón, quedando en tanguita empapada. Me senté a horcajadas, frotando mi panocha contra su verga sin meterla. El roce era tortura deliciosa: mi clítoris rozando su glande, jugos mezclándose, resbalosos y calientes. Olía a sexo puro, a nosotrotros enloquecidos. Diego me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus uñas clavándose lo justo para doler rico. "Te necesito adentro, mi amor. Neta, no aguanto", jadeó.

Aquí la cosa se puso intensa. "Penetración", definía el diccionario como la unión de almas a través de cuerpos. Me levanté un poquito y lo guié adentro, centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría, llenándome hasta el fondo, rozando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Ay, wey!", grité, mientras bajaba del todo. El estirón era perfecto, su verga palpitando contra mis paredes. Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, mis chichis rebotando con cada embestida. El slap-slap de carne contra carne llenaba el balcón, mezclado con nuestros jadeos. Sudor nos corría por la espalda, goteando salado entre mis pechos. Él chupó mis pezones, mordisqueando suave, enviando rayos de placer directo a mi clítoris.

La escalada fue brutal. Aceleré el ritmo, cabalgándolo como si no hubiera mañana, mis uñas arañando su pecho velludo. Esto es pasion pura, el diccionario no miente, pensé entre gemidos. Diego me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas contra el barandal. El viento fresco me erizó la piel, mientras él embestía desde atrás, profundo y salvaje. Su panza peluda contra mi espalda, bolas golpeando mi clítoris. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!", le exigí. Él obedeció, una mano en mi pelo jalando, la otra frotándome el botón. El orgasmo me pegó como camión, olas de fuego desde el útero, chillando su nombre mientras me convulsionaba, chorros calientes empapándonos.

Diego no tardó. Dos embestidas más y se vino adentro, gruñendo como animal, su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos en el sillón, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y jugos. El sol ya se había ido, luces de la ciudad parpadeando como estrellas. Él me besó la frente, suave. "Ese dicionario de pasion es lo mejor que has traído, mi vida. Vámonos preparando más entradas". Reí bajito, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

"Sí, carnal. Nuestro propio diccionario, con todas las palabras que inventemos".

Nos quedamos así hasta que el fresco de la noche nos hizo entrar. En la cama, exhaustos pero felices, supe que esto había revivido lo nuestro. No era solo sexo; era reconectar almas con palabras y cuerpos. Mañana, más páginas del Diccionario de Pasion. O tal vez escribamos las nuestras.

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