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Diario de una Pasion Imagenes Romanticas

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Diario de una Pasion Imagenes Romanticas

Querido diario, hoy abro estas páginas como si fueran las alas de un colibrí rozando mi piel, temblorosas y llenas de diario de una pasion imagenes romanticas que me queman por dentro. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en esa Condesa tan chida de la Ciudad de México, donde las calles huelen a café recién molido y jazmines en flor. Todo empezó hace una semana en el Café La Selva, ese rinconcito con mesitas de madera y paredes cubiertas de enredaderas. Estaba yo ahí, garabateando en ti, mi fiel compañero, cuando lo vi entrar. Diego, con su sonrisa de pendejo encantador, ojos cafés como el chocolate abuelita y una camiseta que se le pegaba al pecho marcado por horas en el gym. Neta, wey, mi corazón dio un brinco como si me hubieran dado un coscorrón eléctrico.

Se acercó con una charola de chilaquiles en la mano, oliendo a cilantro fresco y salsa verde que me hizo agua la boca. ¿Puedo sentarme aquí, preciosa? Todas las mesas están ocupadas, me dijo con esa voz ronca que parecía acariciar el aire. Asentí, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas. Hablamos de todo: de las películas románticas que nos ponían sentimentales, de cómo el atardecer en el Zócalo nos hacía soñar con besos eternos. Sus manos grandes, con venas marcadas, rozaron las mías al pasarme el azúcar, y fue como si un rayo me recorriera la espalda. Imágenes románticas me invadieron la mente: nosotros dos bajo la luz dorada del sol poniente, cuerpos entrelazados en sábanas de algodón egipcio. Esa noche, en mi depa, no pude dormir. Me toqué pensando en él, en cómo sabría su piel salada, pero me detuve. Quería que fuera real, no solo un sueño mojado.

Al día siguiente, me mandó un mensaje: ¿Café y un paseo por el parque? Quiero verte de nuevo, Ana. Fui con mi vestido floreado que se me pega al cuerpo cuando sudo un poquito, oliendo a vainilla de mi perfume favorito. En el Parque México, caminamos entre parejas besándose en las bancas y perros correteando. El viento traía aroma a tierra húmeda después de la llovizna, y sus dedos se enredaron en los míos, fuertes y cálidos. Eres como una imagen romántica salida de un sueño, mamacita, murmuró, y me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron por primera vez: su boca sabía a menta y deseo, suave al principio, luego hambrienta. Sentí su lengua explorando la mía, su aliento caliente contra mi cuello, y mis pezones se endurecieron bajo la tela. Nos separamos jadeando, con las frentes pegadas. No sabes las ganas que tengo de ti, confesó, y yo solo pude asentir, con el pulso latiéndome en las sienes.

Diario mío, ¿qué me pasa? Este tipo me tiene loca. Quiero entregarme, pero tengo miedo. La última vez que me enamoré, el wey me dejó hecha mierda. Pero Diego es diferente, neta. Sus ojos me dicen que soy su todo.

Pasaron los días en una danza de mensajes calientes y citas robadas. Una noche, lo invité a mi depa. Preparé tacos de arrachera con guacamole fresco, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor, y una playlist de mariachi romántico bajito. Entró con una botella de mezcal artesanal, oliendo a jabón de lavanda y hombre. Cenamos en el balcón, con la ciudad brillando abajo como un mar de luces románticas. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, enviando chispas por mis muslos. Estás cañón esta noche, Ana, dijo, y su mano subió por mi pierna, deteniéndose en el borde de mi falda. El corazón me latía tan fuerte que lo oía retumbar en mis oídos.

Lo llevé a mi cuarto, iluminado solo por la luna que se colaba por la ventana. Nuestros besos se volvieron fieros, lenguas batallando como en una lucha de deseo. Le quité la camisa, revelando su torso esculpido, piel bronceada que olía a sol y sudor limpio. Mis uñas rasguñaron su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. Te quiero toda, preciosa, gruñó, y me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pechos fueron puro fuego: chupó mis pezones rosados, lamiéndolos con la lengua plana, haciendo que gemidos se me escaparan como suspiros de viento. Bajó más, hasta mi ombligo, luego a mi monte de Venus, donde mi conchita ya estaba empapada, palpitando por él.

Me tendí en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Diego se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente rozando mis labios hinchados. Mírate, tan mojada por mí, dijo con voz ronca, y su lengua se hundió en mí. Saboreó mi néctar dulce y salado, lamiendo mi clítoris con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de sus succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos ahogados. ¡Ay, cabrón, no pares! grité en mi mente, mientras mis caderas se movían solas contra su boca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, bombeando rítmicamente. El olor de mi excitación se mezclaba con su aroma masculino, embriagador como el mezcal que habíamos bebido.

Estas imágenes románticas en mi cabeza: su cabeza entre mis muslos, mis manos enredadas en su pelo negro, el placer construyéndose como una ola en la playa de Acapulco.

Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Cógeme, Diego, ya no aguanto, le supliqué, y él sonrió con esa picardía mexicana que me derrite. Se quitó los pantalones, liberando su verga dura, gruesa y venosa, apuntando al cielo como un pinche monumento. La frotó contra mi entrada resbaladiza, provocándome hasta que rogué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Estás tan apretadita, tan caliente, jadeó, y empezó a moverse, primero lento, profundo, como olas del Pacífico. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando era música erótica, sudor perlando su frente, goteando en mis tetas. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, urgiéndolo más rápido.

La tensión crecía, mis paredes internas apretándolo como un puño de terciopelo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando en círculos mientras sus manos amasaban mis nalgas. Veía su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta en gemidos guturales. ¡Sí, así, mi reina! gritó, y pellizcó mis pezones, enviando descargas directas a mi clítoris. El clímax me golpeó como un terremoto: ondas de placer desde mi centro explotando en cada nervio, mi concha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos incontrolables. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en luces románticas y estrellas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su piel pegajosa contra la mía, olor a sexo y amor flotando en el aire. Me besó la frente, suave como pluma. Eres mi pasión, Ana. No quiero que esto acabe, susurró. Yo solo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Diario de una pasión, lleno de imágenes románticas que ahora son reales. Diego duerme a mi lado, su ronquido suave como una nana. Mañana será otro día de fuego, pero esta noche, soy feliz. Completamente, jodidamente feliz.

Fin de esta entrada, pero no de nuestra historia. Mañana escribo más.

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