El Hijo del Diablo Desata la Pasión de Cristo
En el corazón de Guadalajara, donde las campanas de la Catedral de Guadalajara repican como un llamado al pecado disfrazado de santidad, yo, María, me arrodillaba cada domingo frente al altar. El olor a incienso quemado me envolvía como un velo espeso, y el tacto frío de las baldosas contra mis rodillas me recordaba mi devoción. Pero últimamente, esa fe se sentía hueca, como si mi cuerpo clamara por algo más carnal. Tenía treinta años, curvas que mi vestido de misa apenas contenía, y un fuego interno que las oraciones no apagaban. Neta, ¿qué me pasa? me preguntaba en silencio, mientras el sacerdote recitaba la pasión de Cristo.
Aquella noche de Viernes Santo, la procesión iluminaba las calles empedradas con velas parpadeantes. El aire olía a cempasúchil y sudor mezclado, y la multitud murmuraba plegarias. Ahí lo vi por primera vez: Alejandro, el hijo del diablo, como lo llamaban los chismosos del barrio. Alto, con piel morena bronceada por el sol de Jalisco, ojos negros que brillaban como carbones encendidos y una sonrisa que prometía infiernos placenteros. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus músculos, y caminaba con esa confianza de quien sabe que el mundo le pertenece. Nuestras miradas se cruzaron cuando pasé rozando la multitud. Su aliento cálido casi me tocó la oreja cuando se inclinó para susurrar: "¿Vienes a ver la pasión, o a vivirla, mamacita?"
Mi corazón latió como tambor de mariachi.
¡Virgen santa, este wey es puro peligro!pensé, pero mis pezones se endurecieron bajo el sostén. Huí a casa, pero su imagen me perseguía. Esa noche, sola en mi cama con sábanas de algodón fresco, mis manos bajaron por instinto. El aroma de mi propia excitación llenó la habitación, y mientras me tocaba imaginando sus labios en mi cuello, repetí en voz baja: "Hijo del diablo... la pasión de Cristo..." No pude contenerme; gemí su nombre hasta correrme temblando.
Al día siguiente, en el mercado de San Juan de Dios, el bullicio de vendedores gritando "¡Frescos, calientitos!" y el olor a tacos al pastor me distrajo apenas. Ahí estaba él, comprando chiles rellenos. Me acerqué, fingiendo casualidad. "¿Qué onda, carnal? ¿Sigues procesionando pecados?" le dije, con voz juguetona. Se rio, una carcajada grave que vibró en mi pecho. "Simón, pero los míos son de los buenos. ¿Quieres probar?" Su mano rozó la mía al pasarme un elote asado. El maíz caliente quemaba mis dedos, jugo dulce chorreando, y su mirada me desnudaba. Hablamos horas, de tequila y rancheras, de cómo la vida en México es pura fiesta disfrazada de tradición. Me contó que lo apodaban hijo del diablo por su fama de romper corazones, pero juró que conmigo sería diferente. Sentí su rodilla contra la mía bajo la mesa, un roce eléctrico que me mojó las panties.
La tensión crecía como tormenta en el volcán. Esa tarde, me invitó a su casa en las afueras, una finca modesta pero chida con jardín de bugambilias rojas como sangre. El sol poniente pintaba todo de oro, y el aroma de jazmines flotaba pesado. Entramos, y el fresco del interior contrastaba con mi piel ardiendo. "¿Sabes por qué me llaman hijo del diablo?" murmuró, acercándose. Su aliento olía a menta y deseo. "Porque despierto pasiones que ni Cristo imaginó." Me besó entonces, lento, sus labios carnosos devorando los míos. Sabían a sal y promesas prohibidas. Mis manos exploraron su pecho duro, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa.
Caímos en el sofá de cuero suave, que crujió bajo nuestro peso. Me quitó el vestido con dedos hábiles, besando cada centímetro de piel expuesta. "Eres un templo, María. Déjame profanarlo con respeto." Su lengua trazó mi clavícula, bajando a mis senos. Gemí cuando succionó mi pezón, un tirón dulce que envió chispas a mi entrepierna. Olía a su colonia amaderada mezclada con mi sudor, embriagador. Mis uñas arañaron su espalda, "¡Órale, Alejandro, no pares, pendejo!" le rogué, riendo entre jadeos. Él se arrodilló, como en misa, pero esta vez ante mi concha depilada y húmeda. Su aliento caliente me erizó la piel antes de lamer. "La pasión de Cristo nace aquí, en tu fuego." Su lengua danzaba, saboreando mis jugos salados, chupando mi clítoris hinchado. Me arqueé, el sofá hundiéndose, mis muslos temblando alrededor de su cabeza.
El conflicto rugía en mi mente.
Esto es pecado, María. Pero ¡qué chingón pecado! ¿Y si es la verdadera pasión?Lo empujé al suelo, alfombra áspera contra mi espalda desnuda. Le bajé los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, almizcle varonil. La lamí desde la base, saboreando la gota precorial salada en la punta. Él gruñó, "¡Ay, wey, tu boca es el paraíso del diablo!" La tragué profunda, garganta ajustándose, saliva chorreando. Sus caderas se movían, follándome la boca con ritmo creciente.
La intensidad escalaba. Me montó, su peso delicioso aprisionándome. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer ardiente. "Mírame, soy el hijo del diablo desatando la pasión de Cristo en ti." Sus palabras me incendiaron. Empujaba fuerte, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mixto con gemidos roncos. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras sus bolas golpeaban mi culo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, senos rebotando, uñas en su pecho. "¡Más duro, carnal! ¡Cógeme como el diablo que eres!" grité. Él me pellizcaba las nalgas, guiándome, nuestros olores fundiéndose en éxtasis.
El clímax nos alcanzó como rayo. Sentí la ola subir desde mi vientre, explotando en espasmos que me dejaron ciega. "¡Me vengo, hijo del diablo!" aullé, contrayéndome alrededor de él. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen derramándose profundo. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a liberación.
En el afterglow, yacimos enredados, su dedo trazando mi espina. "¿Ves? La pasión no es solo cruz y clavos. Es esto, vivo, ardiente." Reflexioné en silencio:
Mi fe no se rompió; se expandió. El hijo del diablo me mostró la pasión de Cristo en carne propia.Afuera, las estrellas mexicanas brillaban indiferentes. Nos besamos lentos, saboreando el salado residual. Sabía que esto era solo el principio, un lazo forjado en fuego consensual y mutuo. Mañana iría a misa, pero ahora cargaba un secreto delicioso en el alma.