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Las 24 Horas de la Pasion de Jesus

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Las 24 Horas de la Pasion de Jesus

El sol se ponía sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero, tiñendo todo de un naranja ardiente que parecía fuego sagrado. Yo, Jesús, caminaba entre la procesión de Semana Santa, el incienso pesado en el aire mezclándose con el olor a tierra húmeda y sudor de la multitud. Llevaba mi túnica morada, el peso de la cruz falsa sobre los hombros, pero mi mente andaba en otra. Hacía meses que no tocaba a una mujer, desde que mi ex me dejó por un pendejo de oficina. Neta, carnal, necesitaba algo que me sacara del rollo devoto que me tenía atragantado.

Ahí la vi. Se llamaba Ana, güey, con ojos negros como pozos de petróleo y labios carnosos que gritaban pecado. Estaba al lado de la iglesia, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel, el escote dejando ver el valle entre sus chichis firmes. Nuestras miradas chocaron mientras el sacerdote recitaba las letanías. Sentí un cosquilleo en la verga, un pulso que subía por mis huevos hasta el pecho. Ella sonrió, pícara, y se mordió el labio inferior. Órale, pensé, esta morra sabe lo que quiere.

Después de la procesión, me esperó en la plaza. "Oye, Jesús", me dijo con voz ronca, como miel caliente, "se dice que hoy son las 24 horas de la pasión de Jesús. ¿Y si las hacemos nuestras? Nada de cruces ni clavos, solo piel con piel". Su aliento olía a tequila y chicle de tamarindo, dulce y prohibido. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. "¿Estás chingándome?", le contesté, pero ya mi mano rozaba su cintura, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela fina. "Neta que sí, carnal. Vamos a mi hotel, aquí cerquita. Veinticuatro horas de puro desmadre bendito".

¿Y si Dios me castiga?, me dije mientras la seguía, oliendo su perfume de jazmín mezclado con el sudor fresco de la noche. Pero qué chingón se siente este fuego en las tripas.

El hotel era un rincón chido, con balcón a la plaza iluminada por velas y faroles. Entramos a la habitación, el aire cargado de expectativa. Ana cerró la puerta y se pegó a mí, sus tetas aplastándose contra mi pecho. "Desnúdate despacio, Jesús", murmuró, sus dedos trazando mi mandíbula barbuda. Obedecí, quitándome la túnica, quedando en boxers que no escondían mi verga tiesa como poste. Ella jadeó, lamiéndose los labios. "Qué pinga tan bendita". Sus manos bajaron, rozando mi piel erizada, el roce enviando chispas por mi espina.

La besé entonces, hambre pura. Sus labios suaves, calientes, sabían a sal y deseo. Nuestras lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras yo le bajaba el vestido. Sus chichis saltaron libres, pezones oscuros y duros como chocolate pet. Los chupé, succionando fuerte, oyendo sus gemidos bajos que vibraban en mi boca. "Ay, Jesús, qué rico", susurró, arqueando la espalda. El olor de su piel, limpio con toques de vainilla, me volvía loco. Mis manos bajaron a su culo redondo, apretándolo, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Ella se montó encima, frotando su panocha mojada contra mi verga a través de la tela. "Siente cómo te quiero, mi Cristo caliente", dijo, ojos brillando. Yo gruñí, manos en sus caderas, guiándola en un ritmo lento que hacía que el sudor nos uniera. El sonido de su respiración agitada, el slap suave de piel, el aroma almizclado de su excitación llenando la habitación. Esto es el paraíso, no el calvario, pensé, mientras ella se quitaba las bragas y me la metía en la mano.

Su concha estaba empapada, labios hinchados y calientes, clítoris palpitante bajo mi pulgar. La masturbe despacio, círculos firmes, oyéndola jadear "¡Más, pendejito divino!". Introduje un dedo, luego dos, sintiendo las paredes apretadas succionándome. Ella se retorcía, uñas en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso.

La primera follada fue misionero, puro y crudo. La penetré de un golpe, su calor envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. "¡Qué verga tan gruesa!", gritó, piernas envolviéndome. Empujé lento al principio, sintiendo cada centímetro, el roce exquisito, sus jugos chorreando por mis bolas. Aceleré, pelvis chocando, piel slap-slap, sudor goteando. Sus ojos se clavaron en los míos, conexión profunda. "Eres mi salvación, Jesús". Vine primero, chorros calientes dentro de ella, pero no paramos. Ella se corrió después, cuerpo convulsionando, gritando mi nombre como oración.

Descansamos un rato, cuerpos enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros. Bebimos mezcal del minibar, el humo picante en la garganta avivando el fuego. "Esto apenas empieza", dijo Ana, lamiendo el borde del vaso. "Tenemos toda la noche y el día para las 24 horas de la pasión de Jesús".

La medianoche trajo la segunda ronda. En la ducha, agua caliente cayendo como lluvia bendita. Jabón espumoso en sus curvas, mis manos resbalando por su espalda, entre nalgas. Ella se arrodilló, tomó mi verga en la boca, succionando con hambre. Lengua girando en la cabeza, saliva caliente, gemidos vibrando en mi eje. "Sabes a hombre puro", murmuró, tragándomela hasta la garganta. La cogí de pie contra la pared, azotadas mojadas, vapor empañando el espejo. Sus tetas rebotando, uñas en mi culo empujándome más adentro. Olía a sexo y shampoo de coco. Nos corrimos juntos, piernas temblando, agua lavando el sudor pero no el éxtasis.

¿Cuántas pasiones puede aguantar un cuerpo? me pregunté, mientras secábamos, pieles enrojecidas y sensibles. Con ella, infinitas.

El amanecer nos pilló en el balcón, envueltos en una cobija. Taxco despertaba con campanas lejanas y vendedores gritando elotes. Ana me cabalgó despacio, sol naciente bañando su piel dorada. Sus caderas girando, panocha apretándome como vicio. Chupé sus pezones, mordisqueando suave, oyendo su risa ronca. "¡Qué chido eres, Jesús! No pares". El viento fresco en nuestras pieles desnudas, contraste con el calor interno. Aceleró, pelo volando, y explotó en un orgasmo largo, ordeñándome hasta la última gota.

Durante el día, jugamos. Comimos tacos de barbacoa en la cama, salsa picante goteando en sus tetas que lamí limpia. Ella me masturbó con aceite de masaje, manos expertas deslizándose, torturándome hasta el borde. "No te vengas aún, mi rey", ordenaba juguetona. Yo la comí, lengua en su clítoris hinchado, saboreando su miel salada, dedos en su culo apretado. Gemía como loca, "¡Lame más, cabrón bendito!".

La tarde trajo intensidad. Atada flojo con mi corbata a la cabecera, ojos vendados. Rozaba plumas en su cuerpo, hielo en pezones, mi aliento en su monte de Venus. "Por favor, métemela", suplicaba, caderas alzadas. La penetré de lado, lento y profundo, sus paredes pulsando. Cambiamos a perrito, mi panza contra su espalda sudorosa, manos en sus chichis amasando. El slap de carne, sus gritos ahogados en la almohada, olor a sexo maduro impregnando todo. Nos corrimos en cadena, cuerpos colapsando en un charco de fluidos.

Al atardecer del segundo día, exhaustos pero saciados, nos bañamos juntos. Agua tibia, caricias suaves. "Estas las 24 horas de la pasión de Jesús han sido lo mejor de mi vida", dijo Ana, acurrucada en mi pecho, corazón latiendo al unísono. Yo la besé la frente, oliendo su pelo húmedo. "Y las mías, nena. Un milagro carnal".

Nos vestimos despacio, piernas flojas, sonrisas tontas. En la puerta, un último beso largo, lenguas perezosas saboreando el adiós dulce. Bajamos a la plaza, campanas tocando de nuevo, pero ahora el incienso olía a promesa, no a culpa. Caminamos juntos hacia la procesión vespertina, manos entrelazadas. La pasión no acaba en la cruz, pensé, sigue en la resurrección del deseo. Y supe que esto era solo el principio.

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