Crimen Pasional en la Piel
La noche en Polanco se sentía pesada, como si el calor de la ciudad se hubiera colado por las ventanas entreabiertas de nuestro departamento. Yo, Ana, acababa de llegar de la oficina, con el cuerpo aún vibrando por el tráfico infernal de Insurgentes. El aroma a jazmín del pasillo me golpeó primero, mezclado con ese perfume masculino que siempre usaba Marco, mi carnal, mi todo. Pero algo andaba mal. Su celular estaba sobre la mesa de la sala, pantalla iluminada con un mensaje que no era para mí: "No puedo esperar a verte de nuevo, guapo". Neta, mi sangre se me subió a la cabeza.
Marco salió de la cocina, secándose las manos en un trapo, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. ¿Cómo chingados podía hacerme esto? pensé, mientras el pulso me latía en las sienes. Me acerqué, le planté el teléfono en las manos.
—¿Qué pedo con esto, pendejo? ¿Otra vez con tus jueguitos?Mi voz salió ronca, cargada de celos que me quemaban por dentro.
Él rio bajito, ese sonido grave que me erizaba la piel, y me jaló por la cintura. Su aliento olía a tequila reposado y limón fresco, cálido contra mi cuello. No, no caigas, Ana, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba mi mente, arqueándose contra el suyo.
—Es nada, mi reina —murmuró, sus labios rozando mi oreja—. Solo una chava de la gym que se pasa de lanza. Tú sabes que solo te quiero a ti.
Su mano subió por mi espalda, desabrochando el primer botón de mi blusa con dedos expertas. El roce de su piel callosa contra la mía fue como electricidad, y olí su sudor limpio, ese olor que me volvía loca de deseo. Lo empujé, pero sin fuerza, solo para sentirlo resistir. La tensión crecía, un nudo en el estómago que se convertía en fuego bajo el vientre.
Nos quedamos mirándonos, el silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano. Sus ojos cafés, intensos, me devoraban. Esto es un crimen pasional, pensé, mi amor por ti me hace capaz de cualquier cosa. Lo jalé de la playera, estampando mis labios en los suyos. Sabían a sal y promesas rotas, pero qué rico.
La sala se convirtió en nuestro campo de batalla. Sus manos me arrancaron la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sentí sus palmas ásperas cubriéndolas, amasándolas, los pulgares rozando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por su lengua que invadía la mía, bailando un tango salvaje.
—Te voy a demostrar quién manda aquí, cabrón —jadeé, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle un gruñido.
Lo empujé al sofá de piel negra, que crujió bajo su peso. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes y uñas. El sonido del zipper bajando fue como un disparo en la quietud. Saqué su verga, ya dura, palpitante, con esa vena gruesa que me volvía loca. Olía a él, puro macho, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Marco se arqueó, sus manos enredándose en mi cabello.
—Órale, Ana... qué chingona eres, soltó entre dientes, su voz quebrada.
Lo chupé despacio al principio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el calor irradiando a mi garganta. Luego más rápido, mi saliva resbalando por su longitud, mis tetas rozando sus muslos. El sabor era adictivo, mezcla de piel y deseo crudo. Él gemía, ay, mi amor, y yo sentía mi chucha mojada, palpitando, rogando atención.
Pero no lo dejé acabar. Me levanté, quitándome la falda y las tangas de encaje negro en un movimiento fluido. Mi piel ardía, erizada por su mirada hambrienta. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi coño húmedo contra su verga, lubricándola con mis jugos. El roce era tortura deliciosa, clítoris contra glande, chispas de placer subiendo por mi espina.
—Mírame —ordené, tomando su cara entre mis manos—. Esto es nuestro crimen pasional, Marco. Nadie más te toca así.
Me hundí en él de golpe, su verga llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estirón fue glorioso, paredes internas apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, lento al inicio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera. El sonido de carne contra carne llenaba la sala, húmedo, obsceno. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Olía a sexo, a nosotros, a jazmín marchito y tequila derramado.
Sus manos agarraron mis nalgas, guiándome más fuerte, más profundo. Yo clavaba uñas en sus hombros, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Nuestros jadeos se mezclaban, más, sí, así, no pares. Incliné la cabeza, lamiendo el sudor de su cuello, salado y vivo. Él mordió mi hombro, no fuerte, pero suficiente para mandarme ondas de placer al clítoris.
La tensión subía como olla exprés. Cambiamos posiciones; él me volteó sobre el sofá, de rodillas, mi culo en pompa. Entró de nuevo, esta vez desde atrás, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo tirando suave. Cada embestida era un golpe preciso, su pelvis chocando mis nalgas con palmadas sonoras. Sentía sus bolas golpeándome el clítoris, el placer acumulándose en espiral.
Me vengo, me vengo, pensé, el mundo reduciéndose a su verga dentro de mí, su aliento en mi espalda. Grité su nombre, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, jugos chorreando por mis muslos. Él no paró, prolongándolo, hasta que gruñó profundo, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.
Colapsamos juntos, un enredo sudoroso de miembros y susurros. Su verga aún dentro, palpitando suave, mientras recuperábamos el aliento. El aire olía a clímax, a paz después de la tormenta. Me volteó, besándome la frente, los labios, el alma.
—Neta, Ana, eres mi vicio —dijo, voz ronca, acariciando mi mejilla—. Ese mensaje era puro pedo, te lo juro por la virgencita.
Reí bajito, exhausta, satisfecha.
Este crimen pasional nos salva cada vez, pensé, acurrucándome en su pecho. El latido de su corazón era mi arrullo, el tráfico de Polanco un fondo lejano. Mañana hablaríamos, pero esta noche, en su piel, todo estaba perfecto.
Nos quedamos así horas, explorando con toques perezosos. Sus dedos trazaban círculos en mi vientre, bajando hasta mi coño sensible, rozando labios hinchados. Gemí suave, abriéndome para él. Me metió dos dedos, lento, revolviendo mis jugos con los suyos. El placer era dulce ahora, post-orgásmico, como miel tibia.
—Otra vez, mi amor —susurré, montándolo de nuevo, esta vez despacio, mirándonos a los ojos.
El segundo round fue ternura envuelta en fuego residual. Sus caderas subían perezosas, yo me mecía como en hamaca, sintiendo cada roce interno. Sudor fresco perlaba su frente, lo lamí, saboreando victoria. Cuando nos vinimos juntos, fue un suspiro compartido, olas suaves lavando los celos.
Al final, envueltos en las sábanas del cuarto al que migramos, con la luna colándose por las cortinas, supe que nuestro amor era esto: un crimen pasional que nos ataba más fuerte. No había espacio para dudas. Solo piel, deseo y México latiendo afuera, testigo de nuestra pasión eterna.