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Pasión de Gavilanes con las Hermanas Elizondo

6717 palabras

Pasión de Gavilanes con las Hermanas Elizondo

En la hacienda Gavilanes, enclavada en las colinas verdes de Jalisco, el sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre la piel morena de Jimena Elizondo. Ella, con su cabello negro azabache suelto y un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas generosas, caminaba por el porche de madera crujiente. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes. Jimena suspiró, sintiendo un vacío en el pecho que no llenaban ni las cabalgatas ni las fiestas del pueblo.

¿Cuándo va a llegar algo que me haga latir el corazón como en esas novelas que vemos con Sofía?, pensó, recordando Pasión de Gavilanes, esa telenovela que las hermanas Elizondo devoraban cada noche, soñando con amores salvajes y venganzas apasionadas. Su hermana menor, Sofía, de ojos verdes y labios carnosos, salió de la casa con una jarra de agua fresca de limón. "Hermana,

¡órale, Jimena! ¿Ya estás soñando con tus gavilanes otra vez?
", bromeó Sofía, guiñando un ojo mientras el sudor perlaba su escote.

A lo lejos, el relincho de caballos anunció la llegada de los nuevos peones. Eran los hermanos Montoya, apodados los Gavilanes por su fama de hombres fieros y libres como halcones en el cielo ranchero. Javier, el mayor, alto y musculoso, con una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Al lado, su hermano menor, Raúl, más delgado pero con manos callosas que hablaban de trabajo duro y caricias expertas. Las hermanas se miraron, un cosquilleo eléctrico recorriendo sus espinas dorsales. "Estas sí que son pasión de gavilanes hermanas Elizondo en carne propia", murmuró Jimena para sí, el corazón acelerado.

La tarde transcurrió con tareas compartidas. Javier ayudaba a Jimena a descargar sacos de maíz del carro, sus brazos rozándola accidentalmente. Cada roce era fuego: el calor de su piel contra la de ella, el olor a hombre sudado y jabón rústico invadiendo sus sentidos. "

¿Necesitas ayuda, jefa?
", dijo él con voz grave, sus ojos oscuros clavados en los de ella como si ya la desnudara. Jimena sintió un pulso traicionero entre sus muslos. "Sí, wey, pero no me sueltes tan rápido", respondió juguetona, mordiéndose el labio.

Sofía, no menos audaz, coqueteaba con Raúl cerca del corral. El viento traía risas y el eco de botas en la tierra. Al caer la noche, en la cena bajo las estrellas, la mesa rebosaba de tacos de carnitas chisporroteantes, guacamole cremoso y tequila añejo que quemaba la garganta como promesas. El fuego de la fogata crepitaba, lanzando chispas que iluminaban rostros sonrojados. "Cuéntenme de ustedes, gavilanes", pidió Sofía, su pie rozando la pierna de Raúl bajo la mesa de madera áspera.

La conversación fluyó como el tequila: historias de ranchos lejanos, bailes en ferias y amores que no se olvidan. Jimena sentía la mirada de Javier como una caricia fantasma en su nuca, el sudor de la noche pegando su blusa a los pechos. Quiero que me toque, que me haga suya aquí mismo, confesaba su mente, el deseo hinchándose como una ola. Javier se acercó, su aliento cálido en su oreja: "

Eres como esas heroínas de Pasión de Gavilanes, Jimena. Fuerte por fuera, fuego por dentro
". Ella giró, sus labios a centímetros: "Pruébalo, pendejo".

El beso fue inevitable. Bajo la luna plateada, Javier capturó la boca de Jimena con hambre voraz. Sus lenguas danzaron, saboreando tequila y sal de piel. Manos grandes exploraron: él apretó sus caderas, ella enredó dedos en su cabello revuelto. El olor a humo de leña se mezclaba con el almizcle de su excitación creciente. Sofía y Raúl, testigos mudos, se perdieron en su propio torbellino a unos metros, gemidos ahogados uniéndose al coro de grillos.

La tensión escaló cuando Javier cargó a Jimena hacia su habitación en la hacienda, el pasillo oscuro oliendo a cera de velas. Ella lo empujó contra la puerta, desabrochando su camisa con urgencia. "

Te quiero desde que te vi, gavilán
", jadeó, lamiendo el sudor de su pecho velludo. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su clítoris. La cama de sábanas ásperas los recibió, cuerpos chocando con frenesí contenido.

En el cuarto contiguo, Sofía guiaba las manos de Raúl a su falda, susurrando: "

Métemelas ya, no seas mamón
". Pero el foco era Jimena, su mundo reducido a sensaciones: el peso de Javier sobre ella, su verga dura presionando contra su panocha húmeda a través de la tela. Él la desvistió lento, torturante, besando cada centímetro expuesto. Sus pezones endurecidos bajo la lengua áspera de él, un placer punzante que la hacía arquearse. "Dios, qué rico sabe este hombre", pensó, oliendo su aroma terroso mientras él bajaba por su vientre.

La boca de Javier llegó a su sexo, labios carnosos abriéndose como pétalos. Lamidas expertas, succiones que la volvían loca. Jimena agarró las sábanas, uñas clavándose, gemidos escapando: "¡Ay, cabrón, no pares!". El sabor salado de ella en su lengua lo enloquecía, su polla palpitando contra el colchón. Ella lo jaló arriba, montándolo con ferocidad. Sus caderas girando, empalándose en él centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso, la fricción ardiente, el slap slap de piel contra piel llenando la habitación.

El clímax se acercaba como tormenta. Javier la volteó, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos. Ella empujaba contra él, nalgas rebotando, sudor chorreando por espaldas. "

¡Córrete conmigo, Jimena!
", rugió él, su voz rota. El orgasmo la golpeó como rayo: ondas de placer convulsionando su cuerpo, jugos calientes empapando sábanas. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándola, gruñidos primitivos en su oído.

En la alcoba vecina, Sofía gritaba su liberación, Raúl colapsando sobre ella en éxtasis compartido. Las hermanas Elizondo, jadeantes, se encontraron después en el pasillo, pijamas desarreglados y sonrisas culpables. "Eso fue mejor que cualquier pasión de gavilanes hermanas Elizondo de la tele", rio Sofía, abrazándola. Jimena asintió, el cuerpo aún zumbando, el corazón pleno.

Al amanecer, con el canto de gallos y aroma a café molido, Javier besó la frente de Jimena. "

Esto apenas empieza, mi reina
". Ella sonrió, sabiendo que la hacienda Gavilanes ahora albergaba no solo tierra fértil, sino pasiones eternas. Las hermanas Elizondo habían encontrado sus gavilanes, y el fuego ardía imparable.

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