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Pasión de Gavilanes Capítulo 15 Fuego en la Piel

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Pasión de Gavilanes Capítulo 15 Fuego en la Piel

Estábamos en la sala de nuestra casa en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado de ese calor húmedo que anuncia tormenta. Mateo y yo, acurrucados en el sofá de cuero suave, veíamos Pasión de Gavilanes capítulo 15. La pantalla brillaba con las miradas intensas de los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo, esa tensión que siempre me ponía la piel chinita. Mateo, mi carnal desde hace dos años, tenía su mano grande y callosa descansando en mi muslo, justo bajo el borde de mi falda corta de algodón. Olía a su colonia fresca mezclada con el sudor ligero del día, un aroma que me volvía loca.

¿Por qué carajos esta novela me prende tanto? pensé mientras Gaviota discutía con pasión en la tele. Mi cuerpo respondía solo, un cosquilleo subiendo por mis piernas. Mateo me miró de reojo, sus ojos cafés oscuros brillando con picardía. "Órale, Lucía, mírate, ya te estás moviendo como si fueras una de ellas", murmuró con esa voz ronca que me eriza los vellos.

Le di un codazo juguetón. "Cállate, pendejo. Es que en este capítulo está cañón la cosa, neta". Pero mi mano ya se había deslizado sobre la suya, guiándola más arriba. Sentí el calor de su palma contra mi piel, y un jadeo se me escapó cuando sus dedos rozaron el encaje de mis calzones. La novela seguía, con música dramática de fondo, pero ya no la oía. Solo el latido de mi corazón retumbando en mis oídos, y el roce áspero de su barba incipiente cuando se acercó a mi cuello.

El comienzo de esa noche fue puro fuego lento. Mateo apagó la tele justo cuando el capítulo terminaba en un beso robado, y me volteó hacia él con fuerza suave. "¿Sabes qué? Vamos a hacer nuestro propio Pasión de Gavilanes capítulo 15", dijo, y me cargó como si no pesara nada. Sus brazos musculosos, forjados en el rancho de su familia, me apretaron contra su pecho ancho. Olía a tierra fértil y a hombre, ese olor que me hace mojarme al instante.

Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén fresco. Me tiró con cuidado, riendo cuando reboté. ¡Qué chingón se ve así, quitándose la playera! Sus abdominales marcados, el vello oscuro bajando hasta la cintura de su jeans. Me lamió los labios, imaginándome ya desnuda. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas llenas en el brasier negro de encaje. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

En el medio de todo, la tensión subió como olla exprés. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mis muslos desde las rodillas hasta arriba. Cada roce de sus labios era eléctrico, su aliento caliente haciendo que mi piel se erizara. "Lucía, mi reina, estás empapada, wey", susurró mientras separaba mis labios con los dedos. Sentí su lengua plana lamiendo mi humedad, saboreándome como si fuera el mejor tequila añejo. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sabor salado de mi propia excitación en su boca cuando me besó después.

No aguanto más, necesito su verga dentro de mí, llenándome hasta el fondo

Sus manos expertas me masajearon las nalgas, apretando mientras chupaba mi botón con succiones rítmicas. El sonido húmedo de su boca en mi concha era obsceno, perfecto. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas crudas. Le jalé el pelo, guiándolo más profundo. "¡Sí, Mateo, así, cabrón! No pares". Él obedeció, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Mi primer orgasmo llegó como avalancha, piernas temblando, jugos chorreando por sus manos.

Pero no paró ahí. Se levantó, quitándose el jeans con prisa. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y gruesa, la cabeza brillante de pre-semen. ¡Madre santa, qué pinga tan chida! Me puse de rodillas en la cama, tomándola en mi mano suave, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su gusto salado y almizclado. Él jadeó, "¡Qué rica boca tienes, muñeca!", agarrándome la cabeza con ternura.

Lo mamé profundo, garganta relajada por práctica, saliva goteando por mi barbilla. El sonido de succión y sus gemidos roncos llenaban la habitación, mezclados con el zumbido lejano de los grillos afuera. Me miró con ojos de lobo hambriento, pero siempre pidiendo permiso con la mirada. Asentí, y me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Su cuerpo cubrió el mío, pecho contra mi espalda, verga rozando mi entrada húmeda.

"¿Me la quieres, Lucía? Dime". "¡Sí, pendejo, métemela ya! Como en la novela, con toda la pasión". Empujó lento al principio, estirándome deliciosamente. Sentí cada centímetro abriéndome, el calor abrasador llenándome. Gruñí de placer, uñas clavándose en las sábanas. Empezó a bombear, fuerte pero controlado, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada estocada. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, sudor goteando de su frente a mi espalda.

La intensidad creció. Me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrándome más profundo. Veía su cara contraída de placer, músculos tensos brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Es mío, todo este hombre es mío. Le arañé el pecho, dejando marcas rojas. "¡Más rápido, amor! ¡Cógeme como animal!". Obedeció, follando con furia consentida, mi concha apretándolo como guante. Olía a nosotros, a sexo sudoroso y pasión desenfrenada.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse, y exploté alrededor de él, paredes contrayéndose en oleadas. "¡Me vengo, Lucía! ¡Ahhh!", rugió, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear adentro. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. Su peso sobre mí era perfecto, protector.

En el final, el afterglow fue puro paraíso. Me besó la frente, salado sudor en mis labios. "Neta, ese fue el mejor Pasión de Gavilanes capítulo 15 que hemos tenido", bromeó, riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su espalda con el dedo. Esto es lo que amo de nosotros, esta conexión que quema todo. Afuera, la lluvia empezó a caer, golpeando el tejado como aplausos. Nos quedamos así, enredados, saboreando la paz después de la tormenta de placer. Mañana veríamos el siguiente capítulo, pero nada superaría nuestra propia historia.

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