Banda Machos Pura Pasion Carnal
La noche en el palenque de la feria estaba que ardía. El aire cargado de olor a tierra húmeda, tacos de carnitas asándose en comales y el humo dulzón de los cigarros que fumaban los vatos por todos lados. Banda Machos retumbaba en los parlantes, su banda machos pura pasion invadiendo cada rincón con trompetas agudas y acordeones que te metían el ritmo en las venas. Yo, con mi falda corta de mezclilla y una blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario, me movía al son de la música, sintiendo el sudor perlando mi piel bajo las luces multicolores.
Órale, qué chido está este pedo, pensé mientras bailaba sola, pero con los ojos bien abiertos. No era la primera vez que venía a un baile de banda, pero esta noche algo se sentía diferente. El calor del cuerpo de la gente apretujada, el roce accidental de caderas ajenas, y ese macho de camisa negra ajustada que no me quitaba la mirada de encima desde el otro lado del corralón.
Era alto, fornido como toro de rodeo, con bigote recio y ojos que prometían travesuras. Se movía con esa seguridad de los norteños que saben lo que valen. Cuando la canción terminó y empezó otra más prendida, él se acercó, sorteando a la bola de gente con una cerveza en la mano.
—¿Qué onda, morra? ¿Bailas o nomás vienes a ver? —me dijo con voz grave, oliendo a colonia barata y hombre sudado, ese aroma que me eriza la piel.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Simón, wey. Pero nomás con el que valga la pena.
Me tomó de la cintura con manos callosas, fuertes, y empezamos a bailar pegaditos. Su pecho duro contra mis tetas, el roce de su verga ya medio parada contra mi muslo. La banda seguía tocando, el público gritaba, y yo sentía su aliento caliente en mi oreja.
Esto va pa’l culo, me dije, pero no quería parar. Quería más.
Nos fuimos apartando del tumulto, hacia las sombras detrás del escenario donde el ruido era un eco lejano. Él se llamaba Javier, ranchero de por acá cerca, con una troca estacionada al fondo del lote. Me invitó a una chela en su camioneta, y yo, con el corazón latiéndome como tambor de banda, subí sin pensarlo dos veces.
Adentro olía a piel de asientos gastados y a su esencia masculina. Puso la radio y, casualidad del diablo, sonó otra rola de Banda Machos, pura pasión en cada nota. Nos besamos como hambrientos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y deseo crudo. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando la falda hasta dejarme expuesta.
—Eres una chingona, ¿eh? Me tienes bien puesto —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.
Yo gemí bajito, arqueándome contra él. Neta, este pendejo sabe cómo prender a una. Le desabroché la camisa, palpando esos pectorales duros, cubiertos de vello negro que me raspaba las yemas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga tiesa como fierro bajo la tela. La saqué, pesada y venosa, y la apreté con ganas.
Él no se quedó atrás. Me quitó las calzones de un jalón, sus dedos gruesos explorando mi concha ya empapada. Olía a sexo, a esa humedad dulce que se mezcla con el sudor. Me metió dos dedos, curvándolos justo donde dolía rico, y yo me retorcí en el asiento, jadeando.
—¡Ay, cabrón! No pares —le supliqué, clavándole las uñas en los hombros.
Pero él quería más. Me recargó en la puerta de la troca, abriéndome las piernas con rudeza consentida. Su boca bajó por mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al centro de mi fuego. Sentí su lengua plana y caliente lamiéndome las labios hinchados, chupando el clítoris con succión que me hizo ver estrellas. El ruido de la banda lejana se mezclaba con mis gemidos ahogados, el slap-slap de su saliva contra mi carne.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Yo quería montarlo, sentirlo todo adentro. Lo empujé hacia atrás, me subí a horcajadas sobre él en el asiento del copiloto. Su verga apuntaba al techo, reluciente de mi saliva después de que se la mamé un rato, saboreando ese gusto salado y almizclado que me volvía loca.
Me acomodé despacio, frotando la cabeza contra mi entrada resbalosa. Bajé de golpe, empalándome hasta el fondo. ¡Puta madre, qué grueso! El estirón ardía delicioso, sus bolas peludas contra mi culo. Empecé a cabalgar, rebotando con fuerza, mis tetas saltando libres fuera de la blusa. Él las atrapó, amasándolas, pellizcando los pezones duros como piedras.
—¡Cógeme duro, macho! ¡Dame toda esa pura pasión! —le grité, perdida en el ritmo.
Javier embestía desde abajo, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. Sudábamos como puercos, el vidrio empañado por nuestro aliento. Olía a sexo puro, a corrida acumulada y jugos míos chorreando por sus huevos. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el glande besando mi cervix con cada embite.
Internamente, luchaba con el placer que me desarmaba.
Esto es lo que necesitaba, un vato que me haga mujer de verdad, sin pendejadas románticas, puro instinto, pensaba mientras aceleraba, mis muslos temblando.
Él gruñía como bestia, manos en mi cintura guiándome más rápido. —¡Me vengo, morra! ¡Aguántate!
Yo estaba al borde, el orgasmo subiendo como ola. Apreté mi concha alrededor de él, ordeñándolo, y exploté primero. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando todo. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros espesos y calientes que sentía palpitar adentro.
Nos quedamos jadeando, pegados en un charco de sudor y fluidos. La banda seguía sonando afuera, ahora una balada melosa que contrastaba con nuestro desmadre. Javier me besó suave, acariciándome el pelo revuelto.
—Eres fuego puro, carnala. ¿Volveremos a vernos?
Yo sonreí, sintiendo su semen escurrir por mis piernas mientras me vestía. Quién sabe, wey. Pero esta noche fue la buena. Bajamos de la troca, el aire fresco de la noche calmando mi piel encandecida. Caminamos de vuelta al palenque, tomados de la mano, con el eco de banda machos pura pasion sellando el momento.
Al día siguiente, desperté en mi cama con el cuerpo adolorido pero satisfecho, oliendo todavía a él en mi piel. Revisé mi cel, y ahí estaba su mensajito: "Pura pasión pa’ ti siempre, morra". Sonreí, sabiendo que la vida, como una buena rola de banda, siempre trae más sorpresas calientes.