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Anabantha Altar de Pasiones

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Anabantha Altar de Pasiones

El sol del mediodía caía a plomo sobre las ruinas de Anabantha, ese altar de pasiones escondido en las sierras de Oaxaca, donde el aire olía a copal quemado y tierra húmeda. Ana caminaba descalza por el sendero empedrado, sintiendo las piedras calientes contra sus plantas, como caricias ásperas que le erizaban la piel. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a su cuerpo sudado, marcando las curvas de sus pechos y caderas. Hacía años que no volvía a este lugar sagrado, el mismo donde su abuela le contaba historias de amantes que despertaban dioses antiguos con sus cuerpos entrelazados.

¿Qué chingados vengo a hacer aquí sola? se preguntó Ana en su mente, mientras el viento jugaba con su cabello negro. Tenía treinta y dos años, soltera por elección, harta de los pendejos de la ciudad que no sabían tocar a una mujer como se merece. Pero algo la había llamado: un sueño recurrente con fogatas y gemidos que resonaban en la noche. El altar principal se alzaba ante ella, una plataforma de piedra tallada con figuras eróticas, serpientes enroscadas y flores abiertas que parecían vulvas invitadoras. El olor a jazmín silvestre la envolvió, dulce y embriagador.

De repente, un ruido: ramas crujiendo. Ana se giró y ahí estaba él, Javier, un moreno alto con ojos color miel y una sonrisa que prometía pecados. Llevaba jeans desgastados y una camisa abierta que dejaba ver su pecho velludo, brillando de sudor.

"¿Perdida, mija?"
dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar. Ana sintió un cosquilleo en el bajo vientre, su piel se erizó al instante.

Neta, este wey es un pinche sueño andante, pensó ella, mordiéndose el labio.

"No, carnal. Solo vine a conectar con el espíritu del lugar."
Javier se acercó, su aroma a tierra y hombre la golpeó como una ola.
"Anabantha no deja ir a nadie sin probar sus fuegos. ¿Has sentido sus pasiones?"
Sus palabras eran como un hechizo, y Ana, en lugar de retroceder, dio un paso adelante, sintiendo el calor de su cuerpo cerca del suyo.

La tensión creció como tormenta en el horizonte. Se sentaron en el borde del altar, compartiendo una cerveza tibia que él sacó de su mochila. El líquido fresco bajó por su garganta, contrastando con el bochorno. Hablaron de la vida: él, guía turístico que conocía cada rincón secreto; ella, diseñadora de joyas que buscaba inspiración. Sus rodillas se rozaron, un roce eléctrico que mandó chispas por su espina. Su piel se siente como cuero curtido, fuerte pero suave, notó Ana, mientras sus dedos jugaban con una pulsera de obsidiana en su muñeca.

El sol bajó, tiñendo el cielo de rojos y naranjas. Javier la miró fijo.

"Este altar despierta lo que traes adentro, Ana. ¿Quieres que te muestre?"
Ella asintió, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Sus labios se encontraron en un beso lento, explorador. Sabía a cerveza y sal, su lengua danzando con la de ella, suave al principio, luego hambrienta. Ana gimió bajito, el sonido perdido en el viento que susurraba entre las piedras.

La noche cayó como manto negro salpicado de estrellas. Javier la recostó sobre el altar, el granito fresco contra su espalda desnuda. Le quitó el huipil con manos expertas, reverentes, besando cada centímetro de piel expuesta. ¡Ay, cabrón, qué rico tocas! pensó Ana, arqueando la espalda cuando su boca encontró un pezón, chupándolo con succiones que la hicieron jadear. El aire nocturno olía a sus sexos excitados, almizcle dulce y salado. Sus manos bajaron, desabrochando sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante.

Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor vivo, las venas marcadas bajo la piel aterciopelada.

"Qué chida, wey. Ven, fóllame aquí mismo."
Javier gruñó, un sonido animal que la mojó más. Sus dedos exploraron su panocha, resbaladiza de jugos, rozando el clítoris hinchado en círculos lentos. Ella se retorció, las uñas clavándose en sus hombros, el roce de su barba raspando sus muslos internos como fuego delicioso.

La intensidad subió como fiebre. Javier la penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Siento cada pulgada estirándome, abriéndome como una flor al sol, monologó Ana en su cabeza, mientras él embestía rítmico, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus jadeos. El altar vibraba bajo ellos, o al menos eso parecía, como si Anabantha aprobara su unión. Sudor goteaba de su frente al valle de sus pechos, salado en su lengua cuando lo lamió. Ella lo montó entonces, cabalgando con furia, sus caderas girando, pechos rebotando libres.

"¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!"
gritó, el orgasmo construyéndose como ola gigante.

El clímax la golpeó primero, un estallido de placer que la dejó temblando, contrayendo alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas. Javier la siguió, gruñendo su nombre, llenándola con semen caliente que se derramaba por sus muslos. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con humo de una fogata que él encendió después.

En el afterglow, envueltos en una manta, Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido calmándose. Esto es lo que necesitaba, un altar de pasiones que despierte mi fuego interior, reflexionó, mientras las estrellas testigos parpadeaban arriba. Javier la besó la frente.

"Anabantha nos unió, corazón. ¿Volverás?"
Ella sonrió, sabiendo que sí, que este lugar y este hombre habían encendido algo eterno en ella.

Al amanecer, el sol los despertó con rayos dorados. Se despidieron con otro beso profundo, promesas susurradas. Ana caminó de regreso, el cuerpo dolorido pero satisfecho, la piel marcada con morados amorosos. Anabantha, el altar de pasiones, había cumplido su magia una vez más.

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