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Pasión Animal

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Pasión Animal

La noche en la playa de Playa del Carmen estaba viva, con el rumble de las olas chocando contra la arena blanca y el eco de la música reggaetón retumbando desde el bar al aire libre. El aire salado se mezclaba con el aroma dulce de los cocteles de coco y piña colada, y yo, Ana, de treinta años, con mi vestido ligero de tirantes que se pegaba a mi piel sudada por el calor tropical, bailaba como si el mundo se acabara esa noche. Hacía meses que no sentía esta electricidad en el cuerpo, esa hambre que me hacía mover las caderas con descaro.

Ahí lo vi. Luis, güey alto y moreno, con músculos que se marcaban bajo su camisa abierta, ojos negros que brillaban como el mar bajo la luna. Me miró fijo mientras yo giraba, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si su mirada me desnudara ya.

Órale, este carnal trae algo que me prende fuego por dentro
, pensé, mordiéndome el labio. Se acercó con una cerveza en la mano, sonriendo con esa confianza de quien sabe lo que provoca.

¡Qué chido te mueves, reina! —gritó por encima de la música, su voz ronca como el rugido del mar.

Me reí, sintiendo el calor de su aliento cerca de mi oreja. —Y tú qué, ¿vienes a verme bailar o a unirte? —le contesté, rozando mi mano en su brazo. La piel de él estaba caliente, áspera por el sol, y ese toque simple me erizó los vellos.

Bailamos pegados, cuerpos sudados chocando al ritmo del dembow. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más con cada vuelta, y yo arqueando la espalda, presionando mi culo contra su entrepierna dura. El deseo crecía como una ola, lento al principio, pero ganando fuerza. Olía a él: sudor limpio, colonia de madera y un toque salino. Neta, este hombre despierta algo salvaje en mí, me dije mientras su boca rozaba mi cuello, enviando chispas por mi espina.

Vámonos de aquí, murmuró, su aliento caliente en mi piel. Asentí, el corazón latiéndome como tambor. Caminamos por la playa, descalzos en la arena tibia, la luna iluminando nuestro camino hacia unas palmeras apartadas. El sonido de las fiestas se alejaba, dejando solo el susurro del viento y las olas.

Nos detuvimos bajo las sombras, y sin palabras, sus labios capturaron los míos. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose con urgencia, saboreando el ron dulce en su boca. Mis manos exploraban su pecho firme, bajando a su abdomen marcado, mientras él deslizaba los tirantes de mi vestido, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. Gemí contra su boca cuando sus dedos rozaron mis pezones endurecidos, un pinchazo de placer que me hizo apretar los muslos.

Esto es pasión animal, pura y cruda, como bestias en celo
, pensé, mientras lo empujaba al suelo arenoso. Me subí encima de él, sintiendo su verga tiesa presionando contra mi panocha a través de la tela delgada. Me froté despacio, el roce enviando ondas de calor por mi vientre. Él gruñó, manos amasando mis nalgas, separándolas con fuerza juguetona.

Estás mojada ya, ¿verdad, pinche diosa? —dijo con voz grave, metiendo una mano entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hicieron jadear. El olor de mi propia excitación se mezclaba con el salitre, embriagador. Introdujo un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace temblar. ¡Qué rico, carnal! No pares, quería gritar, pero solo gemí, cabalgando su mano mientras besaba su cuello salado.

La tensión subía, mi cuerpo ardiendo como si tuviera fiebre. Le quité la camisa de un tirón, lamiendo su piel bronceada, saboreando el sudor que perlaba su pecho. Bajé más, desabrochando su pantalón con dientes y uñas, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La olí primero, ese aroma masculino intenso que me volvió loca. La lamí desde la base hasta la punta, sintiendo cómo se endurecía más en mi boca. Él jadeaba, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

Chúpamela más profundo, Ana, neta que me vas a matar, suplicó, y yo lo hice, tragándomela hasta la garganta, el sabor salado explotando en mi lengua. Mis jugos corrían por mis muslos, el vacío en mi panocha exigiendo ser llenado. Me levanté, quitándome el vestido por completo, quedando desnuda bajo la luna. Él se incorporó, volteándome con gentileza pero firmeza, poniéndome de rodillas en la arena.

Su lengua atacó mi culo primero, lamiendo y chupando, luego bajando a mi concha empapada. Dios, qué lengua tan hábil, me está comiendo viva. Gemí fuerte, el placer subiendo en espiral, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El roce de su barba en mis nalgas era delicioso, áspero y tierno a la vez. Introdujo la lengua dentro de mí, follándome con ella mientras sus dedos jugaban con mi ano, prometiendo más.

No aguanté más. —Cógeme ya, Luis, métemela toda —rogué, voz ronca de necesidad. Él se posicionó detrás, la cabeza de su verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gruñimos juntos, animales en apareamiento.

Empezó a bombear, lento y profundo, sus manos en mis caderas marcando el ritmo. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las olas, chapoteos húmedos y gemidos salvajes. Aceleró, follándome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris.

Esta es la pasión animal que necesitaba, pura instinto, sin frenos
. Me volteó de nuevo, poniéndome encima para cabalgarlo. Sus ojos clavados en mis tetas rebotando, manos pellizcando mis pezones. Bajé la cabeza, besándolo mientras subía y bajaba, su verga tocando lo más hondo.

El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, pulsos acelerados. —Me vengo, güey, no pares —grité, y exploté, olas de placer sacudiéndome, mi concha apretándolo como puño. Él rugió, embistiéndome más fuerte, hasta que se corrió dentro de mí, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Caímos exhaustos en la arena, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El mar lamía nuestros pies, fresco contra el calor residual. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Olía a sexo, a nosotros, a noches inolvidables.

Eso fue... increíble, murmuró, besando mi frente. Sonreí, trazando círculos en su piel. Pasión animal en su máxima expresión, y qué chido que fue mutuo. La luna nos cubría con su luz plateada, prometiendo más noches así. No sabía si lo vería de nuevo, pero esa noche, en ese paraíso mexicano, todo era perfecto. El deseo satisfecho, pero con un cosquilleo que decía que la bestia dentro aún ronroneaba.

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