Entre Pasion y Guerra
La luna llena iluminaba el cerro como si quisiera delatar todos nuestros secretos. El aire olía a tierra mojada por la lluvia reciente y a humo de las fogatas lejanas, donde los hombres de mi rancho y los del rancho vecino se miraban con ojos de pendejos listos para la bronca. Yo, Elena, hija del patrón, sabía que esta guerra entre familias no era más que orgullo de machos, pero neta que me tenía harta. Mi piel picaba de anticipación, no por los balazos que retumbaban como truenos, sino por él. Diego. El carnal del enemigo que me hacía mojarme con solo pensarlo.
Me escabullí del porche de la casa grande, el vestido ligero rozándome los muslos con cada paso sigiloso. Órale, qué chido se sentía el viento fresco besando mis piernas desnudas bajo la falda. Mi corazón latía como tambor de mariachi, fuerte y rápido.
¿Y si esta noche termina todo en sangre? ¿O en algo más caliente, más prohibido?Llegué al viejo mezquite al pie del cerro, nuestro lugar. Ahí estaba él, recargado en el tronco, su camisa abierta dejando ver el pecho moreno y marcado por el sol, el sudor brillando como aceite.
—Ven acá, mamacita —me dijo con esa voz ronca que me derretía, extendiendo la mano. Sus ojos negros me devoraban, prometiendo la pasión que ardía entre nosotros a pesar de la guerra.
Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Sus dedos ásperos, curtidos por el trabajo en el rancho rival, me jalaron hacia él. Olía a hombre: a cuero, a tierra y a ese algo salvaje que me volvía loca. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, tentadores, como el primer trago de tequila después de un día de calor.
La pasión y guerra nos rodeaban, pero en ese momento solo existíamos nosotros. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome el culo con fuerza juguetona. —Neta, Elena, me tienes bien puesto —murmuró contra mi boca, y yo reí bajito, sintiendo su verga dura presionando mi vientre.
Nos sentamos en la manta que él había tendido, el suelo aún tibio por el sol del día. Hablamos en susurros, de cómo empezó todo esto: una cerca rota, unas reses perdidas, y de repente balas volando. Pero entre líneas, la tensión crecía. Mi mano rozó su muslo, subiendo despacio, sintiendo los músculos tensos bajo el pantalón. Él jadeó, su aliento caliente en mi cuello.
Acto primero de nuestra propia batalla: los besos se volvieron fieros, lenguas enredadas como serpientes, saboreando el salado de su piel, el dulzor de su boca. Le quité la camisa, mis uñas arañando suave su pecho, dejando marcas rojas que lo hicieron gemir. Qué rico, pensé, mientras él desabrochaba mi vestido, exponiendo mis tetas al aire nocturno. Los pezones se endurecieron al instante, y él los tomó en su boca, chupando con hambre, mordisqueando lo justo para que un rayo de placer me recorriera hasta el clítoris palpitante.
Pero no era solo cuerpo. En mi cabeza giraban pensamientos locos.
Esto es una locura, Elena. Tu carnal te mataría si te ve con el enemigo. Pero chingado, qué bien se siente su lengua en mí, qué vivo me hace sentir en medio de esta mierda de guerra.Él se detuvo, mirándome fijo. —Te quiero, reina. No por rencor de ranchos, sino porque me vuelves loco.
La noche avanzaba, y con ella la escalada. Sus dedos se colaron bajo mi falda, encontrando mi panocha ya empapada. —Estás chorreando, preciosa —gruñó, metiendo uno despacio, luego dos, moviéndolos en círculos que me hacían arquear la espalda. El sonido húmedo de mi excitación se mezclaba con los grillos y los disparos lejanos, un coro obsceno y perfecto. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La apreté, la masturbé lento, sintiendo la piel suave sobre el acero duro, el precum salado en mi lengua cuando me agaché a probarlo.
Él me tumbó de espaldas sobre la manta, el olor a hierba aplastada subiendo fuerte. Sus besos bajaron por mi cuerpo: cuello, tetas, ombligo, hasta llegar a mi entrepierna. Su lengua lamió mi clítoris como si fuera miel, chupando, succionando, mientras sus dedos follaban mi coño con ritmo experto. Grité bajito, mis caderas moviéndose solas, el placer acumulándose como tormenta. ¡Ay, güey, no pares! El mundo se reducía a su boca caliente, mi piel erizada, el pulso en mis oídos.
Pero la guerra nos llamaba. Un disparo más cerca nos hizo congelar, jadeantes. —No mames, están cerca —dijo él, pero en vez de huir, me volteó boca abajo, levantándome el culo. Su verga rozó mi entrada, resbalosa, tentándome. —¿Quieres que te coja así, entre la pasión y guerra? —preguntó, y yo asentí, empujando contra él.
Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! El estiramiento ardía delicioso, su grosor pulsando dentro de mí. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando. Yo gemía contra la manta, oliendo nuestro sexo mezclado con tierra. Sus manos me amasaban las nalgas, una nalgada juguetona que me hizo apretarlo más.
La intensidad subió. Me puso de rodillas, él detrás, follándome fuerte mientras me jalaba el pelo suave.
Soy suya en esta guerra de cuerpos, de almas. Que vengan los balazos, que no paren esta cogida.Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. Lo sentía tan adentro, golpeando mi punto G, el orgasmo construyéndose como avalancha. Él gruñía, —Córrete, mamacita, córrete en mi verga—, y exploté. Olas de placer me sacudieron, mi coño contrayéndose alrededor de él, chillidos ahogados en su boca.
No terminó ahí. Me tumbó de lado, una pierna sobre su hombro, penetrándome profundo, lento ahora, prolongando el fuego. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus embestidas se aceleraron, su respiración entrecortada. —Me vengo, Elena... —advirtió, y lo apreté más, queriendo ordeñarlo. Calor inundó mi interior, su semen caliente mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos.
Colapsamos, enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra el mío. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Besos perezosos, caricias suaves en la piel aún sensible. Los disparos se alejaron, como si la noche nos diera tregua. —Volveremos, carnal —le dije, trazando su mandíbula con el dedo. Él sonrió, esa sonrisa pícara que me conquistó desde el principio.
Nos vestimos a prisa, pero el afterglow perduraba: piernas temblorosas, labios hinchados, el cuerpo marcado por su amor feroz. Caminamos juntos hasta el borde del cerro, separándonos con un último beso que sabía a promesas. La pasión y guerra seguirían, pero ahora sabíamos que entre balas y rencores, había un fuego que nadie apagaría.
Regresé al rancho al amanecer, el sol besando mi piel como él lo hizo. En mi alma, la paz de haberlo tenido todo: deseo, entrega, unión. Qué chido ser mujer en tiempos así, pensé, lista para la próxima noche.