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Pasion por las Letras Pelicula

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Pasion por las Letras Pelicula

Ana caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, el sol de la tarde tiñendo de dorado las fachadas coloniales. El aroma a café recién molido y pan dulce flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de las jacarandas que empezaban a florecer. Llevaba en la mano un libro viejo, El amor en los tiempos del cólera, su favorito, con las páginas manoseadas por años de lecturas apasionadas. Neta, nada como perderse en las letras para sentir que el mundo palpita de verdad.

Entró a la librería El Laberinto, un rincón mágico lleno de estanterías hasta el techo, donde el polvo de los tomos antiguos danzaba en los rayos de luz. Ahí estaba el anuncio: un ciclo de cine literario, y la pelicula estelar de la noche era una joya independiente llamada Pasion por las letras pelicula, sobre una escritora que encuentra el amor en las palabras de un poeta desconocido. Ana sonrió, su corazón latiendo un poquito más rápido. Qué chido, pensó, justo lo que necesito para encender la chispa esta noche.

En la sala improvisada, con sillas plegables y un proyector viejo, se sentó al fondo. El lugar olía a madera húmeda y tinta fresca. De pronto, un wey alto, de cabello revuelto y ojos cafés intensos, se sentó a su lado. Olía a colonia cítrica y algo más, como a libros calientes bajo el sol.

¡Órale! Este cuate tiene pinta de lector empedernido. ¿Será que también viene por la Pasion por las letras pelicula?

¿Ya viste esta peli? —le preguntó él, con voz grave y un acento chilango puro.

Neta no, pero suena cañón. Me prende la idea de tanto fuego entre letras —respondió Ana, girándose para mirarlo de frente. Se llamaba Diego, le dijo, escritor freelance que andaba buscando inspiración. Charlaron del argumento: la prota, una tipa fogosa, se enreda con un poeta en una biblioteca embrujada por palabras prohibidas. La química entre ellos saltaba chispas, como si las letras cobraran vida en sus pieles.

La pelicula empezó, las imágenes en blanco y negro llenando la pantalla. Ana sentía el calor del brazo de Diego rozando el suyo accidentalmente. Cada roce era eléctrico, como si las palabras de la cinta se colaran en su sangre. El sonido de las respiraciones agitadas en la escena de amor la hizo apretar las piernas. Carajo, qué ganas de que pase algo así en la vida real.

Al final, aplausos. Diego se inclinó:

¿Qué te pareció? Esa pasión por las letras pelicula me dejó con el alma en llamas.

A mí también, wey. Como si me hubieran despertado algo adentro —dijo ella, mordiéndose el labio.

Salieron juntos, caminando bajo las luces tenues de la plaza. El aire fresco de la noche contrastaba con el bochorno que Ana sentía entre las piernas. Hablaron de libros, de García Márquez, de Octavio Paz, de cómo las palabras pueden ser más eróticas que un beso. Diego la invitó a su depa cerca de ahí, en una casa chiquita pero con biblioteca propia. ¿Por qué no?, pensó ella. La tensión crecía con cada paso, sus miradas chocando como promesas.

Acto dos: la escalada

En el departamento de Diego, el olor a incienso de sándalo impregnaba el aire. Paredes llenas de libros, una cama king size con sábanas blancas revueltas, y una botella de mezcal abierta sobre la mesa. Se sentaron en el sillón, tan cerca que Ana podía sentir el calor de su muslo contra el suyo.

Léeme algo —pidió ella, pasándole un poemario de Sor Juana.

Diego abrió el libro, su voz ronca recitando:

¿En perseguirme mundo qué interesas?
En tu tierra, en tu humor quiero todas mis esperanzas
deja de perseguirme, pues con todas
mis pensamientos tu me has conquistado.

Ana cerró los ojos, el sonido de sus palabras vibrando en su pecho. Extendió la mano y rozó su mejilla, áspera por la barba de tres días. Él dejó el libro, la atrajo hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabía a mezcal ahumado y a deseo puro. Las lenguas danzaron, suaves al principio, luego urgentes, mordisqueando, succionando.

Las manos de Diego subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría. Ana jadeó cuando él besó su cuello, lamiendo la sal de su piel. ¡Qué rico se siente esto, cabrón! Olía su aroma masculino, mezcla de sudor limpio y colonia. Ella le quitó la playera, acariciando su pecho firme, los músculos tensos bajo sus dedos. Bajó la mano, sintiendo su verga dura a través del pantalón. Neta, está listo para mí.

Se levantaron, tropezando hacia la cama. Ropa volando: su falda, sus jeans. Desnudos, piel con piel. Ana sintió el peso de él sobre ella, delicioso, sus erecciones rozando su clítoris hinchado. Gemidos llenaban la habitación, mezclados con risas nerviosas.

Te quiero chupar —murmuró Diego, bajando por su vientre. Su lengua encontró su coño mojado, lamiendo despacio, saboreando sus jugos dulces y salados. Ana arqueó la espalda, las uñas clavadas en su cabello.

¡Ay, wey, no pares! Esto es mejor que cualquier pelicula.

Ella lo volteó, montándose en su cara. Cabalgó su lengua, frotando su clítoris contra su nariz, oliendo su excitación. Luego, besó su verga, gruesa y venosa, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Lo chupó profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos roncos.

La tensión subía como fiebre. Diego la penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándola. ¡Qué chingón se siente, tan grueso, tan mío! Empezaron a moverse, ritmos sincronizados: embestidas profundas, clítoris frotando contra su pubis. Sudor perlando sus cuerpos, el slap-slap de pieles chocando, gemidos ahogados. Cambiaron posiciones: ella de perrito, él jalándole el pelo suave; de lado, cucharita, sus pechos apretados contra su espalda.

La intensidad crecía, psychological y física. Ana pensó en las letras de la pelicula, cómo las palabras los habían unido. Esto es nuestra propia Pasion por las letras pelicula, pero en carne viva.

Acto tres: el clímax y el eco

Vente conmigo, mami —gruñó Diego, acelerando.

Ana sintió el orgasmo venir como ola: contracciones en el útero, placer explotando desde el coño hasta la punta de los dedos. Gritó, cuerpo temblando, jugos chorreando. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándola, su verga pulsando dentro.

Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El aroma a sexo flotaba pesado, mezclado con el incienso. Diego la besó la frente, suave.

Qué padre fue esto. Como si las letras nos hubieran follado a nosotros.

Ana rio, acurrucándose. Sintió una paz profunda, el corazón latiendo en sintonía con el suyo. Miró la ventana, la luna iluminando los libros esparcidos. Neta, la pasión por las letras pelicula fue solo el principio. Esto es nuestra historia, escrita en gemidos y caricias.

Durmieron entrelazados, soñando con más palabras, más toques. Al amanecer, café en la cama, promesas de leer juntos, de follar inspirados en poemas. La pasión no acababa; era eterna, como las buenas letras.

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