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Abismo de Pasion Capitulo 103

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Abismo de Pasion Capitulo 103

Sofía se recostó en el mullido sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. La noche caía sobre la Ciudad de México con ese calor pegajoso que se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo olores de elotes asados y jazmines del jardín vecino. Tenía el control remoto en la mano, saltando canales sin mucho ánimo, hasta que aterrizó en el capítulo 103 de Abismo de Pasion, esa telenovela que la tenía clavada cada semana. La protagonista, con ojos de fuego y labios carnosos, acababa de confesar su deseo prohibido a su amante, y la tensión en la pantalla era palpable, como un pulso acelerado bajo la piel.

Órale, qué chido se ve eso, pensó Sofía, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Llevaba semanas sin ver a Alejandro, su novio, por ese pinche viaje de trabajo a Guadalajara. Su cuerpo extrañaba el roce de sus manos callosas, el sabor salado de su cuello después de un día largo. Se mordió el labio, ajustándose el shortcito de algodón que se le pegaba a las nalgas por el sudor. En la tele, los amantes se besaban con hambre, lenguas enredadas, gemidos ahogados que resonaban en el silencio de su sala.

De repente, la llave giró en la cerradura. Sofía saltó como gato escaldado, el corazón latiéndole en la garganta. Era él. Alejandro entró con una sonrisa pícara, mochila al hombro, camisa desabotonada revelando el pecho moreno y velludo que tanto le gustaba lamer.

¡Ey, nena! ¿Me extrañaste? —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel, dejando caer la mochila y acercándose con pasos felinos.

Sofía se levantó, lanzándose a sus brazos. Olía a carretera, a café fuerte y a ese desodorante masculino que la volvía loca. Sus bocas se encontraron en un beso urgente, lenguas danzando como en el abismo de pasión que veían en la tele.

¿Qué chingados haces aquí tan temprano? Pensé que llegabas mañana, murmuró ella contra su boca, manos ya metidas bajo la camisa, palpando los músculos duros de su abdomen.

—No aguanté más, mi reina. Te necesitaba como el aire —respondió él, levantándola en vilo para cargarla al sofá. La pantalla seguía encendida, el capítulo 103 avanzando con la pareja enredada en sábanas revueltas.

Esto es mejor que cualquier telenovela, carajo. Su calor me quema por dentro, me hace mojarme como una chava de quince años.

Acto primero: la chispa inicial. Alejandro la sentó a horcajadas sobre sus piernas, manos grandes amasando sus pechos por encima de la blusa ligera. Sofía jadeaba, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su entrepierna a través de la tela delgada. Él le quitó la blusa con un tirón juguetón, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros ya tiesos como piedritas. Los succionó con hambre, lengua girando alrededor, mordisqueando suave hasta que ella arqueó la espalda con un gemido gutural.

¡Ay, wey, qué rico! No pares, pendejo —suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.

El sabor de su piel era salado, mezclado con el sudor fresco del viaje. Sofía bajó las manos, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Sacó su polla gruesa, venosa, ya palpitante y con una gota perlada en la punta. La miró embobada, oliendo ese aroma almizclado de macho excitado que le nublaba la razón. La acarició despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo latía en su palma caliente.

Alejandro gruñó, ojos entrecerrados de placer. —Eres una diosa, Sofi. Mírate, toda mojada por mí. Deslizó una mano dentro de su short, dedos gruesos encontrando su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. La frotó en círculos lentos, haciendo que ella se retorciera, caderas moviéndose solas al ritmo de su toque.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto. Se besaron de nuevo, más profundo, mordiéndose labios hasta que supieron sangre dulce mezclada con saliva. Sofía se quitó el short y las tanguitas de un jalón, quedando desnuda sobre él. Su coño depilado brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, labios mayores abultados de deseo.

Acto segundo: la escalada ardiente. Alejandro la volteó con facilidad, poniéndola de rodillas en el sofá. Se arrodilló detrás, besando su espalda desde las nalgas redondas hasta la nuca, lengua trazando la curva de su espina. El aire se llenó de su olor, ese almizcle femenino que lo enloquecía. Separó sus nalgas con manos firmes, admirando el ano rosado y el coño chorreante.

Estás empapada, mi amor. ¿Por mí o por esa novela pendeja? —bromeó, lamiendo desde el clítoris hasta el agujerito trasero, lengua plana y caliente.

Sofía chilló de placer, empujando hacia atrás. —¡Por ti, cabrón! Pero el abismo de pasión capítulo 103 me prendió la mecha. Ven, fóllame ya.

Él se posicionó, la punta de su verga rozando la entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo rebotando en las paredes. Sofía sintió cada vena, cada pulso, llenándola hasta el fondo. Él empezó a bombear, lento al principio, manos en sus caderas tatuadas con un tribal que él mismo le había dibujado una vez.

Su polla me parte en dos, pero qué gusto tan cabrón. Cada embestida me roza el alma, me hace suya de nuevo.

El ritmo aumentó, piel contra piel chapoteando húmedo. Sudor corría por sus cuerpos, goteando al sofá. Alejandro la jaló del cabello suave, arqueándola más, penetrando profundo. Ella metió una mano entre las piernas, frotando su clítoris enloquecida, el placer acumulándose como lava a punto de estallar. Él la volteó de nuevo, cara a cara, piernas de ella sobre sus hombros. Así podía verla, ojos negros fijos en los suyos, tetas rebotando con cada estocada feroz.

¡Dime que eres mía, Sofi! ¡Dime! —rugió él, testículos golpeando su culo.

¡Tuya, pendejo! Siempre tuya, ¡más duro! —gritó ella, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos.

Los sentidos explotaban: el slap-slap de carne, gemidos roncos mezclados con la novela de fondo que ahora era puro ruido blanco. Olor a sexo puro, sudor, fluidos. Gusto de besos salados, mordidas en hombros. Toque ardiente, piel resbalosa, músculos tensos.

La intensidad psicológica subía. Sofía recordó las semanas sola, masturbándose con recuerdos de él, ahora real y brutal. Alejandro luchaba contra el orgasmo prematuro, queriendo prolongar el éxtasis. Frenó, saliendo de golpe, dejándola vacía y quejumbrosa.

Aún no, mi reina. Quiero comerte entera.

La tendió en el sofá, cabeza entre sus muslos. Lamida su coño con devoción, lengua hurgando pliegues, succionando clítoris como caramelo. Sofía se vino primero, un chorro caliente salpicando su barbilla, cuerpo convulsionando, grito ahogado que salió como aullido.

Acto tercero: la liberación total. Alejandro se subió encima, penetrándola de nuevo en misionero apasionado. Esta vez no hubo freno. Embistió como poseído, verga hinchada al límite. Sofía lo abrazó con piernas, talones clavados en su culo, urgiéndolo más adentro.

¡Me vengo, carajo! ¡Córrete conmigo! —exigió ella, paredes vaginales apretándolo en espasmos.

Él rugió, semen caliente inundándola en chorros potentes, mezclándose con sus jugos. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono. El capítulo 103 de Abismo de Pasion terminaba en la tele con un cliffhanger, pero ellos ya habían encontrado su propio abismo.

En el afterglow, Alejandro la besó suave, limpiando sudor de su frente con labios tiernos. Sofía se acurrucó en su pecho, escuchando el latido calmándose. Olía a ellos, a sexo satisfecho, a promesas.

Esto es nuestro abismo, nuestro pasión infinita. Mañana será capítulo 104, pero esta noche es eterna.

Se quedaron así, entrelazados, con la ciudad zumbando afuera y el calor de sus cuerpos como único cobijo. El deseo no se apagaba; solo esperaba el próximo capítulo.

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