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La Pasion de Cristo para Descargar

7564 palabras

La Pasion de Cristo para Descargar

Era una noche calurosa en la Ciudad de México, de esas que te pegan el pelo a la nuca y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa en la Condesa, con el corazón latiéndome a mil por hora. Había pasado el día en la chamba, estresada con reportes y juntas eternas, pero ahora solo quería relajarme. Abrí mi laptop, buscando algo que me prendiera el ánimo. Tecleé en el buscador la pasion de cristo para descargar, pensando en una película intensa para distraerme, pero lo que saltó fue un link rarísimo, de un sitio que prometía "pasión descargada al máximo". Neta, curiosidad mató al gato, pero a mí me prendió la mecha.

Descargué el archivo sin pensarlo dos veces. No era la película religiosa que esperaba; era un video erótico con un tipo que se hacía llamar Cristo, un morro guapísimo, moreno, con músculos que parecían tallados en piedra y una mirada que te desnudaba con solo parpadear. El título del video era exactamente La Pasion de Cristo para Descargar, y desde los primeros segundos, su voz grave narrando fantasías pecaminosas me dejó mojadita.

«Ven, déjame descargar mi pasión en ti, como el aceite sagrado sobre tu piel»
, decía él, mientras sus manos recorrían un cuerpo femenino con una devoción que me erizó la piel. Mi mano bajó sola a mi entrepierna, rozando la tela de mis panties, imaginándome en ese lugar.

De repente, un ruido en la puerta. Era él, Cristo de verdad. No, no era coincidencia del destino; era mi vecino nuevo, el que había visto cargando cajas el fin pasado. Se llamaba Cristóbal, pero todos le decían Cristo por su look de galán de telenovela y esa vibra mística que traía. Golpeó suave. «¿Ana? Soy Cristo, del depa de al lado. Se me fue la luz, ¿me prestas un cargador?» Su voz era idéntica a la del video. Abrí la puerta, aún jadeante del clip, con el calor subiéndome a las mejillas.

Lo invité a pasar, el aire cargado de mi aroma a vainilla del perfume y el leve olor a excitación que flotaba en el ambiente. Cristo entró, alto, con camisa ajustada que marcaba su pecho ancho, pantalones que dejaban poco a la imaginación. Olía a sándalo y sudor fresco, como después de un buen gym. Carajo, este pendejo es el del video, pensé, mientras le daba el cargador. Nuestras manos se rozaron, y sentí una chispa eléctrica que me recorrió el espinazo. Él sonrió, pícaro. «Gracias, vecina. ¿Qué veías? Se oía... interesante.»

El deseo inicial era como una brasa: lenta, pero quemando por dentro. Le conté del video, riéndome nerviosa. «¿La Pasion de Cristo para Descargar? Esa es mía, la subí yo mismo para probar suerte.» Me quedé con la boca abierta. Era él, el creador. La tensión creció mientras charlábamos en el sofá, nuestras rodillas tocándose accidentalmente. Su mirada se clavaba en mis labios, en el escote de mi blusa floja. Yo sentía mi corazón repicando como tambor en fiesta patronal, el pulso acelerado en mis venas, el calor entre mis muslos pidiendo a gritos atención.

Acto uno del deseo: la invitación sutil. Cristo se acercó más, su aliento cálido en mi oreja. «¿Quieres que te muestre la pasión de verdad, Ana? No la del video, la real, para descargar aquí mismo.» Asentí, empoderada, tomando su mano y guiándola a mi cintura. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio, saboreando el dulce de mi gloss de fresa contra su boca firme. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi bra con maestría, mientras yo le quitaba la camisa, sintiendo la aspereza de su vello contra mis palmas suaves.

Pasamos al cuarto, la luz tenue de la lámpara pintando sombras en su piel dorada. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el de nuestras pieles: salado, almizclado, adictivo. Me recostó en la cama, sus besos bajando por mi cuello, mordisqueando suave hasta dejar marcas rojas como rosas en mi piel. Neta, este cabrón sabe lo que hace, pensé, arqueándome cuando su lengua lamió mis pezones endurecidos, el sonido húmedo de su boca chupando llenando la habitación. Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, oliendo su sudor fresco que me volvía loca.

La escalada fue gradual, llena de profundidad emocional. Cristo no era solo un semental; me susurraba cosas que me tocaban el alma.

«Eres mi diosa, Ana. Déjame adorarte como se merece.»
Yo, que siempre me sentía invisible en la chamba, me sentía reina. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que invitaban a ser lamidas. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro vivo, el pre-semen salado en mi lengua cuando la probé. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, «¡Ay, pinche rica!»

Nos devoramos mutuamente. Yo a cuatro patas, él lamiendo mi panocha desde atrás, su lengua danzando en mis labios hinchados, saboreando mis jugos dulces y espesos. El sonido de succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos. ¡Qué chingón! Nunca me habían comido así, como si fuera el último banquete. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, el roce áspero enviando ondas de placer por mi espina. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi ano con ternura juguetona.

La intensidad psicológica subía: luchas internas disolviéndose en éxtasis compartido. Yo quería control, así que lo empujé a la cama, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El sonido de carne contra carne empezó: plaf, plaf, rítmico, sudoroso. Olía a nosotros, a sexo crudo, a pasión desatada. Sus manos amasaban mis nalgas, «¡Muévete, mi reina, cabalga mi pasión!» Yo rebotaba, mis tetas saltando, pezones rozando su pecho, el roce eléctrico intensificando todo.

Pequeñas resoluciones: nos volteamos, él encima ahora, misionero profundo, ojos en ojos. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, rozando mis paredes sensibles. Esto es más que follar; es conexión, es descargar el alma. Aceleró, sus embestidas fuertes, el colchón crujiendo, mis piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo firme. El clímax se acercaba como tormenta: mi vientre contrayéndose, su respiración entrecortada en mi oído.

El acto final: la liberación. «¡Ya voy a descargar, Ana! ¿Estás lista para mi pasión?» Grité sí, y explotamos juntos. Mi orgasmo fue un tsunami, olas de placer convulsionándome, jugos chorreando por su verga. Él se hundió profundo, gruñendo como animal, descargando chorros calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Sentí cada espasmo, el calor líquido bañando mi interior, goteando por mis muslos. El olor a semen fresco, almizclado, impregnó el aire, mezclado con nuestro sudor.

El afterglow fue puro terciopelo. Nos quedamos abrazados, pieles pegajosas, pulsos calmándose al unísono. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón.

«Eso fue la verdadera La Pasion de Cristo para Descargar, solo para ti.»
Reí bajito, besando su frente salada. Me sentía empoderada, saciada, con un brillo nuevo en el alma. Fuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi cama, habíamos creado nuestro propio paraíso. Cristo se quedó esa noche, y supe que esto era solo el principio de muchas descargas apasionadas.

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