Pasión y Poder Capítulos Completos Gratis
La luz del atardecer teñía de oro el skyline de Polanco mientras Daniela se recargaba en el ventanal de su penthouse. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmines que adornaban la terraza. Vestida con un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas generosas, sentía el pulso acelerado. Esta noche va a ser épica, pensó, mientras oía el ascensor privado detenerse.
Arturo entró como un huracán, su traje italiano impecable, el cabello negro peinado hacia atrás y esa sonrisa lobuna que la ponía de nervios. Era su mano derecha en la empresa, un cabrón ambicioso que la desafiaba en cada junta. Pero también el único que la hacía sentir viva, como si el mundo se redujera a sus cuerpos en llamas.
—Jefa, ¿me citaste para hablar de números o de algo más... interesante? —dijo él, con voz ronca, acercándose hasta que su aliento cálido rozó su cuello.
Daniela giró, sus ojos cafés clavados en los verdes de él.
Neta que este pendejo me trae loca. Quiere el puesto de vicepresidente, pero primero tiene que ganárselo en mi terreno.El roce de sus dedos en su brazo envió chispas por su piel morena.
—Siéntate, Arturo. Vamos a platicar de pasión y poder. Capítulos completos, gratis, sin censura —susurró ella, sirviéndole un trago. Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara.
Él tomó el vaso, sus dedos rozando los de ella deliberadamente. El hielo tintineó, y el sonido fue como un preludio. Se sentaron en el sofá de piel italiana, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas testigos.
La conversación empezó con negocios: cifras, estrategias, el próximo lanzamiento de su línea de cosméticos de lujo. Pero el aire se cargaba de electricidad. Arturo la miraba con hambre, sus rodillas rozándose accidentalmente —o no—. Daniela sentía el calor subirle por las piernas, el encaje de su lencería rozando su piel sensible.
—Quieres poder, ¿verdad? —le dijo ella, inclinándose hasta que sus pechos rozaron su brazo. El olor de su colonia, madera y especias, la invadió.
—Neta, jefa. Pero no cualquier poder. El tuyo. El que sientes cuando todos te miran como a una diosa —respondió él, su mano subiendo por su muslo. Ella no lo detuvo. Al contrario, abrió las piernas un poco, invitándolo.
Esto es un juego de poder, pero qué chido se siente ceder un poquito. Su toque quema, como tequila en la garganta.
Arturo la besó entonces, un beso feroz que sabía a deseo puro. Sus lenguas bailaron, explorando, probando el dulzor del tequila en la boca del otro. Las manos de él desabrocharon el vestido con maestría, dejando al descubierto sus senos firmes, los pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Daniela gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho.
Lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas. Sus caderas se mecían contra la dureza que crecía bajo sus pantalones. ¡Órale, qué verga tan dura! Esta noche mando yo, pensó, mientras le quitaba la camisa, arañando su pecho velludo con las uñas pintadas de rojo.
El sudor empezaba a perlar sus frentes, el aroma almizclado de sus cuerpos mezclándose con el jazmín. Arturo la volteó con facilidad, su fuerza masculina dominando por un segundo. La besó el cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que dolían rico. Sus manos amasaron sus nalgas, apretando la carne suave bajo la tanga de encaje.
Se levantaron tambaleantes, besándose mientras caminaban al dormitorio. La cama king size los esperaba, sábanas de seda negra crujiendo bajo su peso. Daniela lo desvistió por completo, admirando su cuerpo atlético, la verga erecta palpitando, venosa y gruesa. La saliva se le hizo agua en la boca.
—Chúpamela, reina —gruñó él, pero ella sonrió, juguetona.
—Aquí mando yo, cabrón. Tú primero me das placer —ordenó, guiando su cabeza entre sus piernas.
Arturo obedeció, ansioso. Su lengua experta lamió su panocha depilada, saboreando el néctar salado y dulce que brotaba de ella. Daniela arqueó la espalda, sus manos enredadas en su cabello, gimiendo fuerte. ¡Pinche lengua mágica! Me va a matar de gusto. Los sonidos húmedos llenaban la habitación, sus chupetazos resonando como música erótica. El clítoris hinchado pulsaba bajo su atención, oleadas de placer subiendo por su vientre.
Pero no quería acabar aún. Lo jaló arriba, besándolo para probarse en sus labios. Se puso un condón con rapidez —siempre preparados, siempre seguros— y se hundió en él de un solo movimiento. La plenitud la llenó, estirándola deliciosamente. ¡Ay, qué rico! Empezó a cabalgar, sus caderas girando en círculos, los senos rebotando con cada embestida.
Arturo la sujetaba por las caderas, gruñendo como animal. Sudor goteando, piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne. Cambiaron posiciones: él atrás, penetrándola profundo, una mano en su clítoris frotando en círculos. Daniela gritaba, el placer construyéndose como tormenta.
Pasión y poder, capítulos completos gratis en cada embestida. Este hombre me completa, me desafía, me hace mujer total.
La tensión crecía, sus cuerpos sincronizados en un ritmo frenético. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Ella sentía el orgasmo acercándose, un nudo apretado en el bajo vientre listo para explotar.
—¡Córrete conmigo, Arturo! ¡Dame todo! —exigió ella, volteándose para mirarlo a los ojos.
Él aceleró, sus embestidas brutales pero llenas de ternura. El clímax los golpeó como rayo: Daniela convulsionó, su panocha apretando su verga en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas. Arturo rugió, vaciándose dentro del condón con pulsos interminables.
Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El corazón de ella latía desbocado contra el pecho de él. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El viento de la noche entraba por la ventana, refrescando sus cuerpos calientes.
—Eres increíble, Daniela. Poder puro —murmuró él, acariciando su cabello revuelto.
Ella sonrió, trazando círculos en su abdomen. No solo poder. Pasión que nos une. Mañana en la oficina seremos profesionales, pero aquí... capítulos completos gratis de nosotros.
Se durmieron entrelazados, la ciudad rugiendo abajo como testigo de su unión. Al amanecer, el sol los despertó con promesas de más rondas, más poder compartido, más pasión infinita. Daniela sabía que él había ganado el ascenso —no por lástima, sino porque se lo merecía. Juntos, conquistarían el mundo, en la cama y en los negocios.