Pura Pasión 2020
Era el 2020, ese pinche año que nos tenía a todos encerrados como ratas en sus madrigueras, pero yo, Ana, no iba a dejar que el COVID me robara el fuego. Vivía en un departamentito chulo en la Condesa, con vista a los jacarandas que teñían las calles de morado. Hacía meses que no sentía un roce de piel ajena, y la neta, mi cuerpo pedía a gritos un poco de acción. Ahí fue cuando Marco entró en mi vida, un wey alto, moreno, con ojos que prometían travesuras y una sonrisa que derretía hasta el hielo de mis cubas libres.
Nos conocimos en una app, de esas que en pandemia se volvieron el antro virtual. ¿Qué onda, guapa? ¿Lista para pura pasión 2020? me escribió él, y yo solté una carcajada. Suena cursi, pero algo en esas palabras me prendió. Chateamos días enteros, mandándonos fotos sudadas de gym casero, audios con voces roncas y promesas de lo que haríamos si el mundo volvía a girar normal.
Imagínate mis manos en tu cintura, apretando hasta que gimas mi nombre, me dijo una noche, y yo me toqué pensando en él, el calor subiendo por mi entrepierna como lava.
Al fin, con las restricciones aflojándose un poquito, quedamos en un cafecito en Polanco. Lo vi llegar, camisa ajustada marcando pectorales duros, jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olía a colonia fresca con un toque de sudor varonil, ese aroma que te hace babear. Nos dimos un abrazo largo, sus manos grandes en mi espalda baja, rozando el borde de mi falda. Estás más rica en persona, mamacita, murmuró al oído, su aliento cálido erizándome la piel.
La charla fluyó como tequila añejo: risas por los memes de la pandemia, quejas del home office, y pronto, coqueteos heavies. Sentí su rodilla contra la mía bajo la mesa, un roce casual que no lo era. Mi corazón latía fuerte, órale, Ana, no te apresures, me dije, pero mi chucha ya palpitaba, húmeda de anticipación. Pagó la cuenta y salimos caminando, su mano en mi cintura guiándome. ¿Vamos a mi depa? Vivo cerca, propuso, y yo asentí, la tensión sexual crepitando en el aire como chispas.
En su loft en Roma Norte, todo minimalista con luces tenues y una playlist de cumbia rebajada sonando bajito. Me sirvió un mezcal ahumado, el vaso frío en mis labios, el líquido quemándome la garganta con sabor a humo y tierra oaxaqueña. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo.
Desde que te vi en esa foto con el bikini, no dejo de pensar en ti, confesó, su voz grave vibrando en mi pecho. Lo miré, mordiéndome el labio, y acerqué mi boca a la suya.
El beso fue fuego puro. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua danzando con la mía en un tango húmedo y salvaje. Sabía a mezcal y deseo, olía a su cuello sudado cuando bajé besos por ahí. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, dedos ásperos rozando mi piel sensible. Gemí bajito, carajo, qué bien se siente esto, mientras él me cargaba como pluma hacia la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros.
Acto dos de esta pinche obra maestra. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis tetas. Estas chichis son perfectas, nena, gruñó, lamiendo un pezón endurecido hasta que arqueé la espalda, el placer eléctrico bajando directo a mi clítoris. Yo no me quedé atrás, desabroché su cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga dura como acero, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La acaricié lento, sintiendo la piel sedosa sobre el músculo firme, un chorrito de precum salado en mi lengua cuando la probé.
Quiero comerte entera, le dije, voz ronca de pura lujuria. Me arrodillé, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas, y lo engullí centímetro a centímetro. Él jadeaba, manos en mi pelo, ¡chingado, qué mamada tan rica! El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos guturales y mi propia respiración agitada. Olía a macho excitado, ese musk almizclado que me volvía loca. Subí, montándolo a horcajadas, mi tanga empapada restregándose contra su abdomen marcado.
La tensión subía como olla exprés. Me penetró despacio al principio, su pija abriéndose paso en mi coño apretado y mojado, estirándome deliciosamente. Sí, así, métemela toda, pendejo, le rogué, y él obedeció, embistiéndome con ritmo creciente. El slap-slap de piel contra piel, el chirrido de la cama, mis uñas clavándose en su espalda sudosa. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, el glande golpeando mi punto G hasta que vi estrellas.
Esto es pura pasión 2020, Ana, lo nuestro contra el mundo, jadeó él entre thrusts, y yo exploté en orgasmo, mi chucha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, nalga en pompa, y me dio duro desde atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y jugos mezclados. Mis tetas rebotaban con cada arremetida, pezones rozando la sábana áspera. No aguanto más, wey, grité, y él aceleró, gruñendo como animal. Su corrida fue épica: caliente, espesa, llenándome hasta rebosar, mientras él se derrumbaba sobre mí, pulsando dentro.
Acto final, el afterglow que sella todo. Nos quedamos enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose, corazones galopando al unísono. Su dedo trazaba círculos perezosos en mi vientre, besos suaves en mi nuca. Olía a nosotros, a esa pureza cruda del deseo satisfecho. Neta, esto fue lo mejor del 2020, murmuré, riendo bajito. Él me apretó contra su pecho ancho, Y apenas empieza, mi reina. Afuera, la ciudad murmuraba con bocinas lejanas y risas de vecinos, pero adentro, en nuestra burbuja, reinaba la paz del alma colmada.
Me quedé pensando en cómo un año de mierda nos regaló esto: pura pasión 2020, sin filtros, sin máscaras más que las que nos quitamos en la cama. Marco se durmió ronrando suave, y yo, con su brazo como almohada, sonreí al techo. Mañana sería otro día de zoom y desmadre, pero esta noche, éramos invencibles, dos cuerpos fundidos en éxtasis eterno.