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Abismos de Pasión Reparto Secreto

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Abismos de Pasión Reparto Secreto

El set de Abismos de Pasión bullía de vida esa tarde en los estudios de Televisa. Las luces calientes lamían cada rincón, el olor a café recién molido se mezclaba con el perfume dulzón de las maquilladoras y el sudor leve de los extras. Yo, Damaris, la protagonista que interpretaba a la villana seductora, ajustaba mi escote en el vestido rojo ceñido que hacía resaltar mis curvas. Frente a mí, él: Rodrigo, el galán del reparto, con esa sonrisa pícara que volvía locas a las fans. Sus ojos cafés profundos me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya estuviéramos solos.

Órale, güey, ¿por qué me mira así? ¿Será que en la vida real también quiere probar estos abismos de pasión del reparto? pensé, mientras el director gritaba "¡Acción!". En la escena, mi personaje lo provocaba con palabras venenosas y roces accidentales. Pero cada vez que mi mano rozaba su pecho firme bajo la camisa, el pulso se me aceleraba de verdad. Su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a menta y hombre, me erizaba la nuca. "Eres una diosa, Damaris", murmuró bajito, fuera de guion. Mi cuerpo respondió con un calor traicionero entre las piernas.

Al corte, el equipo aplaudió, pero nosotros nos quedamos pegados un segundo de más. Sus dedos se demoraron en mi cintura, apretando suave. "Neta, eso se sintió chido", le dije, mordiéndome el labio. Él rio, esa risa ronca que vibraba en mi pecho. "Imagínate sin cámaras, princesa". El deseo inicial era como una chispa, pero ya ardía.

La filmación se extendió hasta la noche. En el camerino compartido del reparto principal, el aire estaba cargado de promesas. Me quité el vestido, quedando en lencería negra que abrazaba mis senos plenos y mis caderas anchas. Rodrigo entró sin tocar, con una toalla alrededor de la cintura después de la ducha. Gotas de agua resbalaban por su torso esculpido, músculos que olían a jabón y testosterona.

"¿Interrumpo algo, carnala?"
preguntó, con voz grave, ojos devorándome.

Me acerqué, sintiendo el calor de su piel antes de tocarlo. Esto es el abismo, el verdadero abismo de pasión que el reparto esconde, me dije. Mis uñas rozaron su abdomen, bajando lento hasta la toalla que se tensaba. "Ven, pendejo, enséñame qué tan galán eres sin libreto". Él me jaló contra él, nuestros cuerpos chocando con un slap suave de piel húmeda contra piel seca. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a deseo salado. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su cabello negro húmedo.

Me levantó como si no pesara nada, sentándome en el tocador. El espejo reflejaba nuestra urgencia: mis pechos subiendo y bajando, sus manos expertas desabrochando mi sostén. Lo dejó caer, y sus labios bajaron a mis pezones, chupando con succión que mandaba descargas directas a mi clítoris. ¡Qué rico, cabrón! Cada lamida es fuego. Arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con su aroma masculino. Sus dedos se colaron en mi tanga, encontrándome empapada. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, nena?", gruñó, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde dolía de placer.

Yo no me quedé atrás. Bajé su toalla, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La envolví con mi mano, masturbándolo lento mientras él me follaba con los dedos. El sonido húmedo de mi coño tragándoselos llenaba el camerino, junto a nuestros jadeos. "Más rápido, Rodrigo, no pares". Él aceleró, su pulgar frotando mi botón hinchado. El orgasmo me golpeó como ola, convulsionando, gritando su nombre mientras el mundo se nublaba en blanco.

Pero no era el fin. Me bajó del tocador, volteándome contra el espejo. Vi mi cara sonrojada, labios hinchados, y a él detrás, alineando su polla con mi entrada. Entra ya, amor, lléname en estos abismos de pasión del reparto. Empujó despacio al principio, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada centímetro grueso invadiéndome. "¡Qué apretadita estás, Damaris! Neta, eres perfecta". Empezó a bombear, manos en mis caderas, piel contra piel slap-slap-slap rítmico. El espejo temblaba, reflejando sus bolas golpeando mi clítoris.

Cambié el ritmo, empujando contra él, mis tetas rebotando. Sudor corría por nuestras espaldas, el aire espeso con olor a sexo crudo. Me volteó de nuevo, piernas alrededor de su cintura, follándome contra la pared. Sus embestidas profundas tocaban mi cervix, placer punzante.

"Te quiero toda la noche, güey. Esto es nuestro secreto del reparto"
, jadeó en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Yo clavé uñas en su espalda, arañando leve, marcándolo mío.

El clímax se acercaba otra vez. "Ven conmigo, Rodrigo, córrete adentro". Él gruñó animal, acelerando hasta que explotamos juntos. Su semen caliente llenándome, pulsos sincronizados, mis paredes ordeñándolo. Colapsamos en el sofá del camerino, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. Su mano acariciaba mi vientre suave, besos tiernos en mi frente.

Después, en la penumbra, con el eco de la música del set lejano, reflexioné. Los abismos de pasión del reparto no son solo ficción. Son reales, ardientes, y ahora míos. Rodrigo me abrazó más fuerte. "Esto apenas empieza, mi reina. Mañana, otra toma privada". Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo saciado pero ya ansiando más. En el mundo de las telenovelas, el verdadero drama era este placer prohibido, consensuado, empoderador. Y qué chido era caer en él.

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