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Marco Antonio Solís Despierta la Pasión de Vega

6771 palabras

Marco Antonio Solís Despierta la Pasión de Vega

La noche en el bar de la colonia Roma estaba cargada de ese calor pegajoso que solo el DF sabe regalar en verano. El aire olía a mezcal ahumado, a cigarros clandestinos y a pieles sudadas bailando cumbia rebajada. Yo, Vega, me recargaba en la barra con un michelada en la mano, el limón mordiéndome la lengua y el chile picándome la nariz. Neta, qué chido lugar, pensé, mientras mis ojos recorrían el gentío. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el escote dejando ver el brillo de mi piel morena bajo las luces neón.

De repente, la rola cambió. El DJ soltó Marco Antonio Solís, esa voz ronca que me eriza la piel cada vez. "Si no te hubieras ido", cantaba, y yo cerré los ojos, sintiendo cómo el ritmo me subía por las piernas como una caricia lenta. Ahí fue cuando lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que prometía pecados. Se acercó bailando, su camisa blanca abierta un par de botones, dejando ver el vello oscuro en su pecho. Olía a colonia barata mezclada con hombre de verdad, a sudor fresco.

Órale, preciosa, ¿te late esta rola? —me dijo, su voz grave como la de Marco Antonio Solís en sus baladas más calientes.

Me reí, el corazón latiéndome fuerte. —Sí, wey, me prende un chorro. ¿Bailamos?

Sus manos en mi cintura fueron fuego puro. Tocábamos piel con piel, el roce de sus dedos ásperos contra mi espalda desnuda enviando chispas directo a mi entrepierna. Bailamos pegaditos, sus caderas moviéndose contra las mías, el bulto en sus jeans rozándome apenas.

¡Ay, cabrón, este tipo me va a volver loca!
pensé, mientras su aliento caliente me cosquilleaba el cuello. Hablamos de música, de cómo Marco Antonio Solís canta el desamor como si te estuviera susurrando al oído. Él se llamaba Alex, pero juraba que su ídolo era el rey de la ranchera romántica.

La tensión crecía con cada canción. Salimos del bar, el aire nocturno fresco contrastando con el calor entre nosotros. Caminamos hasta su depa en la Condesa, riéndonos de pendejadas, sus dedos entrelazados con los míos. Al entrar, prendió una vela que olía a vainilla y jazmín, y puso play a un disco viejo de Marco Antonio Solís. "Pasión Vega", se llamaba la rola, una balada inédita que encontré en su colección, con letras que hablaban de cuerpos enredados y suspiros prohibidos. Qué coincidencia, mi nombre y esa pasión, murmuré.

Acto uno del deseo: nos sentamos en el sillón de cuero gastado, que crujía bajo nuestro peso. Él me jaló a su regazo, sus labios rozando los míos en un beso suave al principio, probando, como si temiera romperme. Sabía a tequila y a menta, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Mis manos bajaron por su pecho, sintiendo los músculos tensos, el latido acelerado de su corazón bajo mi palma. Esto es lo que necesitaba, un hombre que sepa de pasión de verdad, pensé, mientras él me quitaba el vestido despacio, sus ojos devorando cada centímetro de mi cuerpo desnudo.

Mi piel erizada bajo su mirada, los pezones endureciéndose al aire. Él gimió bajito, —Estás cañona, Vega, como salida de una rola de Solís. Me cargó a la cama, las sábanas frescas oliendo a lavanda. Ahí empezó el verdadero fuego. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se secaban con mi aliento agitado. Lamía mi clavícula, bajando hasta mis chichis, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era un rayo, directo a mi clítoris que palpitaba ya mojado.

Yo no me quedaba atrás. Le arranqué la camisa, mis uñas arañando su espalda, oliendo su sudor salado que me volvía loca. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La apreté, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. —Qué rica verga, carnal —le susurré, lamiendo la punta, saboreando el precum salado y dulce. Él gruñó, sus caderas empujando, follándome la boca despacio mientras Marco Antonio Solís cantaba de fondo sobre amores intensos.

El medio acto se armó con pura intensidad. Me volteó boca abajo, sus manos amasando mi culo redondo, separando las nalgas para besar mi raja, su lengua hundiéndose en mi concha empapada. ¡Madre mía, qué chingón! El sonido chapoteante de su boca chupándome, el olor almizclado de mi excitación llenando la habitación. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, rogando por más. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, frotando mi punto G mientras su pulgar jugaba con mi ano. El orgasmo me agarró de sorpresa, olas de placer sacudiéndome, mis jugos chorreando por sus dedos.

Pero no paró. Me puso de rodillas, su verga presionando mi entrada, resbaladiza y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. —¡Sí, cabrón, así! —grité, mientras él embestía rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos y la voz de Solís. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas. Él se sentó, mamándome los pezones mientras yo lo montaba duro, mis paredes apretándolo, ordeñándolo.

La tensión psicológica era brutal. En mi mente, flashes de Marco Antonio Solís pasión Vega, como si la rola hablara de nosotros, de esta entrega total.

Esto es pasión de la buena, la que te quema el alma
, pensé, mientras él me volteaba de nuevo, follándome de lado, una pierna en alto, su mano frotando mi clítoris hinchado. Sudor goteando de su frente a mi pecho, olor a sexo puro, a deseo mexicano crudo.

El clímax llegó como tormenta. Él aceleró, gruñendo mi nombre, —Vega, me vengo, ¡chíngame! —Sus embestidas se volvieron salvajes, mi concha convulsionando alrededor de su verga. Explotamos juntos, su leche caliente llenándome, chorros y chorros mientras yo gritaba, el placer cegándome, piernas temblando, uñas clavadas en su espalda. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.

El afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos enredados, su verga ablandándose dentro de mí, nuestros fluidos mezclados goteando. Besos suaves, risas cansadas. —Neta, eso fue como una rola de Marco Antonio Solís, pura pasión —dijo él, acariciando mi pelo. Yo sonreí, oliendo su piel, sintiendo la paz post-sexo. La vela parpadeaba, la música seguía bajita, y supe que esta noche había despertado algo en mí, una pasión Vega eterna, al ritmo del rey ranchero.

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