Cañaveral de Pasiones Capítulo 10 Fuego Bajo las Cañas
El sol se ponía sobre el cañaveral de pasiones, tiñendo las altas cañas de un naranja ardiente que parecía lamer el cielo veracruzano. Yo, Luisa, caminaba entre ellas con el corazón latiéndome como tambor de son jarocho. Hacía semanas que no veía a Javier, mi amor prohibido, el capataz que manejaba estos campos con la misma maestría con que me volvía loca en la cama. Este era el capítulo 10 de nuestra historia, y neta, cada encuentro era más intenso que el anterior.
El aire estaba cargado de ese olor dulce y terroso de la caña recién cortada, mezclado con la humedad que subía del suelo. Mis chancletas se hundían en el lodo blando, y cada paso hacía crujir las hojas secas bajo mis pies. Llevaba un huipil ligero, sin nada debajo, porque sabía que él me esperaba. ¿Y si hoy me entrega todo lo que he soñado? pensé, mientras un escalofrío me recorría la espina dorsal.
De repente, un susurro entre las cañas: "Luisa, mi reina, ¿dónde andas, chula?" Su voz grave, con ese acento ranchero que me derretía, me erizó la piel. Me detuve, el pulso acelerado, y lo vi emergiendo como un jaguar, camisa abierta dejando ver su pecho moreno y sudoroso, pantalón ajustado marcando lo que ya me tenía mojadita.
—¡Javier, pendejo! —le dije riendo, pero con la voz temblorosa—. Me asustaste, wey. ¿Qué no sabes que estos cañaveral de pasiones son peligrosos de noche?
Él se acercó lento, sus ojos negros clavados en los míos, y me tomó de la cintura con manos callosas que olían a tierra y sudor. Qué rico su toque, áspero pero tierno, como si supiera exactamente dónde presionar para hacerme jadear.
¡Órale, Luisa, no seas mensa! Este hombre te come con la mirada y tú aquí fingiendo.
Nos besamos ahí mismo, bajo el crepúsculo. Sus labios gruesos sabían a caña mascada y tequila, dulce y picante. Su lengua invadió mi boca con hambre, y yo le respondí chupándola como si fuera su verga. Gemí bajito cuando sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas fuerte, levantándome el huipil para sentir mi piel desnuda.
—Te extrañé, mi vida —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible—. Cada noche sueño con tu panocha chorreando por mí.
Lo empujé contra un tallo grueso de caña, que crujió pero aguantó. Le desabroché el pantalón con dedos temblorosos, y ¡madre mía!, su verga saltó libre, dura como tronco, venosa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor quemante, el pulso latiendo contra mi palma. Olía a hombre puro, a deseo acumulado.
Caímos de rodillas en el suelo mullido, rodeados de cañas que susurraban con la brisa como testigos mudos. Él me quitó el huipil de un jalón, exponiendo mis chichis firmes al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante con su lengua, lamiendo círculos húmedos que me hicieron arquear la espalda. El sonido de su chupada, succionando fuerte, era obsceno y delicioso, como música prohibida en este cañaveral de pasiones.
—¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —supliqué, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto.
Él bajó más, besando mi vientre suave, hasta llegar a mi concha depilada que ya goteaba jugos calientes. El olor de mi excitación se mezcló con el dulzor de la caña, embriagador. Separó mis labios con los dedos, exponiendo mi clítoris hinchado, y sopló suave, haciendo que mis caderas se alzaran solas.
¡Esto es el paraíso, neta! Su aliento caliente me va a matar.
Su lengua atacó entonces, plana y ancha, lamiendo desde mi ano hasta el botón, chupándolo como caramelo. Gemí alto, el sonido rebotando en las cañas, mientras mis jugos le empapaban la cara. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, bombeando lento al principio, luego más rápido. Mi cuerpo temblaba, los muslos apretándole la cabeza, el sudor perlando mi piel.
—¡Chíngame con la lengua, amor! ¡Más profundo! —grité, perdida en el placer.
El clímax me golpeó como tormenta tropical, olas de fuego desde mi centro explotando en cada nervio. Grité su nombre, convulsionando, mientras él lamía sin piedad, bebiendo mi corrida como néctar.
Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, el lodo fresco besando mis tetas, y se colocó atrás. Su verga rozó mi entrada, resbalosa y lista. Empujó de una, llenándome hasta el fondo con un gruñido animal. ¡Qué estirada tan rica! Sentí cada vena frotando mis paredes, su pubis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas.
—Eres tan apretada, mi reina... te voy a romper de gusto —jadeó, agarrándome las caderas.
Follamos como posesos, el ritmo acelerando con cada embestida. El sonido de carne contra carne, chapoteante por mis jugos, se mezclaba con nuestros gemidos y el viento en las cañas. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis chichis botando mientras rebotaba en su pija dura. Él pellizcaba mis pezones, tirando suave, enviando chispas directas a mi clítoris.
Lo volteé a cuatro patas, montándolo reverso, sintiendo sus bolas peludas golpear mi trasero. ¡Qué huevos tan pesados, llenos de leche para mí! Me frotaba el clítoris yo misma, círculos rápidos, mientras él me azotaba las nalgas con cariño, rojo fuego en mi piel morena.
¡No aguanto más, Javier! Dame todo, lléname...
El segundo orgasmo me destrozó, contrayéndome alrededor de su verga como puño. Él rugió, clavándome profundo, y sentí su corrida caliente inundándome, chorro tras chorro, mezclándose con mis jugos y goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor, semen y tierra.
Yacimos ahí, en el regazo del cañaveral de pasiones capítulo 10, con la luna saliendo como testigo plateado. Javier me acariciaba el cabello, besándome la frente.
—Te amo, Luisa. Esto no acaba aquí, ¿eh? Mañana volvemos por más.
Sonreí, sintiendo su semen aún tibio dentro de mí, un recordatorio delicioso. Este cañaveral es nuestro templo, pensé, mientras el viento nos arrullaba. La pasión no se apaga; solo crece, como la caña que nos rodea, eterna y dulce.