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Grupo Laberinto Pa Que Son Pasiones

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Grupo Laberinto Pa Que Son Pasiones

Entré al Grupo Laberinto con el corazón latiéndome a todo lo que daba, como si el bajo de la música ya me estuviera vibrando en el pecho. Era esa noche en la que la ciudad se sentía viva, con el aire cargado de promesas y ese olor a tequila reposado mezclado con perfume caro. El club estaba en el corazón de Polanco, un lugar discreto para quienes saben que pa que son pasiones si no es pa' dejarse llevar. Luces tenues bailaban sobre cuerpos que se movían al ritmo de banda grupera, pero con un twist sensual que hacía que todo pareciera un sueño húmedo.

Yo, Ana, llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, sintiendo cada roce de la tela contra mis muslos mientras caminaba. Mi carnal, Marco, me tomaba de la mano, sus dedos fuertes entrelazados con los míos, y sus ojos brillaban con esa picardía que me volvía loca. Habíamos oído hablar del Grupo Laberinto por unos amigos que juraban que ahí las pasiones se desataban sin freno.

"Pa que son pasiones si no pa' compartirlas"
, me había dicho mi cuate antes de venir, y neta, esas palabras me traían revuelta por dentro.

Nos acomodamos en una mesa VIP, rodeados de velas que parpadeaban y un sonido envolvente de trompetas y acordeón que hacía que el piso vibrara bajo mis tacones. Marco me acercó una copa de mezcal ahumado, el cristal frío contra mis labios, y el líquido quemándome la garganta con ese sabor terroso que me erizaba la piel. Qué chido estar aquí, pensé, mientras veía a la gente: morras con escotes profundos, vatos con camisas abiertas mostrando pechos tatuados, todos moviéndose como si el mundo se acabara esa noche.

De pronto, se acercó él. Se llamaba Luis, un moreno alto con ojos que te desnudaban sin tocarte. Llevaba una playera del Grupo Laberinto, ajustada a sus músculos, y olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me hizo apretar las piernas. "¿Vienen por primera vez?", preguntó con voz grave, sentándose a nuestro lado sin pedir permiso. Marco sonrió, yo sentí un cosquilleo en el estómago. Hablamos de la música, de cómo la banda que sonaba justo entonces tenía un tema que repetía pa que son pasiones, y Luis soltó una risa ronca que me recorrió la espina.

La conversación fluyó como el mezcal, caliente y embriagadora. Luis nos contó que él y sus carnales organizaban noches especiales ahí, donde todo era consensual, puro placer compartido. ¿Grupo como en orgía?, pensé, pero su mirada era honesta, empoderadora. Marco me miró, y en su gesto vi el deseo mutuo. Bailamos los tres, sus manos en mi cintura, el calor de su cuerpo presionando contra el mío mientras Marco me besaba el cuello desde atrás. El aire estaba cargado de feromonas, olor a piel caliente y deseo, el sonido de risas y gemidos lejanos mezclándose con la música.

Más tensión. En el baño privado, Luis me acorraló contra la pared de mármol frío, sus labios rozando los míos. Sabe a menta y tequila, pensé, mientras mi lengua exploraba su boca. Marco entró, cerrando la puerta, y en lugar de celos, vi fuego en sus ojos. "¿Quieres?", me susurró al oído, su aliento cálido. Asentí, empoderada, sintiendo mi centro humedecerse. Bajamos a una habitación secreta del laberinto, paredes rojas con espejos que reflejaban cada ángulo, colchón king size cubierto de sábanas de satén negro.

Allí estaban sus amigos: Carla, una morra despampanante con curvas de infarto y pelo negro largo, y Diego, su pareja, un vato fibroso con sonrisa pícara. Todos adultos, todos en sintonía.

Neta, pa que son pasiones si no es pa' esto
, dijo Carla riendo, mientras se quitaba el top revelando pechos firmes coronados de pezones oscuros que pedían atención. El cuarto olía a vainilla y excitación, el aire pesado con el aroma almizclado de sexos listos.

Empecé con Marco, siempre fiel. Me arrodillé frente a él, desabrochando su jeans con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, latiendo contra mi mejilla. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, mientras él gemía "Qué rico, mi reina". Luis se acercó por detrás, levantando mi vestido, sus dedos callosos rozando mis nalgas antes de deslizarse entre mis piernas. Estoy chorreando, pensé, arqueándome cuando encontró mi clítoris hinchado.

Carla se unió, besando mis tetas, succionando un pezón con labios suaves y lengua experta que me hacía jadear. Diego observaba, masturbándose lento, su polla erecta brillando con precum. El sonido de succiones húmedas, respiraciones agitadas y la música filtrándose desde arriba creaban un caos sensorial perfecto. Marco me penetró la boca profunda, follándome la garganta con cuidado, mientras Luis introducía dos dedos en mi coño empapado, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

La intensidad subió. Me tumbaron en la cama, Marco debajo de mí, su verga abriéndose paso en mi interior con un estirón delicioso. Llena, tan llena, gemí, cabalgándolo mientras mis jugos chorreaban por sus bolas. Luis se posicionó atrás, untando lubricante frío en mi ano, masajeando hasta que cedí. Entró despacio, centímetro a centímetro, el ardor convirtiéndose en placer puro cuando sus caderas chocaron contra mis nalgas. "¡Qué apretada, carnala!", gruñó, y yo solo pude gritar de éxtasis.

Carla se sentó en la cara de Marco, él lamiéndola con avidez, su clítoris palpitando contra su lengua. Diego follaba su boca, y yo, en el centro, sentía cada embestida sincronizada: Marco desde abajo golpeando mi G, Luis en mi culo estirándome al límite. Sudor nos cubría, pieles resbaladizas chocando con palmadas húmedas, olor a sexo crudo impregnando todo. Mis pechos rebotaban, pezones duros rozando el aire, y mis uñas se clavaban en los hombros de Marco.

El clímax se acercaba como una ola. No aguanto más, pensé, mi cuerpo temblando. Luis aceleró, sus bolas golpeando mis nalgas, Marco hinchándose dentro de mí. Carla gritó primero, convulsionando sobre Marco, y eso nos disparó. Eyaculé alrededor de Marco, chorros calientes mojando sus muslos, mientras él se vaciaba en mi coño con rugidos guturales. Luis se corrió en mi culo, su semen caliente llenándome, y Diego pintó la cara de Carla con chorros espesos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El afterglow era puro, pieles pegajosas besándose suaves, risas compartidas. Marco me acarició el pelo, "Te amo, mi amor", y yo sonreí, sintiéndome reina del laberinto. Luis y los demás nos ofrecieron toallitas tibias, besos tiernos, todo con respeto y cariño.

Salimos del Grupo Laberinto al amanecer, el cielo rosado besando la ciudad. Caminamos de la mano, mi cuerpo aún zumbando con ecos de placer.

Pa que son pasiones
, pensé, si no es pa' momentos como este, pa' conectar almas y cuerpos en un baile eterno. Neta, volveremos. El laberinto nos había cambiado, nos había liberado.

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