Novela El Color de la Pasion Desnuda
Valeria se recostó en el sillón de su departamento en la Condesa, con el control remoto en la mano y una cerveza fría sudando en el aire cálido de la noche mexicana. La pantalla del tele brillaba con las luces dramáticas de Novela El Color de la Pasion, esa telenovela que la tenía clavada todas las tardes. Los protagonistas, él con su mirada de galán ranchero y ella con curvas que gritaban deseo, se miraban como si el mundo se acabara en ese instante. El corazón de Valeria latió más rápido cuando él la tomó por la cintura, sus labios rozándose en un beso que prometía tormentas.
Órale, qué chido sería tener un hombre así, pensó, mientras un calor traicionero subía por su vientre. El olor a tortillas calentándose en la cocina vecina se colaba por la ventana abierta, mezclado con el jazmín del jardín abajo. Tenía veintiocho años, soltera por elección, pero esa noche la novela la había puesto en calentura. Se mordió el labio, imaginando manos fuertes en su piel morena, el roce áspero de una barba incipiente.
El timbre sonó como un trueno inesperado. Valeria se levantó de un salto, ajustándose la blusa holgada que dejaba ver el encaje negro de su sostén. Abrió la puerta y ahí estaba Pablo, su vecino del piso de arriba, con una sonrisa pícara y una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Treinta años, mecánico de motos, con tatuajes que asomaban por las mangas y un olor a jabón fresco y gasolina que la mareaba.
—Wey, ¿tienes sal? Se me acabó y estoy haciendo unos tacos —dijo él, con esa voz grave que parecía salida de una ranchera.
Valeria sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Pásale, carnal. Justo estoy viendo Novela El Color de la Pasion. ¿La has visto? Está padísima esa escena.
Pablo entró, sus ojos recorriéndola sin disimulo. —Neta? Esa novela me tiene enganchado. Esa morra, Rebeca, es fuego puro. —Se sentó a su lado en el sillón, tan cerca que sus muslos se rozaron. El calor de su cuerpo la envolvió como una manta pesada.
En la tele, los amantes se besaban con furia, las manos explorando curvas bajo la luz de velas. Valeria tragó saliva, el aire cargado de tensión. Pablo giró la cabeza hacia ella, sus ojos oscuros brillando. —¿Sabes qué, Val? Tú sales más prieta que esa Rebeca.
El corazón de Valeria galopó.
¿Y si le digo que sí? ¿Y si dejo que pase lo que tiene que pasar?La désir se enredaba en su pecho como humo de carbón.
La segunda cerveza fluyó, las risas se volvieron susurros. Pablo le contó de su último viaje a la playa en Puerto Vallarta, el sol quemando la piel, el mar salado lamiendo los pies. Valeria lo escuchaba, pero su mente volaba a fantasías: su boca en su cuello, sus dedos desabotonando su blusa. El roce accidental de su mano en su rodilla la hizo jadear bajito.
—¿Qué te pasa, wey? —preguntó él, pero su voz era ronca, cargada de promesas.
—Tú me traes loca, Pablo. Como en la novela esa, El Color de la Pasion. Todo rojo, ardiente. —Se inclinó, sus labios a centímetros de los suyos. Él no esperó más; la besó con hambre, su lengua invadiendo su boca como una ola caliente. Sabía a cerveza y a menta, un sabor que la hizo gemir contra su piel.
Las manos de Pablo subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría. Valeria sintió el aire fresco en sus pechos liberados, los pezones endureciéndose al instante. Él los miró con adoración, bajando la cabeza para lamer uno, succionando suave al principio, luego con más fuerza. Qué rico, pensó ella, arqueando la espalda. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida.
Valeria lo empujó al sillón, montándose a horcajadas. Sus caderas se mecían contra la dureza que crecía bajo sus jeans. —Quítatelos, pendejo —susurró juguetona, mordiéndole la oreja. Pablo obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta. El olor almizclado de su excitación la golpeó como un afrodisíaco, haciendo que su concha palpitara de necesidad.
Ella se arrodilló, el piso fresco contra sus rodillas. Tomó su miembro en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Lo lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su piel. Pablo gruñó, enredando los dedos en su cabello negro. —Mamacita, qué chingón te chupas la verga. Valeria aceleró, succionando profundo, la saliva resbalando por su barbilla. El sabor era puro vicio, terroso y dulce.
Pero quería más. Se levantó, quitándose la falda y las tangas empapadas. Su concha brillaba, hinchada y lista. Pablo la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama. El colchón crujió bajo ellos. Él la tendió, besando su vientre, bajando hasta su monte de Venus. Su lengua encontró su clítoris, lamiendo en círculos lentos. Valeria jadeó, las caderas elevándose. ¡Ay, Dios! El calor de su boca, el roce áspero de su barba en mis labios...
Esto es mejor que cualquier novela, neta. El color de la pasión es este sudor, estos gemidos.
Los dedos de Pablo se hundieron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de su humedad era obsceno, delicioso. Valeria se retorcía, oliendo su propio aroma dulce y salado mezclado con el de él. —Cójeme ya, wey. No aguanto —suplicó.
Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con placer doloroso. Ambos gimieron al unísono. El calor de su interior lo envolvió como terciopelo húmedo. Pablo empezó a moverse, embestidas profundas y lentas que subían el ritmo. La cama golpeaba la pared, un tambor primitivo. Valeria clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos, el sudor resbalando como perlas.
—Más fuerte, cabrón —exigió ella, empoderada en su deseo. Él obedeció, follándola con furia, sus pelvis chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Valeria sintió el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta el pecho. Gritó su nombre cuando explotó, contrayéndose alrededor de él, jugos calientes empapando las sábanas.
Pablo la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes. Colapsaron juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa. El silencio post-sexo era roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el zumbido del ventilador.
Valeria trazó círculos en su pecho, oliendo el jazmín mezclado con su esencia. —Esto fue como en la novela, pero mejor. El color de la pasión es el nuestro, Pablo.
Él la besó la frente, suave. —Neta, Val. Y apenas empieza el capítulo dos.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con la tele aún murmurando dramas lejanos. Mañana sería otro día en la Condesa, pero esa noche, su pasión había pintado el mundo de rojo vivo.