Jesús en la Pasión Carnal de Cristo
Era Semana Santa en mi pueblo de Guanajuato, y el sol pegaba como diablo en las calles empedradas. Yo, María, de veintiocho pirulos bien puestas, había llegado de la ciudad pa' ver las procesiones. Neta, cada año me jalaba esa vibra mística, con velas, incienso y todos vestidos de morados. Pero este año, algo andaba diferente. En la plaza principal armaban el teatro de Jesus en la Pasión de Cristo, la obra que todos esperábamos. Me acomodé entre la multitud, con el olor a elotes asados y churros flotando en el aire, el sudor de la gente mezclándose con el aroma dulce de las flores de bugambilia.
Ahí lo vi. El actor que hacía de Jesús. Alto, moreno, con ojos cafés que traspasaban el alma, y un cuerpo esculpido que ni el sargazo del mar Caribe. Cuando lo cargaron en la cruz falsa, con el sudor chorreando por su pecho lampiño, sentí un cosquilleo entre las piernas. ¿Qué chingados me pasa? pensé, apretando las muslos. Su voz grave retumbaba: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". El público lloriqueaba, pero yo... yo imaginaba esas manos clavadas tocándome, esa corona de espinas rozando mi piel mientras me besaba el cuello.
La obra terminó con aplausos y llantos. Me quedé atrás, fingiendo ajustar mi rebozo. Él se quitó la peluca y la barba postiza, sacudiéndose el polvo. Se llamaba Alejandro, me enteré después, actor de Guadalajara que andaba de gira. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió con picardía, como si supiera lo que me bullía adentro.
Ven, acércate, me dijo bajito, mientras la gente se dispersaba. Caminamos hacia el callejón detrás de la iglesia, el eco de las campanas marcando el ritmo de mi corazón acelerado.
—Órale, güey, ¿no te da cosa hacer de Jesús? —le pregunté, riéndome nerviosa, oliendo su sudor mezclado con colonia barata y tierra santa.
—Nah, es puro teatro. Pero verte ahí, con esa falda que se te sube un poquito... me prendiste, carnala.
Su mano rozó mi brazo, áspera por las cuerdas de la obra. Un escalofrío me recorrió la espina. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron como tormenta. Sabía a sal y a vino de la comunión falsa que usaban en la escena. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando mis caderas anchas, mexicanas puras. Esto es pecado, pero qué rico pecado, me dije, mientras su lengua exploraba mi boca, húmeda y caliente.
Acto segundo: la escalada. Nos metimos a un cuarto improvisado detrás del escenario, lleno de trajes y velas apagadas. El aire estaba cargado de incienso y nuestro deseo. Me quitó el rebozo despacio, besando mi cuello, mordisqueando la piel hasta que gemí bajito. "Ay, Jesús mío", susurré sin querer, y él se rió ronco.
—Llámame así, si quieres. Hoy soy tu Cristo personal.
Sus dedos desabrocharon mi blusa, liberando mis chichis turgentes. Las lamió con devoción, el calor de su boca haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras de río. Olía a su excitación, ese musk varonil que me mareaba. Me recargó contra la mesa de madera áspera, que crujió bajo nuestro peso. Bajó mi falda, sus uñas raspando mis muslos. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna, a través de la tela del pantalón ajustado que usaba pa' la obra.
Yo no me quedé atrás. Le bajé el cierre con dientes, sacando esa cosa gruesa, venosa, palpitante. Neta, más grande que mi ex pendejo. La chupé despacio, saboreando el precum salado, su gemido grave vibrando en mi garganta.
¡Carajo, qué chida boca tienes, María!Me jaló el pelo suave, guiándome, pero siempre preguntando con la mirada si seguía bien. Asentí, empoderada, controlando el ritmo.
La tensión crecía. Me paré, lo empujé al suelo sobre una manta raída. Me quité la tanga empapada, oliendo mi propia esencia dulce y almizclada. Me subí encima, rozando su verga contra mi concha mojada. Nuestros ojos se clavaron, como en la escena de la traición. Esto es mi pasion, mi entrega total. Despacio, lo dejé entrar, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité bajito cuando llegué al fondo, su grosor llenándome por completo.
Cabalgamos lento al principio, el slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su frente, como en la cruz. Aceleré, mis uñas clavándose en su pecho marcado con moretones falsos de la flagelación. Él me amasaba las nalgas, azotando suave, ¡zas! ¡zas!, el ardor subiendo la adrenalina.
Más fuerte, Cristo mío, dame tu pasión, le supliqué en la mente, y él lo leyó en mis ojos, embistiéndome desde abajo con fuerza animal.
El cuarto se llenaba de sonidos: mi concha chorreando, sus bolas golpeando mi culo, respiraciones entrecortadas. Olía a sexo puro, a velas derretidas y a nosotros. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en el estómago, mis músculos apretándolo. Él gruñó: Me vengo, güerita. Esperó mi señal, y exploté primero, temblando, contrayéndome alrededor de él, un grito ahogado escapando: ¡Sí, Jesús!
Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, pulsando, llenándome hasta rebosar. Colapsamos, piel pegajosa contra piel, corazones latiendo al unísono como tambores de fiesta patronal.
En el afterglow, yacíamos enredados, el aire fresco de la noche colándose por la ventana entreabierta. Me acariciaba el pelo, besando mi frente. ¿Fue solo la obra, o algo más? pensé, mientras su dedo trazaba círculos en mi espalda.
—Neta, Alejandro, esto fue como Jesus en la Pasión de Cristo, pero con final feliz.
Se rió, apretándome contra su pecho aún jadeante. —Tú eres mi redención, María. Mañana otra función, ¿vienes a verme sufrir de nuevo?
Sonreí, sabiendo que sí. La pasión no acababa ahí; era el comienzo de algo carnal y eterno. Salimos a la calle, mano en mano, bajo las estrellas y el eco lejano de las oraciones. Mi cuerpo zumbaba, satisfecho, empoderado. En ese momento, entendí la verdadera resurrección: la del deseo que renace una y otra vez.