Tierra de Pasiones Capitulo 1
El sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre la tierra de pasiones que se extendía ante mis ojos. Hacía años que no pisaba este rincón de México, la hacienda familiar en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a tierra húmeda, jazmín salvaje y un toque de humo de leña. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo citadino que me asfixiaba. Mi piel bronceada por el viaje en autobús aún picaba por el sudor, y el vestido ligero se pegaba a mis curvas como una promesa de lo que vendría.
Al bajar del camión, lo vi. Diego, el capataz de la hacienda, con su sombrero charro ladeado y una camisa blanca que se adhería a sus pectorales sudados. Era alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo el sol. Chingado, qué hombre, pensé, mientras mi corazón daba un brinco. Me acerqué, el polvo del camino crujiendo bajo mis sandalias.
—¡Bienvenida, Ana! —dijo con esa voz grave, ronca como el relincho de un caballo salvaje. Extendió su mano callosa, y al tocarla, una corriente eléctrica me recorrió el brazo. Su piel áspera contra la mía suave era como fuego y miel al mismo tiempo.
—Gracias, Diego. Ha pasado tanto tiempo —respondí, notando cómo su mirada se deslizaba por mi escote, deteniéndose en el valle entre mis senos. No era descaro, era hambre pura, y neta, me encantó.
Me llevó a la casa principal, un porche amplio con mecedoras de madera y hamacas tejidas. El olor a tortillas recién hechas y mole poblano flotaba desde la cocina, donde mi tía preparaba la comida. Nos sentamos en el patio, bebiendo agua de horchata fresca, helada y dulce en la lengua. Hablamos de la hacienda, de los caballos, de la lluvia que pronto vendría. Pero bajo las palabras, la tensión crecía. Cada vez que se reía, su pecho subía y bajaba, y yo imaginaba mis uñas arañando esa piel morena.
Esta es la tierra de pasiones, capítulo 1 de mi nueva vida aquí. ¿Cuánto resistiré antes de caer en sus brazos?
Al atardecer, el cielo se tiñó de naranjas y rojos, como si el sol se derritiera de placer. Diego me invitó a ver los establos. Caminamos juntos, el aire cálido envolviéndonos, cargado del aroma a heno fresco y estiércol seco. Sus botas resonaban en la tierra compacta, y yo sentía el roce accidental de su cadera contra la mía. Accidental mi culo, pensé, sonriendo para mis adentros.
En el establo, acaricié el hocico de un caballo negro, su pelaje suave y cálido bajo mis dedos. Diego se acercó por detrás, su aliento caliente en mi nuca.
—Se llama Rayo. Como tú, preciosa, con esa chispa en los ojos —murmuró, su voz un ronroneo que me erizó la piel.
Me giré, quedando atrapada entre él y la pared de madera. Nuestras caras a centímetros. Olía a hombre, a sudor limpio, a tierra y a deseo crudo. Sus labios se entreabrieron, y yo no pude más. Lo besé. Fue un beso hambriento, sus lenguas danzando con la mía, saboreando el dulzor de la horchata en su boca. Sus manos grandes bajaron a mi cintura, apretándome contra su dureza. ¡Ay, wey, qué verga tan dura! Mi coño se humedeció al instante, palpitando con necesidad.
—Ana, mi reina... ¿Estás segura? —preguntó, jadeando, sus ojos fijos en los míos. Asentí, empoderada, tomando el control.
—Más que nunca, carnal. Llévame adentro —le dije, mi voz ronca de lujuria.
Me cargó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo mi peso. Cruzamos el patio a paso rápido, el corazón latiéndome en la garganta. Entramos a su cuarto en los cuartos de la servidumbre, una habitación sencilla con cama grande, sábanas blancas y una ventana abierta al campo. Me depositó con gentileza, pero sus ojos ardían.
Nos desnudamos despacio, saboreando cada revelación. Su camisa voló, mostrando un torso esculpido por el trabajo duro, vello oscuro bajando hasta su abdomen marcado. Yo dejé caer mi vestido, quedando en bragas de encaje rojo. Él gruñó, arrodillándose para besar mi vientre, su barba incipiente raspando deliciosamente mi piel sensible.
—Qué chula estás, mamacita —dijo, mientras sus dedos enganchaban mis bragas y las bajaban. El aire fresco rozó mi monte de Venus depilado, y gemí cuando su lengua lamió mis labios mayores, probando mi néctar salado y dulce. ¡Madre santa, qué lengua tan hábil! Me abrió las piernas, chupando mi clítoris con succiones expertas, sus dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. El sonido de sus labios devorándome era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos y el zumbido de grillos afuera.
Lo empujé hacia la cama, queriendo devolvérselo. Su pantalón cayó, liberando su verga gruesa, venosa, coronada de un glande brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada, musgosa. Él gimió, —¡Chingada madre, Ana!, enredando sus dedos en mi cabello. La chupé profundo, mi garganta relajándose para tomarlo todo, el olor de su entrepierna volviéndome loca.
No aguantamos más. Me monté sobre él, guiando su polla a mi entrada empapada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Rico, qué rico! Nuestras pelvis chocaron, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras. El ritmo aceleró, el catre crujiendo, nuestros gemidos subiendo como una sinfonía erótica. Olía a sexo, a fluidos mezclados, a jazmín traído por la brisa.
—¡Más fuerte, Diego! ¡Dame todo! —grité, mis uñas clavándose en su pecho. Él embistió desde abajo, su verga golpeando mi cervix con precisión brutal pero placentera. La tensión creció, mi vientre contrayéndose, el orgasmo acercándose como una ola.
Explotamos juntos. Mi coño se apretó alrededor de él en espasmos, chorros de placer mojando sus bolas. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón calmarse. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El aire nocturno entraba fresco, oliendo a tierra mojada por la lluvia incipiente.
Esta tierra de pasiones, capítulo 1, acababa de escribirse en mi alma. ¿Qué vendrá en el siguiente? Solo el deseo lo sabe.
Nos besamos suave, saboreando el eco del placer. Aquí, en esta hacienda bendita, había encontrado mi fuego. Y sabía que esto era solo el principio.