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Pasión de Gavilanes Capítulo 168 Deseos Prohibidos

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Pasión de Gavilanes Capítulo 168 Deseos Prohibidos

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma a tierra húmeda y jazmines flotando en el aire cálido de Veracruz. Yo, Gabriela, estaba recostada en la hamaca del porche, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mí. El calor pegajoso me hacía sudar, y mi blusa de algodón se adhería a mis pechos como una segunda piel. En la tele del salón, sonaba la voz apasionada de los actores de Pasión de Gavilanes capítulo 168, esa escena donde los amantes se devoran con los ojos antes de caer en un torbellino de besos. Ay, cabrón, cómo me prendía esa novela. Mi cuerpo respondía solo, un cosquilleo traicionero entre las piernas, recordándome lo sola que estaba esa noche.

De repente, el motor de una camioneta retumbó en el camino de grava. Mi corazón dio un brinco. Era él, Diego, mi carnal secreto, el capataz de la finca vecina. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Bajó de un salto, su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me volvía loca. Qué chulo está el wey, pensé, mientras me incorporaba, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela fina.

—Gabriela, mi reina —dijo con esa voz ronca que olía a tequila y tabaco—. ¿Qué haces viendo esa pendejada de telenovela? Ven pa'cá, que te traigo algo mejor.

Me acerqué, el suelo de madera crujiendo bajo mis pies descalzos. Su olor me envolvió: sudor masculino mezclado con el cuero de su cinturón. Nuestras miradas chocaron como chispas. Recordé Pasión de Gavilanes capítulo 168, esa tensión entre los hermanos Reyes y las Jiménez, y supe que la nuestra era igual de ardiente, pero real, carnal, sin guion.

—Diego, no deberíamos... mi marido anda en la ciudad —susurré, pero mi mano ya traicionaba mis palabras, rozando su brazo duro como roble.

Él rio bajito, un sonido que vibró en mi vientre. —Al diablo con ese pendejo. Tú y yo sabemos lo que queremos, ¿verdad, mamacita?

Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento. Su lengua invadió mi boca, saboreando a sal y deseo. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda. El mundo se redujo a eso: su aliento caliente, el roce áspero de su barba en mi piel suave, el latido acelerado de su corazón contra mi pecho.

¡Dios mío, esto es mejor que cualquier capítulo de esa novela! Su verga ya se siente dura contra mi muslo, gruesa, lista para mí.

Acto primero: la chispa. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome adentro, al sofá de piel gastada. La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 168, pero ya no la veíamos. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco. Las lamió, chupó los pezones hasta que dolió de placer, haciendo que arquee la espalda. —Qué ricas estás, Gabriela. Como frutas maduras —murmuró, su aliento caliente en mi piel.

Yo no me quedaba atrás. Le arranqué la camisa, besando su pecho salado, bajando hasta el botón de sus jeans. Lo abrí con dientes, liberando su pinga tiesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su grosor. —Métemela ya, cabrón —le rogué, mi voz ronca de necesidad.

Pero Diego era un maestro del tormento dulce. Me quitó la falda, las bragas empapadas, y se arrodilló entre mis piernas. Su nariz rozó mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado. —Hueles a mujer en celo, mi amor —dijo antes de enterrar la lengua en mi panocha. Lamidas lentas, círculos en mi clítoris hinchado. El placer me recorrió como corriente eléctrica, mis caderas bailando contra su boca. Gemidos escapaban de mis labios, mezclándose con los diálogos dramáticos de la tele.

El calor subía, mi piel ardía. Sudor perló mi frente, goteando entre mis senos. Él sorbía mis jugos, introduciendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. No aguanto más, voy a explotar, pensé, agarrando su cabello negro.

Lo jalé arriba, besándolo para probarme en él. Nuestros cuerpos se frotaron, piel contra piel resbalosa. Su verga rozó mi entrada, untándose de mi humedad. —Dime que la quieres —gruñó en mi oído, mordisqueando el lóbulo.

—¡Sí, métela toda, Diego! Hazme tuya como en esa pinche novela.

Acto segundo: la escalada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Llenándome hasta el fondo. El dolor placentero me arrancó un grito ahogado. Nos quedamos quietos, jadeando, mirándonos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mi boca entreabierta. Luego, el ritmo empezó: lento al principio, sus caderas chocando contra las mías con un slap húmedo. El sofá crujía bajo nosotros, el ventilador zumbaba como testigo.

Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su culo firme. —Más fuerte, wey. Chingame como hombre. —Él obedeció, embistiendo con furia contenida. Cada golpe enviaba ondas de placer desde mi centro hasta las puntas de mis dedos. Mis uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos. Su sudor goteaba en mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Su pinga entró más profundo, tocando lugares que me volvían loca. Reboté sobre él, mis tetas saltando, su mirada devorándome. —¡Qué culazo tienes, Gabriela! Mírate, pura fuego.

El aroma a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor, nuestro jugo mezclado. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo. Él palpó mi clítoris con el pulgar, círculos rápidos. La tensión crecía, un nudo en mi vientre a punto de romperse. Esto es pasión de verdad, no como en Pasión de Gavilanes capítulo 168. Aquí no hay venganzas, solo puro deseo mutuo.

Lo volteé a cuatro patas, él detrás, agarrando mis caderas. Embestidas salvajes, su vientre slap-slap contra mi culo. Me jaló el cabello, arqueándome. —¡Ven conmigo, mi reina! —rugió.

El orgasmo me golpeó como ola gigante. Grité su nombre, mi panocha convulsionando, chorros de placer empapándolo. Él se hundió una última vez, gruñendo, llenándome con su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Acto tercero: el éxtasis. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semi-dura dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda.

—Eres lo mejor que me ha pasado, Gabriela —susurró, acariciando mi mejilla húmeda de lágrimas de placer.

Yo sonreí, trazando su mandíbula con el dedo. —Y tú mi Diego, mi gavilán. Olvida la novela, esto es nuestra historia.

Nos quedamos así, escuchando los grillos afuera, la tele apagada por fin. El corazón latiendo en sintonía, sabiendo que volveríamos por más. Esa noche, la pasión no era de ficción; era nuestra, eterna, ardiente como el trópico mexicano.

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