Pasión Capítulo 92 El Fuego Incontrolable
Sofía se recargaba en la baranda del balcón de su villa en la Riviera Maya, el sol del atardecer tiñendo el mar Caribe de un naranja ardiente. El aire salado le rozaba la piel como una caricia prohibida, y el rumor constante de las olas chocando contra la arena blanca le aceleraba el pulso. Hacía semanas que no veía a Alejandro, su carnal de toda la vida, ese güey que la volvía loca con solo una mirada. Vestía un vestido ligero de algodón mexicano, floreado y vaporoso, que se pegaba a sus curvas por la brisa húmeda. Sus pezones se endurecían bajo la tela fina, traicioneros, recordándole el vacío entre sus piernas.
¿Cuánto más voy a aguantar sin él? Este pinche deseo me está comiendo viva, como si cada ola fuera su lengua lamiéndome el alma.Pensaba Sofía, mordiéndose el labio inferior mientras olfateaba el aroma a coco de su loción, mezclado con el salitre del mar. La villa era un paraíso chido: piscina infinita, palmeras susurrando secretos, y en el fondo, el sonido lejano de mariachis de un restaurante cercano. Todo perfecto para su reencuentro, pero la espera la tenía al borde del colapso.
De pronto, oyó el motor de su camioneta Range Rover rugiendo por el camino empedrado. Su corazón dio un brinco, como un tamborazo en una fiesta de pueblo. Bajó corriendo las escaleras de madera, descalza, sintiendo la frescura del piso contra sus plantas. Ahí estaba él, saliendo del carro con esa sonrisa pícara, camisa blanca desabotonada dejando ver su pecho moreno y tatuado con un águila azteca. Alto, fornido, con ojos negros que prometían pecado.
—¡Órale, mi reina! —gruñó Alejandro, abriendo los brazos—. Te extrañé tanto que casi me exploto el pito en el camino.
Sofía rio, lanzándose a él. Sus cuerpos chocaron con un impacto eléctrico; sus tetas aplastadas contra el pecho duro de él, sus manos enredándose en su pelo revuelto. Lo besó con hambre, lenguas danzando como en una salsa candente, saboreando el leve gusto a menta de su chicle y el sudor fresco de su piel. Él la levantó en vilo, manos firmes en su culo redondo, apretándolo como si fuera suyo por derecho divino.
La llevó adentro, sin soltarla, besos mordiendo su cuello mientras ella gemía bajito. Qué rico huele, a hombre de verdad, a tierra mojada después de la lluvia, pensó ella, inhalando profundo su colonia con toques de sándalo mexicano.
En el salón amplio, con ventanales al mar, la depositó en el sofá de cuero suave. La luz crepuscular pintaba sus siluetas en tonos dorados. Alejandro se arrodilló frente a ella, subiendo el vestido por sus muslos suaves, besando cada centímetro expuesto. Sofía jadeaba, el corazón latiéndole en la garganta, mientras él separaba sus piernas con delicadeza.
—Déjame probarte, mija, estás empapada ya —murmuró él, voz ronca como tequila añejo.
Ella asintió, empoderada en su deseo, arqueando la espalda. Sus dedos se clavaron en el cuero cuando la lengua de Alejandro rozó su clítoris hinchado a través de las bragas de encaje. Un gemido gutural escapó de su boca, vibrando con el trueno lejano de una tormenta acercándose. Él las apartó con dientes juguetones, exponiendo su sexo depilado, reluciente de jugos. Lamidas lentas, circulares, saboreándola como un mango maduro, dulce y jugoso. Sofía olía su propia excitación, almizclada y embriagadora, mezclada con el aroma marino que entraba por las ventanas abiertas.
¡No mames, este pendejo sabe cómo volverme loca! Cada chupada es fuego puro, subiendo por mi espina como chiltepin.
La tensión crecía, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca experta. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gritó su nombre, Alejandro, cabrón, más, mientras él aceleraba, succionando con avidez. El sonido húmedo de su placer llenaba la habitación, sincronizado con las olas rompiendo afuera. Sus muslos temblaban, piel erizada por el roce de su barba incipiente, áspera y deliciosa.
Pero él se detuvo justo antes del clímax, sonriendo malicioso. —Todavía no, corazón. Quiero sentirte alrededor de mi verga primero.
Sofía lo jaló hacia arriba, desabrochando su pantalón con urgencia. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, palpitante, coronada de una gota perlada. La tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, oliendo a macho excitado. La masturbó despacio, viéndolo cerrar los ojos y gruñir, mientras ella lamía la punta, salada y adictiva.
Se pusieron de pie, vestidos cayendo al piso como hojas secas. Desnudos, piel contra piel, sudados ya por el calor tropical. Él la giró contra la pared de vidrio, el mar testigo de su pasión. Besos en la nuca, manos amasando sus tetas pesadas, pellizcando pezones oscuros hasta que dolía de placer. Sofía empujaba el culo contra su erección, sintiendo el calor irradiando.
—Métemela ya, pendejo, no aguanto —suplicó ella, voz quebrada.
Alejandro obedeció, embistiéndola de una vez, profundo y lleno. ¡Ay, cabrón! Gritó ella internamente, el estiramiento exquisito, paredes vaginales abrazándolo como guante. Ritmo lento al inicio, cada penetración un choque de caderas húmedas, slap-slap resonando. Él mordía su hombro, oliendo su cabello a jazmín, mientras ella arañaba el vidrio empañado por su aliento agitado.
La giró de nuevo, cara a cara, levantándola para que envolviera las piernas en su cintura. Follaron así, intensos, mirándose a los ojos. Sudor goteando entre sus pechos, salado al lamerlo él. Sus gemidos se mezclaban con el viento que arrecia, lluvia empezando a golpear los ventanales. Aceleraron, él golpeando su punto G sin piedad, ella clavando uñas en su espalda musculosa.
Esto es Pasión Capítulo 92, nuestro capítulo eterno de fuego y entrega. Cada embestida escribe nuestra historia en mi carne.Pensó Sofía, mientras el orgasmo la alcanzaba como tsunami, contracciones milking su polla, jugos chorreando por sus muslos. Alejandro rugió, llenándola de semen caliente, pulsos interminables, colapsando juntos en el sofá.
En el afterglow, yacían enredados, respiraciones calmándose al unísono con la lluvia torrencial afuera. Él besaba su frente, suave, mientras ella trazaba patrones en su pecho con uñas pintadas de rojo. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con tierra mojada del chaparrón. Sofía sonrió, saciada, poderosa en su feminidad.
—Eres mi vicio, güey —susurró ella, lamiendo una gota de sudor de su cuello—. Este capítulo fue épico.
—Y hay más por venir, mi Pasión Capítulo 92 —respondió él, riendo bajito, manos aún explorando su piel sensible.
La noche los envolvía, promesa de rondas infinitas, en su mundo de placer consensual y amor ardiente. El mar aplaudía, eterno testigo de su unión.