Música y Pasión La Maldita Vecindad
La noche en la vecindad bullía con ese ritmo que solo La Maldita Vecindad sabe meterte en las venas. Tú estabas en tu depa, tratando de concentrarte en un pinche libro, pero el sonido de las bocinas retumbaba desde el techo, donde vivía ese wey que te traía loca desde que te mudaste. Alejandro, el morro alto, de piel morena y brazos tatuados que se marcaban bajo su camiseta ajustada cada vez que lo veías cargando cajas o fumando en la azotea. Neta, cada vez que pasaba, sentías un cosquilleo en el estómago, como si el aire se cargara de electricidad.
El bajo de "Pachuco" te hacía vibrar las paredes. ¿Cuánto tiempo más vas a aguantar, cabrona? pensaste, mientras el sudor te perlaba la nuca por el calor de la noche mexicana. Te pusiste un short cortito y una blusa suelta, esa que deja ver el ombligo cuando te estiras, y subiste las escaleras de dos en dos. El olor a tacos de la taquería de la esquina se mezclaba con el humo de cigarro y algo más, un aroma masculino, terroso, que ya te ponía la piel de gallina.
Llamaste a la puerta, y cuando abrió, ahí estaba él, con el pelo revuelto, sonrisa pícara y una cerveza en la mano. "Órale, vecina, ¿qué onda? ¿Vienes a quejarme o a unirte a la fiesta?" dijo, con esa voz grave que te erizaba los vellos.
No seas pendeja, dile que baje la música, te dijiste, pero en cambio soltaste: "La música está chingona, pero no me deja dormir. ¿Me invitas a un trago?" Sus ojos te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en tus piernas, y sentiste el calor subirte por el pecho.
Entraste a su depa, un desmadre chido con posters de La Maldita Vecindad por todos lados, luces tenues y el estéreo tronando "Sol de México". El aire estaba cargado de ese olor a hombre sudado después de un día largo, mezclado con el dulzor de la cerveza y un toque de colonia barata que te volvía loca. Te dio una chela fría, y chocaron botellas. "Música y pasión, ¿no? Eso es lo que trae La Maldita Vecindad, wey", dijo él, acercándose un poco más de lo necesario.
Empezaron a platicar de la banda, de conciertos en el Vive Latino donde la gente se rozaba en el mosh pit, sudando y gritando. Tú sentías su aliento cálido en tu oreja cuando se inclinaba para subir el volumen, y accidentalmente –o no– su mano rozó tu cadera. Un escalofrío te recorrió la espina, y entre las piernas sentiste esa humedad traicionera que te hacía apretar los muslos.
¿Qué chingados estás haciendo? Esto es tu vecino, no un ligue de Tinderte gritó la voz en tu cabeza, pero tu cuerpo ya había decidido. Bailaron un rato, pegaditos al ritmo ska-punk, sus manos en tu cintura, tus tetas rozando su pecho firme. El sudor de su piel te humedecía la blusa, y olías su esencia, salada y adictiva, como el mar en Verano.
La tensión crecía con cada canción. "La Raíz de la Maldita Vecindad" sonaba ahora, y él te jaló más cerca, su verga ya dura presionando contra tu vientre. "Neta, desde que te vi mudándote, quería invitarte", murmuró, su aliento caliente en tu cuello. Tú no dijiste nada, solo giraste la cabeza y lo besaste. Sus labios eran suaves al principio, luego urgentes, con sabor a cerveza y deseo puro. Su lengua invadió tu boca, explorando, y gemiste bajito contra él.
Las manos de Alejandro bajaron a tus nalgas, apretándolas con fuerza, mientras tú le clavabas las uñas en la espalda. El ritmo de la música se sincronizaba con vuestros corazones latiendo a mil. Esto es música y pasión pura, como dice la rola, pensaste, mientras él te levantaba en brazos y te llevaba al sillón viejo pero cómodo.
Te quitó la blusa de un tirón, exponiendo tus pechos al aire fresco del ventilador. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Estás rica, vecinita", gruñó, y chupó un pezón con hambre, la lengua girando alrededor mientras su mano se colaba en tu short. Sentiste sus dedos gruesos rozando tu clítoris hinchado, y arqueaste la espalda, gimiendo fuerte. El olor a tu propia excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce, mezclado con el suyo.
Le bajaste el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La agarraste, sintiendo el calor y la dureza en tu palma, y la masturbaste despacio, oyendo sus jadeos roncos. "No mames, me vas a hacer acabar ya", dijo riendo, pero con voz temblorosa. Tú te arrodillaste, lamiendo la punta, saboreando el precum salado, mientras la música seguía tronando de fondo, el bajo vibrando en tu pecho como un segundo corazón.
Él te levantó, te quitó el short y las calzones de un jalón, y te abrió las piernas en el sillón. Su boca se hundió entre tus muslos, lamiendo tu panocha empapada con avidez. La lengua plana recorriendo tus labios, succionando el clítoris, dedos curvándose dentro de ti tocando ese punto que te hacía ver estrellas. ¡Chingado, qué bien come! gritaste en tu mente, mientras tus caderas se movían solas contra su cara, el jugo chorreando por sus barbillas.
No aguantaste más. "Córrele, Alejandro, métemela ya", suplicaste, voz ronca. Él se puso de pie, se colocó entre tus piernas y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. Gemiste largo, clavándole las uñas en los hombros.
Empezó a moverse, lento al principio, siguiendo el ritmo de "Mojado y Seco", embestidas profundas que te hacían jadear. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con la música, sus bolas golpeando tu culo. Sudor goteaba de su frente a tus tetas, y tú lo lamías, salado y caliente. Aceleró, follándote duro, tus paredes apretándolo como un puño. "¡Sí, así, cabrón! Más fuerte", gritabas, perdida en el placer.
Cambiaron de posición: tú encima, cabalgándolo como una amazona, tus caderas girando, sintiendo su verga tocar lo más hondo. Sus manos amasaban tus tetas, pellizcando pezones, mientras mirabas sus ojos, conectados en esa danza salvaje. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y embriagador. El clímax se acercaba, tus muslos temblando, el calor acumulándose en tu vientre.
Vente conmigo, pensaste, y él lo sintió. "Me vengo, nena", rugió, y tú explotaste primero, el orgasmo rompiéndote en oleadas, contrayéndote alrededor de él, jugos chorreando. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándote, gruñendo tu nombre.
Colapsaron juntos, jadeando, la música ahora bajita de fondo. Su piel pegada a la tuya, sudor enfriándose, corazones calmándose. Te besó la frente, suave. "Eso fue música y pasión de la buena, como La Maldita Vecindad", murmuró riendo.
Tú sonreíste, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón. Quizá esta vecindad no esté tan maldita después de todo, pensaste, mientras el afterglow te envolvía en paz tibia. La noche seguía, pero ahora con promesas de más ritmos, más pasión.