Mi Pasión por la Odontología
Desde chiquita, neta, siempre sentí esa pasión por la odontología que me hacía vibrar. No era solo el rollo de los dientes perfectos o las sonrisas blancas como perlas, era algo más profundo, carnal. El calor de una boca abierta, el roce suave de los instrumentos en el esmalte, el aliento tibio que se escapa entre los labios. En la uni en la UNAM, me la pasaba horas en el laboratorio, imaginando bocas que no eran solo pacientes. Ahora, con mi propio consultorio en Polanco, esa pasión se ha vuelto un fuego que no apago ni con el chorro del sillón dental.
Era un martes caluroso de mayo, el aire acondicionado zumbaba bajito como un susurro pervertido, y el olor a mentol del desinfectante flotaba pesado. Entró Marco, un wey de unos treinta, alto, con esa barba recortada que me hacía pensar en besos ásperos. Traía una sonrisa torcida por un dolor de muela, pero sus ojos cafés brillaban con algo más que sufrimiento. Órale, este pendejo está cañón, pensé mientras lo sentaba en el sillón. Su colonia, un toque de madera y cítricos, se mezcló con el mentol y me revolvió el estómago de pura anticipación.
—Tranquilo, carnal —le dije, poniéndole la servilleta alrededor del cuello—. Vamos a ver qué onda con esa muela. Abre bien la boca, ¿va?
Él obedeció, y joder, qué vista. Sus labios carnosos se separaron, la lengua rosada asomando apenas, dientes fuertes con un leve sarro que ya quería lamer. Encendí la luz led, fría y blanca, que iluminó cada rincón húmedo de su cavidad. Mi guante de látex rozó su mejilla, suave como terciopelo bajo la presión, y sentí su pulso acelerarse bajo mis dedos.
¿Será que él también siente esta corriente? Mi pasión por la odontología me está traicionando, neta, me dije mientras introducía el espejo dental. El metal frío tocó su lengua, y él gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel.
El examen fue eterno. Limpié con el chorro de agua, el splash fresco salpicando su barbilla, y aspiré el exceso con la punta de succión que vibraba contra su paladar. Su aliento, caliente y con un toque de café de la mañana, me golpeó la cara. Yo sudaba bajo la bata blanca, mis pezones endureciéndose contra el sostén de encaje. Cada vez que inclinaba mi cara cerca, nuestros ojos se cruzaban, y vi el deseo crudo en los suyos. Quiere más que una limpieza, este cabrón.
—Ya estuvo, Marco. Solo caries superficial. Te pongo anestesia local y la tacho rapidito —murmuré, mi voz ronca sin querer.
Él asintió, pero su mano rozó mi cadera al ajustarse en el sillón. No fue accidente. El contacto envió chispas por mi espina, un calor líquido entre mis piernas. Preparé la jeringa, el pinchazo fue preciso, su mandíbula se relajó, pero su mirada no. Mientras esperaba que hiciera efecto, le quité los guantes con un chasquido sensual, mis uñas pintadas de rojo rozando su piel.
—Tu pasión por la odontología se nota, Ana —dijo él de pronto, la voz pastosa por la anestesia—. Me encanta cómo tocas... como exploras.
Me quedé helada, el corazón latiéndome en la garganta. Pasión por la odontología, esas palabras en su boca sonaron como un hechizo sucio. Me acerqué más, mi aliento mezclándose con el suyo mentolado.
—Es mi vicio, wey. No sabes lo que me prende una boca como la tuya.
Acto seguido, sin pensarlo dos veces, presioné mis labios contra los suyos. Fue eléctrico. Su boca anestesiada era torpe al principio, pero caliente, húmeda, con ese sabor a anestésico dulce y su saliva espesa. Gemí en su lengua, explorándola como si fuera un molar perfecto. Él respondió con hambre, sus manos grandes subiendo por mis muslos bajo la bata, apretando la carne suave. El sillón crujió cuando me subí a horcajadas, el vinilo frío contra mi trasero desnudo —había olvidado las panties en casa por el calor.
El beso se volvió feroz. Mordí su labio inferior, saboreando la sangre mínima mezclada con mentol, mientras sus dedos desabotonaban mi bata. Mis tetas saltaron libres, pezones duros rozando su camisa. Olía a sudor masculino, a deseo puro, y el consultorio se llenó de jadeos ahogados. Neta, esto es lo que mi pasión por la odontología necesitaba: carne viva.
Deslicé mi mano por su pantalón, sintiendo su verga tiesa, palpitante bajo la tela. Era gruesa, caliente, y la saqué con urgencia, acariciándola con movimientos lentos, el prepucio suave deslizándose sobre la cabeza hinchada. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho, y hundió la cara en mi cuello, lamiendo el sudor salado mientras sus dedos encontraban mi concha empapada. Tocó mi clítoris con maestría, círculos firmes que me hicieron arquear la espalda, el placer punzante como un taladro dental.
—Qué chingona eres, Ana. Fóllame con esa boca experta —susurró, y eso fue mi perdición.
Bajé por su cuerpo, el sillón reclinado al máximo. Su verga erguida, venosa, con un olor almizclado que me mareó. La lamí desde la base, lengua plana saboreando la piel salada, hasta la punta donde pre-semen perlaba. Él jadeó, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé profundo, garganta relajada por años de práctica con instrumentos largos, el glande golpeando mi paladar. El sonido obsceno de succión llenó el cuarto, mixto con sus gemidos roncos: Ay, cabrona, qué rico.
Mi coño ardía, jugos resbalando por mis muslos. Me enderecé, montándolo sin preliminares. Su verga entró de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Cabalgué duro, tetas rebotando, el slap de piel contra piel ecoando como palmadas en un festín. Sudábamos pegajosos, olores de sexo crudo —su almizcle, mi almíbar dulce— impregnando el aire. Él pellizcaba mis pezones, tirando suave, y yo clavaba uñas en su pecho, dejando surcos rojos.
La tensión creció como una infección dental: lenta, hinchada, lista para reventar. Sus caderas subían, clavándose más hondo, golpeando mi punto G con precisión quirúrgica.
Mi pasión por la odontología me llevó aquí, a esta follada épica en mi propio sillón. Gemí alto, sin importarme si la recepcionista oía —total, era mi jefa. El orgasmo me azotó primero, olas convulsionando mi útero, chorros calientes mojando sus bolas. Él siguió bombeando, gruñendo mi nombre, hasta que explotó dentro, semen espeso llenándome, goteando caliente por mis piernas.
Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados en el sillón empapado. Su corazón tronaba contra mi oreja, ritmo salvaje calmándose. Besé su cuello salado, saboreando el afterglow. El mentol aún flotaba, mezclado con nuestro olor a sexo satisfecho.
—Neta, Ana, tu pasión por la odontología es la mejor terapia —murmuró él, riendo bajito.
Yo sonreí, trazando sus labios con el dedo. Esto apenas empieza, wey. Vuelve por tu cita de seguimiento. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero en mi consultorio, esa pasión había encontrado su release perfecto. Limpia, consensual, ardiente como un volcán en erupción. Y yo, lista para más exploraciones.