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Sarah Brightman Pasión Desenfrenada

6502 palabras

Sarah Brightman Pasión Desenfrenada

La noche en mi depa de Polanco estaba tranquilota, con el viento fresco colándose por la ventana entreabierta. Me serví un tequila reposado, puro y suave como la piel de una morra soñada, y prendí el equipo de sonido. Elegí el disco de Sarah Brightman, esa voz que me eriza la piel cada pinche vez. "Pasión", susurré mientras la melodía de Sarah Brightman pasión llenaba el aire, etérea y ardiente a la vez, como un fuego que se enciende despacito en el pecho.

Yo, Marco, treintón bien plantado, soltero por elección, sentía cómo su canto me removía por dentro. Imaginaba sus labios rojos modulando esas notas altas, y mi verga empezaba a despertar, latiendo contra el pantalón. Neta, esta chava tiene algo que me pone como loco, pensé, recargándome en el sofá de cuero negro que crujía bajo mi peso. El aroma del tequila se mezclaba con el de mi colonia, fresca y masculina, pero necesitaba más. Apagué la luz principal, dejando solo la lámpara tenue que pintaba sombras calientes en las paredes blancas.

¿Y si salgo? ¿Y si encuentro a alguien que sienta esta misma Sarah Brightman pasión?
La idea me prendió. Me puse una camisa ajustada, jeans oscuros y salí a la calle, el bullicio de la Roma a unos pasos.

El bar La Cantina del Ángel estaba a media cuadra, con su letrero neón parpadeando como un corazón acelerado. Entré y el olor a mezcal ahumado y limones frescos me golpeó de lleno. Música de fondo, rancheras suaves, pero mi mente seguía en Sarah. Me senté en la barra, pedí un margarita frozen, y ahí la vi: Carla, sentada sola en una mesa del fondo, con un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas perfectas. Cabello negro suelto, ojos grandes y labios carnosos pintados de fuego. Órale, qué mamacita, murmuré para mis adentros. Pidió otro trago y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, coqueta, y alcé mi vaso en saludo.

Me acerqué, corazón tronando como tambor. "¿Puedo invitarte un trago, preciosa?" le dije, voz ronca por la emoción. "Claro, guapo. Me llamo Carla. ¿Y tú?" Respondí, sentándome frente a ella. Hablamos de la noche, de la ciudad que nunca duerme, y de pronto mencioné a Sarah Brightman. Sus ojos se iluminaron. "¡Neta? ¡A mí me encanta Sarah Brightman pasión esa! Su voz es como un orgasmo auditivo." Reímos, y el roce accidental de su mano en mi brazo mandó chispas por mi espina. Su perfume, jazmín y vainilla, me envolvió, dulce y provocador. Tocábamos los vasos, dedos rozándose, tensión creciendo como tormenta.

Esta morra me trae al borde, pensé mientras pagaba la cuenta. "Vamos a mi depa, tengo su disco puesto. ¿Te late?" Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, esa promesa de placer puro. Caminamos de la mano, el aire nocturno fresco contra nuestra piel caliente. Al entrar, Sarah seguía cantando, su voz envolviéndonos como sábanas de seda. Carla se pegó a mí, sus tetas firmes presionando mi pecho. "Baila conmigo", susurró, y lo hicimos, cuerpos ondulando al ritmo etéreo.

Sus caderas se mecían contra mi entrepierna dura, el roce eléctrico. La besé, labios suaves y húmedos, lengua danzando con la mía, sabor a margarita y deseo. Manos explorando: las mías bajando por su espalda hasta su culo redondo, apretándolo con ganas. Ella gemía bajito en mi boca, "Ay, wey, qué rico". La cargué hasta el sofá, donde caímos entre risas y besos. Le quité el vestido despacio, revelando lencería negra que enmarcaba sus pechos perfectos, pezones duros como piedritas. Olía a ella, a sexo inminente, ese almizcle femenino que enloquece.

Me arrodillé, besando su cuello, bajando a sus tetas. Chupé un pezón, succionando suave, luego fuerte, mientras mi mano se colaba entre sus muslos. Estaba empapada, la tanga mojada pegada a su concha hinchada.

Está lista para mí, neta quiere esto tanto como yo
, rugió mi mente. "Te deseo, Carla. Dime que sí." "Sí, pendejo, fóllame ya", respondió juguetona, tirando de mi camisa. Me desnudó, admirando mi verga tiesa, palpitante, con venas marcadas. La tocó, masturbándome lento, uñas rozando la cabeza sensible. Gemí, el placer subiendo como lava.

La recosté, abrí sus piernas. Su concha rosada brillaba, jugos resbalando. Lamí despacio, lengua plana desde el clítoris hasta el ano, saboreando su salinidad dulce. Ella arqueó la espalda, "¡Qué chido, no pares!", manos en mi pelo. Chupé su clítoris hinchado, metiendo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Sarah cantaba de fondo, su voz elevando la intensidad, como si nos bendijera. Carla se corrió primero, gritando mi nombre, jugos inundando mi boca, cuerpo convulsionando.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, nalgas separadas invitándome. Me puse condón rápido –siempre seguro, carnal– y la penettré de un empujón suave. Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empujé rítmico, piel chocando con piel, slap slap slap resonando sobre la música. Sus gemidos subían, "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!" Agarré sus caderas, follando profundo, bolas golpeando su clítoris. Sudor nos cubría, salado en mi lengua cuando lamí su espalda. El olor a sexo, mezclado con su perfume, era embriagador.

Cambié posición, ella encima, cabalgándome como amazona. Sus tetas rebotando, manos en mi pecho, uñas clavándose leve. Yo pellizcaba sus pezones, bajando una mano a frotar su clítoris. Esto es el paraíso, su concha ordeñándome. Sarah llegaba al clímax en la canción, y nosotros con ella. "Me vengo, Marco, ¡juntos!" gritó. Su interior se contrajo, ordeñándome, y exploté, semen caliente llenando el condón, placer cegador, venas latiendo, cuerpo en llamas.

Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor. La abracé, besando su frente húmeda. La música se apagó sola, silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose. "Eso fue de la chingada, wey", murmuró ella, acurrucándose en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío. Yo acaricié su cabello, oliendo su esencia.

Sarah Brightman pasión nos unió esta noche, y quién sabe qué más
. Hablamos bajito de sueños, de la ciudad, de volver a vernos. Durmió en mis brazos, su calor envolviéndome, promesa de más noches así. Al amanecer, con el sol filtrándose, supe que esta pasión era solo el principio.

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