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Duelo de Pasiones Cancion Sensual

6236 palabras

Duelo de Pasiones Cancion Sensual

Entré al bar en la Zona Rosa, ese lugar chido donde la noche huele a tequila reposado y jazmines calientes. La música retumbaba, un corrido norteño mezclado con banda que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. Yo, Daniela, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo moreno, buscaba distraerme después de una semana de puro estrés en la oficina. El aire estaba cargado de sudor fresco y perfume caro, y el humo de los cigarros electrónicos flotaba como niebla sensual.

De repente, la bocina escupió duelo de pasiones canción, esa rola ardiente de un grupo ranchero que habla de amores que pelean como fieras. La letra me caló hondo: "En duelo de pasiones, canción que quema el alma". Mi piel se erizó, porque ahí, en la barra, lo vi. Marco, el wey que me había dejado con el corazón hecho mierda hace un año, pero que todavía me ponía la piel chinita solo con una mirada. Alto, moreno, con esa barba recortada y camisa blanca abierta que dejaba ver su pecho tatuado. Neta, el cabrón seguía siendo un chulo de campeonato.

¿Qué chingados hace aquí? Me digo, mientras mi pulso se acelera. No puedo dejar que me vea débil, pero joder, cómo lo extraño.
Caminé hacia él, contoneándome con toda la actitud, el aroma de mi perfume vainilla envolviéndome como un secreto.

¿Qué onda, pendejo? —le solté, con voz ronca, apoyándome en la barra. El olor a su colonia especiada me invadió, mezclado con el limón del tequila que acababa de pedir.

Él giró, sus ojos cafés clavándose en mis labios pintados de rojo. —Dani, qué sorpresa. ¿Vienes a seguir el duelo de pasiones canción que suena? —Sonrió lobuno, y su mano rozó la mía al pasarme un shot. El toque fue eléctrico, como chispas en mi piel.

Brindamos, el líquido quemándonos la garganta, y empezamos el pleito verbal. Le eché en cara lo mamón que fue al dejarme, él me dijo que yo era una chida pero demasiado intensa. Pero entre reclamos, las risas salían solas, y el calor entre nosotros crecía como la banda en el escenario.

La noche avanzaba, el bar se llenaba de cuerpos bailando pegaditos. Marco me jaló a la pista. —Baila conmigo, reina. Sigamos ese duelo de pasiones canción. —Su aliento cálido en mi oreja, el ritmo pegajoso guiando mis caderas contra las suyas. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un jadeo se me escapó. El sudor nos unía, salado en la piel, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mi culo con posesión. Olía a hombre excitado, a deseo crudo.

Esto es una locura, pero qué rico se siente su cuerpo contra el mío. Cada roce es fuego, neta quiero que me coma viva aquí mismo.

Nos besamos en medio de la pista, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Mordí su labio inferior, y él gruñó bajito, un sonido que vibró en mi pecho. —Vámonos de aquí, murmuró, su voz grave como el bombo de la banda. Asentí, temblando de anticipación, el corazón latiéndome en la entrepierna.

Salimos al coche, el viento nocturno de la ciudad refrescando nuestras pieles calientes. En su departamento en Polanco, todo minimalista y con vistas al skyline, nos devoramos. Me quitó el vestido de un tirón, sus labios trazando mi cuello, chupando hasta dejar marcas. —Eres tan deliciosa, Dani —susurró, mientras sus dedos expertas bajaban por mi vientre plano, rozando el encaje de mi tanga húmeda.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Yo lo desvestí, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su abdomen marcado. Su verga dura saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el olor almizclado de su excitación inundándome las fosas nasales. —Te voy a hacer sufrir de placer, le dije juguetona, mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen.

Marco jadeaba, sus manos enredadas en mi pelo negro largo. —Métetela, mamacita. —Obedecí, engulléndola hasta la garganta, el grosor estirándome deliciosamente. El sonido húmedo de mi boca chupando lo volvía loco, sus caderas embistiendo suave.

Pero quería más. Me subí encima, frotando mi coño empapado contra su punta. El roce era tortura exquisita, mis jugos lubricándolo. —Entra ya, cabrón —gemí, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme hasta el fondo. ¡Qué estirón tan chingón! Grité de placer, mis paredes apretándolo como guante.

Cabalgaba con furia, mis tetas rebotando, pezones duros rozando su pecho. Él las atrapó con la boca, mordisqueando, chupando con succiones que mandaban descargas a mi clítoris. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, nuestra pasión cruda. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, fuerte, profundo.

Esto es el duelo verdadero, no palabras, sino cuerpos chocando en éxtasis. Neta, lo amo y lo odio a la vez.

Cambié de posición, él encima, mis piernas abiertas como alas. Embistió salvaje, cada golpe sacándome gemidos roncos. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el colchón crujiendo. Sudábamos a chorros, gotas cayendo en mi boca abierta. —¡Más duro, wey! —supliqué, clavando uñas en su espalda.

El orgasmo me alcanzó como tsunami, mi coño convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer empapando las sábanas. Grité su nombre, el mundo explotando en luces. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeantes, enredados, el corazón latiéndonos al unísono. Su semen goteaba lento de mí, cálido y pegajoso. Besó mi frente, suave ahora. —No más duelos, Dani. Solo pasiones, murmuró, su voz ronca de satisfacción.

Me acurruqué en su pecho, inhalando su olor post-sexo, el skyline brillando afuera. La canción de antes resonaba en mi mente, pero ya no era duelo, era victoria compartida. Neta, esta noche cambió todo. El afterglow nos envolvía como sábana tibia, prometiendo más noches así.

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