Pasion de Cristal
Entré a esa tiendita de artesanías en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las vitrinas y haciendo brillar todo como si fuera oro líquido. El aire olía a incienso de copal y a algo dulce, como vainilla quemada. Mis ojos se clavaron en un collar de cristal tallado, puro y translúcido, que colgaba de un perchero de madera oscura. Pasion de cristal, decía la etiqueta en cursiva elegante. Lo tomé entre mis dedos, y sentí un cosquilleo subir por mi brazo, como si el cristal estuviera vivo, vibrando con un calor que no era del sol.
"¿Te gusta? Es único, hecho por un artesano de Taxco", me dijo el vendedor, un tipo alto y moreno con ojos que te desnudaban sin esfuerzo. Se llamaba Diego, lo supe después. Su voz era grave, como un ronroneo de jaguar, y olía a colonia fresca con un toque de tabaco. Me quedé mirándolo, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo la blusa de algodón. Neta, ¿qué me pasa? pensé, mientras mis pezones se ponían duros contra la tela.
Le compré el collar sin pensarlo dos veces. "Pontelo ahorita", me dijo con una sonrisa pícara. Sus dedos rozaron mi nuca al abrochármelo, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. El cristal se asentó entre mis senos, fresco al principio, pero luego cálido, como si absorbiera mi calor corporal. "Se ve chingón en ti, mamacita", murmuró, y yo sentí un tirón en el bajo vientre, una humedad que empezaba a traicionarme.
¿Por qué carajos me siento así? Es solo un pendejo guapo vendiendo chucherías.Pero no era solo eso. El collar parecía pulsar, enviando ondas de deseo que me nublaban la cabeza. Salimos juntos a la calle, el bullicio de los carros y los vendedores ambulantes de elotes envolviéndonos. Caminamos hacia un café en la esquina, charlando de tonterías: el tráfico de la CDMX, las mejores taquerías, cómo el calor de mayo nos ponía de malas. Pero cada roce accidental –su mano en mi espalda baja, mi cadera contra la suya– era como electricidad estática.
En el café, el aroma del café de olla y pan dulce nos rodeaba. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose bajo la mesa. Diego me miró fijo, sus ojos oscuros explorando mi escote donde el cristal brillaba. "Ese collar te queda perfecto. Despierta algo en ti, ¿verdad? Como una pasion de cristal, pura pero ardiente". Sus palabras me calaron hondo, y sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes. Le conté de mi vida: soltera después de un desmadre con mi ex, trabajando en una galería de arte, buscando algo que me hiciera sentir viva. Él era artista, tallaba cristales en su taller, y platicaba con esa pasión que me humedecía las bragas.
La tensión crecía con cada sorbo de café. Su pie rozó el mío, subiendo despacio por mi pantorrilla. No lo aparté. Quiero más, pensé, imaginando sus manos en mi piel. "Vamos a mi taller, está cerca. Te enseño cómo se hace esa magia con el cristal", propuso, y yo asentí, la voz ronca. Caminamos rápido, el sol poniéndose y tiñendo el cielo de naranja y rosa, el aire cargado de jazmín de los jardines.
El taller era un loft en una calle tranquila, con ventanales enormes que dejaban entrar la luz crepuscular. Olía a piedra pulida, metal caliente y un leve sudor masculino. Mesas llenas de cristales en bruto, herramientas relucientes. Diego cerró la puerta con llave, y el clic resonó como una promesa. Se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Desde que te vi con el collar, supe que eras para mí". Sus labios rozaron mi oreja, y yo gemí bajito, arqueándome contra él.
Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a café y deseo. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo a mis tetas, pellizcando los pezones a través de la blusa. El cristal del collar vibraba más fuerte, enviando chispas de placer directo a mi clítoris.
¡Chingado, esto es de otro mundo!Me quité la blusa yo misma, desesperada por sentir su piel. Él era puro músculo, piel bronceada oliendo a sol y esfuerzo, vello oscuro en el pecho que raspaba delicioso contra mis labios cuando lo besé ahí.
Caímos en un colchón en el piso, rodeados de cristales que reflejaban nuestra silueta como en un sueño febril. Diego me desvistió lento, besando cada centímetro: el hueco de mi clavícula, el ombligo, el interior de mis muslos. Su lengua lamió mi coño ya empapado, el sabor salado mezclándose con mi jugo dulce. "Estás rica, wey", gruñó, chupando mi clítoris mientras dos dedos me follaban adentro, curvándose justo en ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su espalda, el olor de nuestro sudor llenando el aire.
Lo empujé para montarlo. Su verga estaba dura como el cristal, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La froté contra mi entrada, lubricándola con mis fluidos, y me hundí despacio. ¡Ay, cabrón! Llenaba perfecto, estirándome hasta el fondo. Cabalgué con furia, mis caderas girando, tetas rebotando. Él me agarraba el culo, azotando suave, guiándome más profundo. El collar botaba entre mis pechos, fresco contra mi piel caliente, amplificando cada embestida como si fuera un amplificador de placer.
La intensidad subía: sudor resbalando por su pecho, mis muslos temblando, el sonido chapoteante de mi coño tragándoselo entero. "Más fuerte, Diego, fóllame como hombre", le pedí, y él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro patas. Me penetró de nuevo, profundo y rápido, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, a pasion de cristal destilada en fluidos y jadeos. Sentí el orgasmo venir como una ola, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores.
Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, gruñendo como animal. Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegada a piel. El cristal del collar se enfrió de nuevo, pero mi cuerpo aún palpitaba. Diego me besó la frente, suave. "Eso fue... cristalino, puro fuego". Reímos bajito, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia.
Nos quedamos así un rato, platicando en susurros sobre sueños y locuras. Me regaló otro cristal pequeño, para recordar. Salí al amanecer, el collar aún cálido contra mi pecho, sabiendo que esa pasion de cristal había despertado algo eterno en mí. Caminé por las calles despertando, con una sonrisa pendeja y el cuerpo satisfecho, lista para más vida.