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Noches de Fuego en el Canal de TV Pasiones

7543 palabras

Noches de Fuego en el Canal de TV Pasiones

Entré al estudio del Canal de TV Pasiones con el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense. El aire olía a café recién hecho mezclado con el perfume dulzón de las maquillistas y un toque de sudor fresco de los reflectores calientes. Yo, Ana, era la nueva asistente de producción, una morra de veintiocho años que había dejado su tiendita en Guadalajara por este sueño loco de trabajar en la tele. Neta, nunca imaginé que el Canal de TV Pasiones, famoso por sus telenovelas llenas de traiciones y besos ardientes, me iba a cambiar la vida así de chingón.

El set principal estaba iluminado como si fuera mediodía en la playa de Puerto Vallarta. Cables por todos lados, cámaras gigantes apuntando a un sofá de terciopelo rojo donde ensayaban la escena del día. Ahí estaba él, Marco, el galán principal de la novela Corazones en Llamas. Alto, moreno, con ojos cafés que te miraban como si ya te hubieran desnudado. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta la mitad, dejando ver ese pecho marcado que hacía suspirar a medio México.

Órale, Ana, no seas pendeja, enfócate en el trabajo
, me dije mientras acomodaba el guion en mis manos temblorosas.

—Ey, asistente nueva, pásame el libreto —me gritó Marco con esa voz ronca que parecía salida de un comercial de ron. Me acerqué, sintiendo el calor de los focos en mi piel, y el roce de su mano al tomar los papeles fue como una descarga eléctrica. Su piel áspera contra la mía, suave y fresca. Olía a colonia cara, madera y hombre.

—Aquí está, lic —le respondí, tratando de sonar profesional, pero mi voz salió aguda como chillido de marranito.

Él sonrió, esa sonrisa de medio lado que derretía pantallas. —Llámame Marco, güey. Y tú eres... ¿Ana? Chida chamarra, por cierto.

El primer día fue puro ajetreo: luces parpadeando, directores gritando "¡acción!", actrices con escotes que dejaban poco a la imaginación. Pero cada vez que Marco pasaba cerca, el aire se cargaba de algo eléctrico. Al final del turno, me invitó un café en la cafetería del canal. Hablamos de todo: de cómo él había empezado como extra en Televisa, de mis sueños de producir mi propia novela. Sus ojos se clavaban en los míos, y juraba que sentía su aliento cálido rozándome la oreja cuando se inclinaba para contarme un chiste sucio sobre un productor pendejo.

La tensión creció esa semana como levadura en pan de muerto. Ensayos interminables donde Marco y su coprotagonista practicaban besos apasionados. Yo observaba desde el borde del set, mordiéndome el labio, imaginando cómo se sentirían esos labios firmes contra los míos.

¿Por qué carajos me pongo así? Es solo un wey del canal
, pensaba, pero mi cuerpo no obedecía. Mis pezones se endurecían bajo la blusa cada vez que él gemía en falso para la escena, y entre mis piernas sentía un calor húmedo que me obligaba a cruzarlas fuerte.

Una noche de viernes, después de un día eterno grabando una escena de reconciliación en la lluvia artificial —agua fría cayendo sobre cuerpos semidesnudos—, Marco me acorraló en el pasillo oscuro del estacionamiento del estudio. Las luces de neón del Canal de TV Pasiones parpadeaban afuera, tiñendo todo de rojo pasión.

—Ana, no aguanto más. Desde que llegaste, te veo y se me para como nunca —murmuró, su voz grave vibrando en mi pecho. Me empujó suave contra la pared de concreto fresco, su cuerpo grande cubriéndome como escudo.

Mi pulso tronaba en los oídos, el olor a lluvia falsa y su sudor mezclado con mi perfume de vainilla me mareaba. —Marco, ¿y si nos ven? Somos del mismo canal... —susurré, pero mis manos ya trepaban por su espalda, clavando uñas en la tela húmeda de su camisa.

—Que nos vean, que se mueran de envidia —rió bajito, y me besó. Sus labios eran fuego líquido, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Gemí contra él, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través de los jeans. Mis manos bajaron, desabrochando su cinturón con dedos torpes, el metal frío chocando contra la hebilla.

Entramos a su tráiler improvisado en el lote del canal, un espacio chiquito pero con cama king size cubierta de sábanas de satén negro. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Se quitó la camisa de un jalón, revelando abdominales que brillaban bajo la luz tenue de una lámpara. Yo me desvestí lento, dejando que me mirara: mis tetas llenas saliendo del bra push-up, mi tanga negra ya empapada pegada a mi coño palpitante.

Eres una chingona, Ana —gruñó, arrodillándose frente a mí. Sus manos grandes subieron por mis muslos, uñas raspando suave la piel sensible. Besó mi ombligo, lengua trazando círculos húmedos que me erizaron toda. Bajó más, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación. —Hueles a miel y pecado.

Cuando su boca tocó mi clítoris por primera vez, grité como en las novelas del canal. Lengua experta lamiendo lento, chupando con succiones que me hacían arquear la espalda. Mis jugos corrían por sus labios, salados y dulces, mientras mis dedos se enredaban en su pelo negro revuelto.

Sí, cabrón, así, no pares
, pensaba, mordiendo mi puño para no despertar a todo el estudio.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Nos tumbamos en la cama, sábanas frías contra mi piel hirviendo. Su verga era gruesa, venosa, latiendo en mi mano mientras la guiaba a mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —¡Ay, wey, qué grande! —jadeé, y él embistió hondo, llenándome hasta el fondo.

El ritmo empezó suave, como tango lento: sus caderas girando, rozando mi punto G con cada roce. El slap slap de piel contra piel llenaba el tráiler, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho; yo lamiéndolo, salado como mar. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros hasta doler placer.

La intensidad subió como tormenta en temporada. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas con fuerza posesiva. Entraba brutal ahora, bolas golpeando mi clítoris, enviando chispas por mi espina. —¡Dame duro, Marco, rómpeme! —supliqué, y él obedeció, gruñendo como fiera. Mi coño lo ordeñaba, contrayéndose alrededor de su polla hinchada.

El clímax me golpeó primero: olas de placer rompiendo desde adentro, piernas temblando, visión nublada. Grité su nombre, chorros calientes mojando las sábanas. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que se tensó todo, corriéndose dentro con rugido gutural. Semen caliente inundándome, mezclándose con mis jugos.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y palpitante. Su corazón tronaba contra mi oreja, aliento agitado revolviendo mi pelo. Afuera, el bullicio del canal seguía: risas de crew, motores de vans. Pero aquí, en este nido de pasiones, solo existíamos nosotros.

—Esto no fue solo un revolcón, ¿verdad? —murmuró, besando mi sien húmeda.

—Neta que no, carnal. En el Canal de TV Pasiones, las chispas se prenden para siempre —respondí, sonriendo en la penumbra.

Desde esa noche, cada escena que grabábamos tenía un subtexto nuestro: miradas cargadas, toques "accidentales" que prendían fuego de nuevo. El canal ya no era solo trabajo; era nuestro mundo secreto de deseo infinito, donde la pasión no acababa con el corte de cámara.

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