Pasión Gavilanes Desatada
En las colinas verdes de Jalisco, donde el sol besa la tierra con fuego eterno, Ana cabalgaba su yegua al atardecer. El viento jugaba con su falda ligera, levantándola como una caricia prohibida, y el aroma a tierra húmeda y jazmín silvestre llenaba sus pulmones. Hacía meses que no sentía esa chispa, esa hambre que le revolvía las entrañas. Su vida en el rancho era tranquila, con las vaqueras y los jornaleros, pero anhelaba algo salvaje, como las gavilanes que surcaban el cielo en busca de presa.
Entonces lo vio. Javier, el nuevo capataz que su padre había contratado, estaba arreglando una cerca con el torso desnudo brillando bajo el sol poniente. Sus músculos se tensaban como cuerdas de guitarra, y el sudor delineaba cada curva de su pecho ancho. Ana se mordió el labio, sintiendo un calor subirle por el vientre. ¿Qué pendejo soy por mirarlo así? pensó, pero no pudo apartar la vista. Él levantó la cabeza, sus ojos oscuros como pozos de petróleo la atraparon. Una sonrisa lobuna se dibujó en su cara morena.
—Buenas tardes, patroncita —dijo con voz grave, como ron mielado—. ¿Se le ofrece algo?
Ana desmontó, sus botas crujiendo en la grava. El corazón le latía como tambor de mariachi. —Solo pasaba a ver cómo va el trabajo, Javier. No quiero que mi papá se enoje si algo sale mal.
Él se acercó, oliendo a hombre puro: cuero, tierra y un toque de tabaco. —Todo bajo control, mamacita. Pero si quiere inspeccionar de cerca... —Le guiñó un ojo, y Ana sintió un cosquilleo en las piernas.
La pasión gavilanes empezó ahí, en esa mirada que prometía devorarla entera. Esa noche, en la fiesta del rancho por el Día de la Virgen, el tequila corría como río y la banda tocaba corridos calientes. Ana bailaba con las amigas, su vestido rojo ceñido acentuando sus caderas anchas, pero sus ojos buscaban a Javier. Él apareció entre la multitud, con camisa negra abierta hasta el pecho, pantalón ajustado que marcaba su hombría.
La banda cambió a un son ardiente, y Javier la tomó de la cintura. —Baila conmigo, Ana. No seas mala.
Sus cuerpos se pegaron al ritmo, el calor de su piel traspasando la tela. Ella sentía su verga endureciéndose contra su muslo, y un jadeo se le escapó. ¡Virgen santísima, qué rico se siente! El olor a su sudor mezclado con el suyo la mareaba. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con posesión juguetona.
—Estás como para comerte cruda —murmuró él en su oído, su aliento caliente rozándole la oreja.
—Cállate, wey, o te voy a dar una galleta —rió ella, pero su cuerpo decía lo contrario, arqueándose contra él.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Al final de la canción, Javier la arrastró a un rincón oscuro del corral, donde las estrellas eran testigos mudos. La besó con furia, su lengua invadiendo su boca como gavilán en picada. Ana gimió, saboreando el tequila en sus labios, el picor salado de su piel. Sus manos exploraron su pecho, bajando hasta desabrochar su cinturón.
—Para, Javier... alguien nos va a ver —susurró ella, pero sus dedos ya tiraban de su pantalón.
—Nadie nos ve, mi reina. Solo tú y yo, como debe ser.
Acto primero cerrado, la noche los envolvía en su manto negro. Ana lo siguió a su cuarto en el cuarto de jornaleros, un espacio sencillo con cama de madera y velas parpadeantes. El aire olía a paja fresca y a deseo crudo.
Adentro, Javier la empujó contra la puerta, sus bocas chocando de nuevo. Sus manos grandes subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta encontrar sus bragas húmedas. Ana jadeaba, el roce de sus callos ásperos en su piel suave enviando descargas eléctricas a su centro.
Esto es una locura, pero no quiero parar. Quiero que me rompa en pedazos, como esas gavilanes que cazan sin piedad.pensó, mientras él lamía su cuello, mordisqueando la clavícula.
—Quítate eso, Ana. Quiero verte toda —gruñó él, voz ronca de pura lujuria.
Ella obedeció, el vestido cayendo como pétalo marchito. Quedó en lencería roja, pechos altos temblando con cada respiración. Javier la devoró con los ojos, luego se arrodilló, besando su vientre, bajando hasta oler su aroma almizclado de mujer en celo. Sus dedos separaron la tela, y su lengua tocó su clítoris hinchado. Ana gritó bajito, agarrando su cabello negro revuelto. El sabor salado de ella lo enloquecía; lamía con hambre, chupando como si fuera el néctar más dulce.
—¡Ay, cabrón, qué chingón eres! —gimió ella, caderas moviéndose solas contra su boca.
El cuarto se llenaba de sonidos húmedos, jadeos y el crujir de la madera bajo sus rodillas. Javier se levantó, quitándose la camisa de un tirón. Su pecho velludo, marcado por el sol, la invitaba a tocar. Ana recorrió sus abdominales con uñas pintadas, bajando hasta liberar su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en mano, sintiendo su calor vivo, el pulso acelerado como su propio corazón.
—Métemela en la boca, guapa —pidió él, ojos brillantes.
Ella se hincó, saboreando la gota perlada en la punta, salada y masculina. Lo succionó profundo, lengua girando alrededor del glande, manos apretando sus bolas pesadas. Javier gruñía, embistiendo suave su garganta. Su sabor me vuelve loca, como tequila puro quemando la garganta, pensó Ana, excitada por su poder sobre él.
Pero la tensión pedía más. Javier la levantó, cargándola a la cama. La desvistió por completo, admirando sus tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Chupó uno, mordiendo suave, mientras sus dedos entraban en su panocha empapada, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse.
—Estás chorreando, Ana. Me vas a ahogar con tu jugo —rió él, voz entrecortada.
—¡Pues hazme gritar, pendejo! —retó ella, piernas abriéndose como alas de gavilán.
La intensidad subía. Javier se colocó entre sus muslos, la punta de su verga rozando su entrada resbaladiza. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, el grosor llenándola hasta el fondo. Gritó de placer, uñas clavándose en su espalda ancha. Él empezó a moverse, embestidas profundas, el sonido de carne contra carne resonando como aplausos en fiesta.
El sudor los unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro, a piel quemada por fricción. Ana lo montó luego, cabalgando como en su yegua, tetas rebotando, cabello suelto azotando su cara. Javier apretaba sus caderas, guiándola más rápido.
Esta es nuestra pasión gavilanes, feroz y libre, sin cadenas, pensó ella en éxtasis.
El clímax se acercaba como relámpago. Javier la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás con fuerza animal. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de placer. Ana se tocaba ella misma, dedos rápidos en su botón, mientras él la azotaba suave las nalgas.
—¡Me vengo, Javier! ¡No pares! —chilló, el orgasmo explotando como pirotecnia en feria. Su concha se contraía, ordeñando su verga, jugos chorreando por sus muslos.
Él rugió, embistiendo una última vez, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a clímax compartido, dulce y pegajoso.
En el afterglow, Javier la abrazó, besando su frente sudada. —Eres mi gavilán, Ana. Nadie nos separa.
Ella sonrió, dedo trazando su pecho. Esta pasión gavilanes nos cambió para siempre. Afuera, el gallo cantaba el amanecer, pero ellos se durmieron enredados, sabiendo que volvería a encenderse al siguiente ocaso.