Amores Verdaderos Escenas de Pasion
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, acababa de llegar de la oficina, con el cuerpo pesado por el estrés del día, pero el corazón latiéndome como tambor cuando vi su mensaje: "Nena, estoy abajo. Sube que te extraño verga". Era él, mi carnal, mi amor verdadero, el vato que me tenía loca desde la prepa. Rodrigo, con esa sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desarmaban.
Bajé las escaleras de dos en dos, sintiendo el roce de mi falda ajustada contra mis muslos, el sudor leve en la nuca por el calor de la ciudad. Ahí estaba, recargado en su camioneta negra, con una playera blanca que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. "¡Órale, morra! ¿Qué pedo, tan rica?" me dijo, abriendo los brazos. Me lancé a él, inhalando su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me ponía los vellos de punta.
Subimos al depa, riéndonos como pendejos, recordando la vez que nos escapamos a Acapulco en su vochito viejo. Amores verdaderos escenas de pasion, pensé, como esas novelas que veíamos de morrillos en la tele, pero la nuestra era neta, de carne y hueso. Cerré la puerta y él me acorraló contra la pared del pasillo, sus manos grandes en mi cintura, apretándome con esa fuerza que me hacía jadear.
"Te tengo tantas ganas, Ana. Desde que me mandaste esa foto anoche, no pude ni dormir."Su aliento caliente en mi cuello olía a chicle de menta y a deseo puro.
Lo empujé suave hacia el sofá, queriendo tomar el control un rato. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Qué chido se siente esto, pensé, mientras le mordía el lóbulo de la oreja, saboreando la sal de su piel. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, rozando la rendija de mis panties húmedas. "Estás mojada, pinche nena traviesa." Reí bajito, un ronroneo que salió de mi garganta, y le quité la playera de un jalón, exponiendo su pecho moreno, marcado por horas en el gym.
Acto primero de nuestra propia telenovela: el reencuentro. Habíamos estado separados un año, yo con mi jefa en la agencia de publicidad, él manejando su taller de motos en la Narvarte. Pero el amor verdadero no se apaga, ¿verdad? Cada noche soñaba con sus manos, con cómo me hacía volar. Ahora, aquí, el aire se cargaba de electricidad, el zumbido del tráfico lejano como banda sonora de fondo.
Me paré, me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas libres bajo el brasier de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron, pupilas dilatadas como pozos. Me mira como si fuera la única morra en el mundo. Bajé la cremallera de mi falda, dejándola caer al piso con un shhh suave. Desnuda salvo por la lencería, caminé hacia la recámara, contoneando las caderas, sabiendo que me seguía con la mirada ardiendo en la espalda.
En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda, lo esperé de rodillas. Él se quitó los jeans, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con esa gota perlada en la punta que brillaba bajo la luz tenue. "Ven, carnal, chúpamela como sabes." Obedecí, porque me late mandarlo al carajo y luego rendirme. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Lamí la cabeza, saboreando ese gusto salado-musgoso, único de él. Gemí cuando la metí más hondo, mi lengua girando alrededor del tronco mientras él enredaba los dedos en mi pelo, jadeando "¡Qué rico, Ana! ¡No pares!".
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Él me levantó, me tiró en la cama boca arriba, besándome el estómago, bajando hasta mi panocha. Sentí su nariz rozando mis labios hinchados, inhalando mi aroma de mujer excitada, ese olor dulce y almizclado que lo volvía loco.
Me va a comer viva, y qué chingón se siente.Su lengua entró en mí, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas, chupando mis jugos que corrían como río. Arqueé la espalda, las uñas clavadas en las sábanas, el sonido de mis gemidos rebotando en las paredes. "¡Sí, Rodri! ¡Ahí, pendejo, no te detengas!" Mis caderas se movían solas, follando su boca, el placer subiendo en oleadas que me nublaban la vista.
Pero no quería acabar todavía. Lo empujé, volteándolo, montándome encima. Froté mi humedad contra su verga, lubricándola, sintiendo cada vena rozar mi carne sensible. Esto es nuestro, amores verdaderos, escenas de pasion que nadie nos quita. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme hasta el fondo. ¡Qué estirón tan delicioso! Empecé a cabalgar, tetas botando, sudor perlando mi piel, el plaf plaf de nuestros cuerpos chocando como música erótica.
Él me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, metiendo un dedo en mi ano para volverme loca. "¡Eres mi reina, Ana! ¡Fóllame más duro!" Aumenté el ritmo, el colchón crujiendo, el aire cargado de nuestro olor a sexo crudo. Sentía su pulso dentro de mí, latiendo con el mío, sincronizados como en esas escenas de pasión de las novelas que tanto nos reíamos. Pero esto era real, neta, con el corazón latiéndonos en la garganta.
El clímax se acercaba, inexorable. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, sus brazos a los lados de mi cabeza, mirándome fijo. Sus ojos, ay, sus ojos me desnudan el alma. Embistió con fuerza controlada, saliendo casi todo y entrando hasta el útero, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. "¡Me vengo, nena! ¡Dime que tú también!" "¡Sí, cabrón! ¡Córrete conmigo!" Exploto en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras él rugía y llenaba mi interior de calor líquido, chorro tras chorro.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era el paraíso, su corazón tronando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas.
Esto es amor verdadero, no esas pendejadas de la tele. Escenas de pasión que duran para siempre.Me acarició el pelo, murmurando "Te amo, morra. No te suelto nunca más."
Nos quedamos así hasta que el sol se puso, el cuarto tiñéndose de morado. Pedimos tacos de la esquina, riéndonos con salsa en los dedos, planeando nuestro futuro. Él se iría a vivir conmigo, dejaríamos las dudas atrás. El aroma de la comida mezclándose con nuestro olor post-sexo, el tráfico calmándose afuera. Satisfacción plena, cuerpos saciados, almas unidas.
En la noche, acurrucados, pusimos la tele. Amores verdaderos escenas de pasion, dijo el anuncio de la novela. Nos miramos y nos cagamos de risa. "La nuestra es mejor, ¿no?" Asentí, besándolo. Sí, carnal, mil veces mejor.