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Torrentes de Pasion Desatada

7371 palabras

Torrentes de Pasion Desatada

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y pegajoso, con el aire cargado del salitre del mar y el eco lejano de las olas rompiendo en la playa. Ana caminaba por la arena tibia, sus pies hundiéndose en ella con cada paso, el vestido ligero de algodón mexicano ondeando contra sus muslos. Llevaba tacones bajos que crujían sobre las conchas, pero se los quitó para sentir la arena fina entre los dedos. La fiesta en la playa estaba en su apogeo: luces de colores parpadeando, mariachis tocando cumbias calientes y el olor a tacos de mariscos asándose en comales humeantes.

Ahí lo vio. Alto, moreno, con una camisa guayabera blanca que se pegaba a su pecho musculoso por el sudor. Se llamaba Javier, un chavo de Guadalajara que trabajaba en un resort cercano. Sus ojos negros la atraparon como un imán cuando ella pasó bailando al ritmo de la música.

¿Qué carajos me pasa? Este wey me mira como si ya me estuviera desnudando con la mirada
, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo subirle por la nuca hasta la raíz del cabello.

Él se acercó con una cerveza en la mano, sonriendo con dientes blancos y perfectos. Órale, nena, ¿vienes a bailar o nomás a calentar la noche? le dijo con voz grave, ronca por el humo de los cigarros y la risa. Ana soltó una carcajada, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Si bailas bien, tal vez te siga el rollo, papacito, respondió ella, coqueta, mientras sus caderas ya se movían al son de la guitarra.

El baile empezó lento, sus cuerpos rozándose apenas, pero pronto la tensión creció. Las manos de Javier en su cintura, fuertes y callosas por el trabajo, la apretaban con justo la presión para hacerla jadear. El olor de su piel, mezcla de loción barata y sudor masculino, la mareaba. Ella sentía el calor de su aliento en el cuello, el roce de su barba incipiente contra su oreja. Chíngame, qué rico se siente esto, murmuró Ana para sí, mientras sus pechos se aplastaban contra el torso de él con cada giro.

La música subió de volumen, una banda sinaloense que hacía vibrar el suelo. Javier la giró, su muslo fuerte colándose entre las piernas de ella, presionando justo donde el deseo empezaba a palpitar. Ana lo miró a los ojos, vio el fuego ahí, y supo que no era solo baile.

Quiero más, wey. Quiero que me hagas tuya aquí mismo, pero no, hay que ir despacio... o no
. Le mordió el labio inferior, juguetona, y él gruñó bajito, un sonido animal que le vibró en el vientre.

Se separaron un momento para tomar aire, pero sus manos no se soltaron. Caminaron por la playa, alejándose de la fiesta, el ruido de las risas y la música desvaneciéndose. La luna llena pintaba el mar de plata, y el viento traía el aroma fresco de las algas. Javier la llevó a su cabaña en la orilla, una choza de palapa con hamaca afuera y velas adentro. Entra, mi reina, déjame mostrarte cómo se desata la pasión en estas costas, susurró él, abriendo la puerta de madera.

Dentro, el aire era denso, cargado de jazmín silvestre y el leve olor a coco de las velas encendidas. Ana se recargó en la pared, el corazón tronándole en los oídos. Javier se acercó despacio, como un depredador, y la besó. Primero suave, labios carnosos probando los suyos, lengua delineando la forma de su boca. Luego, hambre: la devoraba, chupando su lengua con fuerza, manos subiendo por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura.

Ella jadeó contra su boca, el sabor a cerveza y sal en su lengua la volvía loca. ¡Ay, Javier, me traes como loca! exclamó, mientras sus uñas se clavaban en su espalda. Él rio bajito, un sonido gutural, y le bajó el vestido de los hombros, exponiendo sus senos al aire fresco. Los besó, lamió los pezones endurecidos, succionándolos hasta que Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El roce de su barba raspaba deliciosamente, enviando chispas de placer directo a su entrepierna.

Esto es un torrente de pasión, carajo. No puedo parar, no quiero parar
, pensó ella, mientras Javier la cargaba a la cama de lona, un colchón mullido cubierto de sábanas blancas. La tendió con cuidado, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por el sol, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Ana extendió la mano, tocó su piel caliente, sintió los músculos contraerse bajo sus dedos. Estás chingón, wey, murmuró, bajando la cremallera de sus shorts.

Él se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la tomó en la mano, suave al principio, luego apretando, sintiendo el pulso acelerado. Javier gimió, ¡Qué mano tan rica, nena! Sigue así y me vienes. Pero ella quería más. Se arrodilló, oliendo su aroma almizclado, ese olor crudo de hombre excitado. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, chupando con hambre mientras él le enredaba los dedos en el pelo.

La tensión crecía como una ola gigante. Javier la tumbó de espaldas, besando su vientre, bajando hasta su concha húmeda. Separó sus labios con los dedos, inhalando profundo su esencia dulce y salada. Hueles a paraíso, mi amor, dijo antes de lamerla. Su lengua experta giraba alrededor del clítoris, succionando, metiéndose adentro mientras dos dedos la follaban lento, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar. Ana se retorcía, las sábanas enredándose en sus piernas, el placer subiendo en espiral. ¡Más, pendejo, no pares! ¡Ay, Dios! chillaba, las caderas alzándose para encontrarse con su boca.

Él no paró hasta que ella explotó, un orgasmo que la sacudió entera, jugos chorreando por su barbilla. Jadeante, Ana lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada resbaladiza. Entró de un empujón suave, llenándola por completo. ¡Qué chingón te sientes! gruñó él, empezando a moverse, lento al principio, saboreando cada centímetro. Sus cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor mezclándose, el olor a sexo llenando la cabaña.

La intensidad subió. Javier la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas, embistiéndola fuerte, su saco golpeando su clítoris. Ana gritaba, el placer rayándole las venas, torrentes de pasión desbordándose en cada roce.

Sí, así, fóllame como animal, hazme tuya para siempre
. Él aceleró, gruñendo en su oído, mordiendo su hombro. El clímax los golpeó juntos: ella convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo, él vaciándose dentro con rugidos profundos, chorros calientes inundándola.

Cayeron exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, el pecho de él subiendo y bajando contra su espalda. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando el sudor de sus pieles. Javier la besó en la nuca, suave ahora. Qué noche, mi reina. Torrentes de pasión que no se acaban, murmuró. Ana sonrió, girándose para mirarlo, sus ojos aún brillando. Y apenas empezamos, guapo.

Se quedaron así, hablando bajito de sueños y risas compartidas, el afterglow envolviéndolos como una manta cálida. Ana sentía el corazón pleno, el cuerpo saciado pero con un hormigueo prometedor. La pasión no se había ido; solo esperaba la próxima ola.

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