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Pasión Prohibida Capítulo 41 El Susurro Ardiente

7214 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 41 El Susurro Ardiente

El aire de la noche en Polanco olía a jazmín y a lluvia reciente, ese perfume que se pega a la piel como una promesa. Me escabullí del departamento de mi esposo, con el corazón latiéndome como tambor en las costillas. ¿Cuántas veces más voy a hacer esto? me pregunté mientras subía al Uber, pero el cosquilleo en el vientre ya respondía por mí. Javier me esperaba en ese hotel boutique, nuestro refugio secreto, el lugar donde pasión prohibida capítulo 41 cobraba vida en mis venas.

Llegué al lobby con el vestido negro ajustado que él tanto gustaba, el que marcaba mis curvas como si fueran suyas. El recepcionista me miró de reojo, pero no dijo nada; en ciudades como esta, los secretos se venden caros. Subí al ascensor, y ahí, en ese cubículo de espejos, vi mi reflejo: ojos brillantes, labios rojos hinchados de anticipación. Olía a mi perfume de vainilla, mezclado con el sudor nervioso que empezaba a brotar.

La puerta de la suite se abrió antes de que tocara. Javier estaba ahí, camisa desabotonada hasta el pecho, ese pecho moreno y fuerte que tanto extrañaba.

"Ven acá, mi reina"
, murmuró con esa voz ronca que me deshacía. Sus brazos me envolvieron, y su boca capturó la mía en un beso hambriento. Sabía a tequila reposado y a deseo puro, su lengua explorando la mía con urgencia contenida. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con esa posesión que me volvía loca.

Esto es pecado, Ana, puro pecado, pensé mientras lo empujaba adentro, cerrando la puerta con el pie. Pero qué rico pecado. Nos conocimos hace años, en una boda familiar donde él era el hermano guapo del wey con el que me casé. Al principio fueron miradas robadas, roces accidentales en las fiestas. Ahora, después de cuarenta capítulos de esta locura, aquí estábamos, solos y listos para arder.

Me quitó el vestido con lentitud tortuosa, sus dedos rozando mi piel como plumas de fuego. El roce de sus yemas en mis pezones endurecidos me hizo gemir bajito.

"Estás chingona esta noche, nena"
, dijo, lamiendo mi cuello, inhalando mi aroma. Yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas. Su olor a hombre, a jabón y a algo salvaje, me inundaba las fosas nasales.

Caminamos tropezando hacia la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que crujían suaves. Me tumbó con gentileza bruta, sus ojos devorándome entera. Quiere esto tanto como yo, supe por la forma en que su verga presionaba contra los pantalones. Le desabroché el cinturón, liberándola: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor que irradiaba, el pulso acelerado como el mío.

"Chúpamela, mi amor"
, suplicó, y yo obedecí con gusto. Mi boca lo envolvió, saboreando la sal de su piel, el sabor almizclado que me hacía salivar. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. El sonido de sus jadeos, roncos y profundos, llenaba la habitación, mezclándose con el zumbido del aire acondicionado. Lamí la punta, succioné con hambre, hasta que me apartó temblando.

No quiero acabar así, no todavía, pensé, mientras él me volteaba boca abajo. Sus labios bajaron por mi espina dorsal, besando cada vértebra hasta llegar a mis nalgas. Abrió mis piernas, y su aliento caliente rozó mi conchita húmeda.

"Estás empapada, pinche diosa"
, rio bajito, y hundió la lengua. Ay, Dios, qué delicia. Lamía mi clítoris con maestría, chupando suave luego fuerte, haciendo círculos que me arqueaban la espalda. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, y el roce de su barba incipiente en mis muslos internos me erizaba la piel.

Me corrí primero, gritando su nombre contra la almohada, oleadas de placer sacudiendo mi cuerpo. Él no paró, lamiendo hasta el final, prolongando el éxtasis hasta que supliqué

"Métemela ya, Javier, no aguanto"
. Se posicionó detrás, frotando la cabeza de su verga en mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulgada llenándome, y gemí largo cuando bottomó out, sus bolas contra mi culo.

Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo. El slap slap de piel contra piel resonaba, sincronizado con nuestros jadeos. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, y aceleró. Esto es lo que necesitaba, este fuego prohibido. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire, nuestros cuerpos brillantes bajo la luz tenue de la lámpara.

Cambiamos posiciones; me monté encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis chichis, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba. Veía su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta.

"Qué rico te sientes, cabrona, apriétame así"
, gruñó, y yo contraí mis paredes internas, ordeñándolo. El roce de su pubis en mi clítoris me llevaba al borde otra vez.

Pero la tensión no era solo física. En mi mente, flashes de mi vida cotidiana: mi esposo durmiendo ajeno, las cenas familiares donde Javier y yo nos mirábamos de reojo. ¿Cuánto durará esta pasión prohibida? Capítulo 41, y aún no sé el final. Él lo sintió, mi duda fugaz, y me jaló para besarme profundo, susurrando

"Esto es nuestro, Ana, no lo sueltes"
. Sus palabras me anclaron, y me dejé ir, cabalgando más fuerte, sintiendo su verga hincharse dentro.

Lo volteé a él bocarriba, dominándolo ahora. Le clavé las uñas en el pecho, dejando marcas rojas que mañana ocultaría con camisa. El sabor de su sudor en mi lengua mientras lamía sus pezones duros. Él me abrazó por la cintura, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero consentida. Nuestros gemidos se volvieron gritos ahogados, el colchón crujiendo en protesta.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga latir, caliente semen llenándome en chorros, mientras mi conchita se contraía en espasmos interminables. Qué chingón orgasmo, pensé flotando en el placer, su calor derramándose dentro, goteando por mis muslos. Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Después, en el afterglow, yacimos en silencio, sus dedos trazando patrones en mi espalda húmeda. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas.

"Te amo, a pesar de todo"
, murmuró contra mi pelo. Yo asentí, besando su pecho. Sabemos que es riesgoso, pero esta pasión prohibida capítulo 41 nos mantiene vivos.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando evidencias, pero no el fuego interno. Sus manos jabonosas en mi piel, un último beso bajo la regadera. Salimos del hotel al amanecer, con promesas de capítulo 42. Caminé a casa con piernas flojas, el recuerdo de su tacto latiendo en mí. Mi esposo aún roncaba cuando entré. Sonreí para mis adentros: nuestro secreto arde más fuerte que nunca.

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