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Las 24 Horas de la Pasión de Luisa Picarreta

7244 palabras

Las 24 Horas de la Pasión de Luisa Picarreta

Luisa Picarreta se despertó esa mañana con un cosquilleo en el estómago que no era de nervios, sino de pura anticipación. Vivía en un departamento amplio en Polanco, con vistas al skyline de la Ciudad de México que brillaban bajo el sol naciente. Tenía treinta y cinco años, curvas que volvían locos a los hombres y una vida que, hasta ese momento, había sido demasiado ordenada. Pero hoy era diferente. Su amante, Marco, un moreno alto y musculoso de ojos café intenso, le había propuesto las 24 horas de la pasión de Luisa Picarreta. Un reto sensual: un día entero dedicados solo a explorarse mutuamente, sin interrupciones, sin trabajo, sin nada más que piel contra piel.

¿Estás lista, mi reina? —le dijo Marco al entrar a la recámara, desnudo ya, con su verga semierecta balanceándose como una promesa. El aroma de su colonia fresca se mezcló con el café que acababa de preparar.

Luisa se incorporó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio rozando sus pezones endurecidos. Neta, esto va a estar chido, pensó, mientras su corazón latía fuerte. Asintió, mordiéndose el labio inferior, y extendió la mano para jalarlo hacia ella. Sus bocas se unieron en un beso húmedo, lenguas danzando con sabor a menta y deseo. Las manos de Marco recorrieron su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas firmes, mientras ella gemía bajito contra su boca.

La primera hora fue suave, como un despertar lento. Se tumbaron en la cama, él lamiendo su cuello, inhalando el perfume dulce de su piel mezclado con el sudor ligero del amanecer. Luisa sintió sus dedos expertas abriéndose paso entre sus muslos, rozando el calor húmedo de su panocha. ¡Qué chingón se siente esto! Su clítoris palpitaba bajo el pulgar de Marco, que giraba en círculos lentos. Ella arqueó la espalda, oliendo las sábanas calientes, escuchando el sonido chupón de sus labios en sus tetas. Cuando se corrió la primera vez, fue como una ola tibia, sus jugos empapando las sábanas, su grito ahogado en el hombro de él.

Desayunaron en la terraza, desnudos bajo el sol tibio. Fruta fresca: mangos jugosos que chorreaban néctar por sus barbillas, que se lamían mutuamente. Marco untó yogurt en los pezones de Luisa y los succionó hasta que ella suplicó por más.

—No pares, cabrón, me tienes bien prendida
, le susurró ella, con la voz ronca. El viento jugaba con su cabello negro largo, trayendo olores de jacarandas y el tráfico lejano de Reforma.

La segunda fase del día escaló en la regadera de mármol italiano. Agua caliente cayendo como lluvia tropical sobre sus cuerpos enjabonados. Luisa se arrodilló, el vapor llenando sus pulmones con aroma a jabón de lavanda. Tomó la verga gruesa de Marco en la boca, saboreando la sal de su piel, el músculo latiendo contra su lengua. Él gruñó, ¡Puta madre, qué buena chupas!, agarrando su cabeza mientras ella lo tragaba hasta la garganta. El agua resbalaba por sus curvas, gotas perlando sus pestañas. Se levantó y él la penetró por detrás, sus embestidas profundas haciendo que el espejo se empañara. Cada choque de caderas era un plaf húmedo, sus gemidos rebotando en las baldosas. Luisa se vino de nuevo, las piernas temblando, sintiendo cómo él se hinchaba dentro de ella antes de correrse, llenándola de calor espeso.

Después del mediodía, el calor del DF los obligó a refugiarse en la sala con aire acondicionado. Se tumbaron en el sofá de piel suave, que crujía bajo su peso. Luisa cabalgó a Marco despacio al principio, sintiendo cada vena de su verga estirándola. Esto es mío, todo el día, pensó, mientras sus tetas rebotaban al ritmo. Él pellizcaba sus pezones rosados, oliendo el almizcle de su arousal mezclado con el cuero del sofá. Aceleraron, ella clavando las uñas en su pecho velludo, él azotando sus nalgas con palmadas que resonaban como aplausos.

—¡Dame duro, mi amor, rómpeme!
Gritó ella, y él obedeció, volteándola para follarla en misionero, sus ojos clavados en los de ella, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

La tarde trajo una pausa juguetona en la cocina. Luisa, con un delantal nada más, preparó tacos de carnitas, pero Marco no la dejó terminar. La subió a la isla de granito frío, que contrastaba con el fuego entre sus piernas. Él lamió crema de sus dedos, luego bajó a su entrepierna, sorbiendo su miel dulce como tequila añejo. Su lengua es un pinche milagro, se dijo Luisa, tirando de su cabello mientras ondas de placer la recorrían. El sonido de succión era obsceno, mezclado con sus jadeos. Se corrió en su boca, temblando, y él la penetró de pie, sus cuerpos sudados chocando contra los gabinetes.

Al atardecer, en la recámara de nuevo, la intensidad subió. Habían marcado las horas en un reloj digital: ya llevaban doce. Marco ató las muñecas de Luisa al cabecero con una bufanda de seda, suave pero firme. Todo consensual, mi vida, dime si quieres parar, murmuró él. Ella negó con la cabeza, excitada por la sumisión voluntaria. Él la besó por todo el cuerpo, mordisqueando su ombligo, inhalando el olor almizclado de su sudor. Cuando entró en ella, fue lento, torturante, sacando y metiendo hasta que Luisa rogó. ¡No aguanto más, métemela toda! Los resortes de la cama crujían rítmicamente, sus pieles chocando con plap plap plap. Ella se liberó en un orgasmo que la dejó sin aliento, él siguiéndola segundos después, su semen caliente goteando por sus muslos.

La noche cayó con velas aromáticas a canela y vainilla, iluminando sus siluetas en la pared. Cenaron chocolate caliente y churros en la cama, untándose miel en los cuerpos y lamiéndola. Luisa tomó el control esta vez, sentándose en la cara de Marco, moliendo su panocha contra su boca barbuda. El roce de su barba la volvía loca, rasguñando deliciosamente. Él la chupaba con hambre, manos en sus caderas.

—Sí, así, bébete todo, pendejo caliente
, le ordenó ella, riendo entre gemidos. Luego lo montó al revés, viendo su propio reflejo en el espejo del clóset: tetas bamboleando, culo rebotando, sudor brillando como aceite.

Las últimas horas fueron un maratón de posiciones creativas. Contra la ventana, con luces de la ciudad testigos mudos; en el piso alfombrado, rodando como animales; de lado en la bañera llena de espuma, agua salpicando. Cada roce era eléctrico: el vello de su pecho contra sus pezones, el sabor salado de su cuello, el olor a sexo impregnando el aire. Luisa perdió la cuenta de sus orgasmos, cada uno más intenso, su voz ronca de tanto gritar ¡Me vengo, chingado!

Al amanecer del día siguiente, exhaustos y satisfechos, se derrumbaron en la cama. Marco la abrazó por detrás, su verga aún semi dura contra sus nalgas. Luisa sintió el latido de su corazón contra su espalda, el calor de sus cuerpos entrelazados. Las 24 horas de la pasión de Luisa Picarreta terminaron, pero esto solo empieza, pensó, mientras el sol entraba tiñendo todo de dorado. Sonrió, saboreando el beso en su nuca, el aroma a ellos dos mezclado para siempre en su piel.

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