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Pasión Capítulo 66 Llamas del Deseo

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Pasión Capítulo 66 Llamas del Deseo

La noche en la Ciudad de México se sentía cargada de promesas. Ana caminaba por las calles iluminadas de Polanco, con el corazón latiéndole a mil por hora. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante secreto, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. El aroma de las jacarandas flotaba en el aire húmedo, mezclándose con el perfume de su piel, esa fragancia de vainilla y jazmín que siempre usaba para él. Pasión Capítulo 66, pensó, como si estuviera viviendo el clímax de su telenovela personal, donde el deseo ardía sin control.

Marco la esperaba en el balcón de su departamento en la colonia Roma, con una botella de tequila reposado y dos vasos listos. Cuando ella entró, él se giró, sus ojos oscuros devorándola de arriba abajo. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que dejaban poco a la imaginación. Órale, qué pinche rico se ve, se dijo Ana, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

—Ven acá, mi reina —murmuró él con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Ana se acercó, y él la jaló por la cintura, pegando sus cuerpos. El calor de su aliento en su cuello era como fuego líquido. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo, saboreando el tequila que ya había probado. Las lenguas danzaban, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Ella sintió la dureza de su verga presionando contra su vientre, y un gemido escapó de su garganta.

—Te extrañé tanto, wey —susurró ella, mordisqueando su labio inferior.

Él rio bajito, esa risa que la deshacía. —Yo más, nena. Vamos a compensar el tiempo perdido.

Se sentaron en el sofá de cuero suave, con la ciudad brillando allá abajo como un mar de luces. Marco sirvió el tequila, el líquido ámbar cayendo con un sonido glug glug que parecía eco de sus pulsos acelerados. Bebieron, el sabor ahumado quemando sus gargantas, avivando el fuego interno. Sus manos no paraban: él acariciaba su muslo por debajo de la falda corta, subiendo despacio, rozando la tela de sus panties ya húmedas.

Ana cerró los ojos, inhalando su olor a colonia masculina y sudor fresco.

Esto es lo que necesitaba, neta. Sentir sus dedos tan cerca, prometiendo más.
El roce era eléctrico, enviando ondas de placer por su espina dorsal. Ella se arqueó, presionando contra su palma.

—Estás mojada, ¿verdad? —preguntó él, con una sonrisa pícara.

¡Claro que sí, pendejo! —rió ella, pero su voz era puro deseo.

La tensión crecía como una tormenta. Marco la levantó en brazos, llevándola al cuarto. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La depositó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa, revelando su torso tatuado, músculos tensos por el anhelo. Ana se lamió los labios, saboreando la anticipación.

Él se arrodilló entre sus piernas, besando su interior de muslos. El roce de su barba incipiente era delicioso, raspando justo lo suficiente. Subió la falda, bajando los panties con dientes, exponiendo su concha rosada y brillante. El aire fresco la hizo jadear. Marco inhaló profundo.

—Hueles a miel, mi amor. A pura pasión.

Su lengua la tocó entonces, un lametón largo y lento desde el clítoris hasta la entrada. Ana gritó, agarrando las sábanas. El sabor salado de su excitación lo volvía loco; lamía con hambre, chupando, succionando, metiendo la lengua adentro como si quisiera beberla entera. Ella se retorcía, los sonidos de su boca húmeda llenando la habitación: slurp, ahh, gemidos ahogados. Sus caderas se movían solas, follando su cara.

No pares, cabrón, no pares, pensaba, mientras oleadas de placer la invadían. El olor de sus jugos mezclándose con su saliva era embriagador, primitivo.

Marco levantó la vista, labios brillando. —Ven, quiero sentirte toda.

La volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas. Le dio una nalgada juguetona, el sonido clap resonando, dejando una marca roja que ardía rico. Ana empujó el culo hacia atrás, invitándolo. Él se desabrochó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La frotó contra sus labios vaginales, untándola de su humedad.

—Dime que la quieres —gruñó.

¡Sí, métemela ya, Marco! ¡Fóllame duro!

Entró de un solo empujón, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la hizo gritar. Él empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro de su calor apretado. El slap slap de piel contra piel era hipnótico, sudor perlando sus cuerpos. Ana olía su aroma almizclado, sentía sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada.

Se movieron al ritmo, él agarrando sus tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Ella volteó la cabeza para besarlo, lenguas enredadas mientras él la taladraba.

Esto es el cielo, wey. Su verga pulsando dentro, mi concha chorreando.
La intensidad subía; Marco aceleró, follándola como animal, gruñendo en su oído.

—Eres mía, Ana. Toda mía.

—Sí, ¡tuya, cabrón! Más fuerte.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como reina. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis. Él la veía rebotar, tetas saltando, sudor resbalando por su valle. El sonido de su concha tragando su verga era obsceno, jugos salpicando. Ana se inclinó, mordiendo su pecho, saboreando sal.

El clímax se acercaba. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Marco la abrazó fuerte, embistiéndola desde abajo. —Córrete conmigo, mi vida.

Explosó primero ella, un grito gutural escapando mientras su concha se contraía, ordeñando su verga. Oleadas de éxtasis la sacudían, visión borrosa, cuerpo temblando. Él la siguió segundos después, rugiendo, llenándola de semen caliente, chorros que sentía chocar dentro.

Colapsaron juntos, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. El aire olía a sexo puro, a pasión consumada. Marco la besó la frente, acariciando su espalda.

—Te amo, Ana.

Ella sonrió, exhausta pero plena. —Yo más, mi rey. Esto fue Pasión Capítulo 66, el mejor hasta ahora.

Se quedaron así, enredados, escuchando el tráfico lejano y sus respiraciones calmándose. La noche los envolvía, prometiendo más capítulos de este fuego eterno. Ana cerró los ojos, saboreando el afterglow, el semen goteando lento entre sus piernas, marca de su unión. Mañana sería otro día, pero esta noche, eran invencibles en su deseo.

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