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Secuela de la Pasion de Cristo Carnal

5845 palabras

Secuela de la Pasion de Cristo Carnal

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Roma Norte, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. La pantalla del tele proyectaba las imágenes crudas de La Pasion de Cristo, esa película que siempre le revolvía las tripas de emoción y algo más profundo, un calor que subía desde el estómago hasta sus pechos. Tenía treinta y dos años, curvas que abrazaba con orgullo, piel morena que olía a vainilla de su loción favorita. Pero esa noche, mientras veía el sufrimiento de Jesús, su mente divagaba. ¿Y si hubiera una secuela de la pasion de cristo? No la resurrección santa, sino una carnal, donde el cuerpo renacido descubriera el fuego del deseo humano. Se mordió el labio, imaginando manos fuertes sobre piel resucitada, gemidos en lugar de lamentos.

Al día siguiente, en un café literario de la Condesa, el destino la sorprendió. Ana había ido por un latte de avena, pero el anuncio en la pizarra la atrapó: "Noche de fanfics prohibidos". Entró por curiosidad, y ahí estaba él, Luis, de pie frente a un micrófono, con voz grave que erizaba la piel. "Hoy les traigo secuela de la pasion de cristo", dijo, y el público jadeó. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas. Luis era alto, barba recortada, ojos negros como el obsidiana de Taxco, camisa ajustada que marcaba pectorales firmes. Leyó fragmentos: Jesús resucitado tentado por María Magdalena en un jardín secreto, cuerpos entrelazados bajo la luna, sudores mezclados con mirra y almizcle.

Órale, carnal, este wey sabe lo que hace. Su voz me está mojando las chonas sin tocarme.

Ana aplaudió más fuerte que nadie. Después del evento, se acercó. "Neta, tu secuela de la pasion de cristo me voló la cabeza. ¿Cómo se te ocurrió algo tan... intenso?" Luis sonrió, dientes blancos reluciendo. "La pasión no termina en la cruz, ¿verdad? Es renacer en la carne." Pidieron chilaquiles para desayunar tarde, hablando de todo: tacos al pastor en la esquina, el tráfico chido de Insurgentes, pero sobre todo, deseo reprimido en lo sagrado. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un roce eléctrico que hizo que Ana apretara los muslos.

Los días siguientes fueron un torbellino de mensajes. "Ven a mi taller, te muestro el borrador completo", le escribió Luis. Su departamento en Polanco olía a café de Chiapas y libros viejos. Sentados en el piso, con una botella de mezcal artesanal, le leyó más. Ana lo veía, hipnotizada por sus labios moviéndose, imaginando cómo sabrían. Este pendejo me tiene loca, neta. Quiero que me lea mientras me toca. La tensión crecía como la humedad en el aire antes de la lluvia. Sus manos se encontraron al pasar las páginas, dedos entrelazados, pulgares acariciando nudillos. "Ana, ¿sientes esto? Es como en mi historia", murmuró él, voz ronca.

Ella asintió, corazón latiendo como tambores de danzón. Se besaron por primera vez ahí, lento, explorando. Sus labios eran suaves, con gusto a mezcal ahumado y menta. Luis la levantó en brazos, fuerte como un toro de la charrería, y la llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. "Todo a tu ritmo, mi reina", dijo, ojos llenos de respeto. Ana se quitó la blusa, liberando sus senos plenos, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Él jadeó, "Qué chingona eres". Ella rio, tirando de su cinturón. "Muéstrame tu resurrección, carnal".

La habitación se llenó de sonidos: el crujir de la cama, respiraciones agitadas, piel chocando suave. Luis besó su cuello, lengua trazando venas pulsantes, bajando a sus pechos. Chupó un pezón, succionando con hambre devota, mientras su mano grande masajeaba el otro. Ana arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, qué rico!". Olía su aroma masculino, sudor limpio mezclado con colonia de sándalo. Sus dedos bajaron, abriendo sus labios vaginales hinchados, encontrándola empapada. "Estás chorreando por mí", gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

Ella lo volteó, montándolo a horcajadas. Su verga erecta, gruesa y venosa, latía contra su vientre. La tomó, guiándola a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. "¡Madre mía, qué grande!", exclamó, mientras cabalgaba, caderas girando en círculos sensuales. Luis agarró sus nalgas redondas, amasándolas, dejando marcas rojas de pasión. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con sus gemidos: "Más duro, pendejito, dame todo". Sudor corría por sus cuerpos, gotas saladas que lamía de su pecho, gusto a mar y hombre.

Esto es la secuela de la pasion de cristo que soñé, pero mejor, porque es real, consensual, nuestro.

La intensidad subió. Luis la puso de perrito, penetrándola profundo, bolas golpeando su clítoris. Ella se tocaba, círculos rápidos, mientras él tiraba de su cabello negro largo. "Ven conmigo, Ana, déjate ir". El orgasmo la golpeó como un rayo en el Popo: músculos contrayéndose, chorro caliente salpicando sábanas, grito ahogado en almohada. Él la siguió, gruñendo, llenándola con chorros calientes, semen espeso goteando por sus muslos. Colapsaron, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones sincronizadas.

En el afterglow, yacían envueltos en silencio roto solo por el zumbido del ventilador. Luis trazaba círculos en su espalda, besos suaves en la sien. "Eres mi Magdalena", susurró. Ana sonrió, sintiendo plenitud en el alma y el cuerpo. No hay cruz sin resurrección, y esta secuela de la pasion de cristo es solo el principio. Afuera, la ciudad bullía con luces neón y risas lejanas, pero adentro, habían encontrado su paraíso carnal. Se durmieron así, prometiendo más capítulos en su propia historia.

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