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Duelo de Pasiones Capitulo 10 Fuego en la Carne

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Duelo de Pasiones Capitulo 10 Fuego en la Carne

En las luces parpadeantes de la fiesta en Polanco, Ana sentía el pulso de la noche mexicana latiendo en sus venas. El aire cargado de jazmín y tequila reposado flotaba alrededor, mientras la banda tocaba un corrido caliente que hacía vibrar los cuerpos en la pista. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y cada paso resonaba con el clic-clac de sus tacones sobre el mármol pulido. Hacía meses que no veía a Diego, ese wey arrogante que la había dejado con el corazón hecho trizas en su duelo de pasiones, pero ahí estaba, recargado en la barra, con su camisa negra abierta mostrando el vello oscuro de su pecho y una sonrisa que prometía problemas.

Ana se acercó, el corazón martilleándole como tamborazo zacatecano. ¿Qué chingados hace aquí este pendejo? pensó, mientras el olor a su colonia especiada la golpeaba como un recuerdo prohibido. Él la vio venir, sus ojos cafés oscuros devorándola de arriba abajo, y levantó su vaso en un brindis silencioso.

¿Lista para otro round, reina?

Su voz grave, con ese acento chilango puro, le erizó la piel. Ana se plantó frente a él, oliendo el leve rastro de sudor mezclado con deseo en el aire cálido.

Neta, Diego, ¿no te cansas de perseguirme?

Él rio bajito, un sonido que vibraba en el estómago de ella como ronroneo de motor. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.

Es que tú eres mi vicio, Ana. Este duelo de pasiones capitulo 10 lo vamos a cerrar con todo.

Esas palabras la encendieron. Recordaba sus peleas pasadas, llenas de miradas que quemaban, toques casuales que dejaban huella. Pero esta vez, el odio se mezclaba con algo más crudo, más animal. Bailaron sin tocarse al principio, sus cuerpos girando en un ritual de provocación. El sudor perlaba la nuca de Ana, y cada roce accidental de sus caderas enviaba chispas por su espina dorsal. El sabor salado del tequila en su lengua se mezclaba con la anticipación, haciendo que su boca se secara.

La banda aceleró el ritmo, y Diego la jaló por la cintura. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en la construcción de sus sueños compartidos, se hundieron en la carne suave de sus caderas. Ana jadeó, sintiendo el bulto duro presionando contra su vientre. Órale, pensó, este cabrón no pierde el tiempo. El olor a piel caliente y excitación masculina la mareaba, mientras sus pechos se aplastaban contra el pecho firme de él. Sus labios se rozaron en un beso tentativo, probando, midiendo. Sabían a limón y picante, a noches perdidas en moteles de la Roma.

Se separaron solo para buscar un rincón oscuro del jardín, donde las buganvillas trepaban las paredes como testigos mudos. La luna llena bañaba todo en plata, y el zumbido de los grillos se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Diego la acorraló contra la pared áspera, sus dedos trazando la curva de su cuello, bajando hasta el escote donde su piel ardía.

Te deseo tanto que duele, carnal, murmuró él, su voz ronca como grava.

Ana lo miró, los ojos brillantes de reto y lujuria. Empújalo, grita que lo odias, pero su cuerpo gritaba otra cosa. Sus manos subieron por los muslos de él, sintiendo los músculos tensos bajo el pantalón. Lo jaló más cerca, mordiendo su labio inferior hasta saborear un hilo de sangre dulce.

Entonces demuéstramelo, pendejo. Hazme olvidar por qué te odio.

El beso que siguió fue una batalla. Lenguas guerreando, dientes chocando, saliva mezclándose en un festín húmedo. Diego deslizó la mano bajo el vestido, encontrando la tela húmeda de sus bragas. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por la noche. Sus dedos expertos rozaron el clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían arquearse. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por sus piernas temblorosas. Olía a ella misma, a excitación almizclada, y eso lo volvía loco.

La cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndola. Entraron a una habitación prestada en la casa de la fiesta, la puerta cerrándose con un clic que sonó a sentencia. La cama king size los recibió, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel febril. Diego la tumbó con gentileza feroz, quitándole el vestido en un tirón que rasgó un poco la tela. Ana rio, excitada por la rudeza consentida.

Mira nomás qué tetas tan ricas, mamacita, gruñó él, bajando la boca a un pezón rosado. Lo chupó con hambre, la lengua girando, dientes rozando lo justo para doler placer. Ana se arqueó, las uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos que olían a sudor fresco. Sus caderas se movían solas, buscando fricción contra la pierna de él.

Quítate eso ya, exigió ella, tirando de su cinturón. La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor satinado, el pulso rápido bajo la piel. La lamió desde la base, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo del precum. Diego maldijo en voz baja, chingada madre, sus caderas empujando instintivamente.

La volteó sobre él, montándola como amazona. Ana se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla estirándola, llenándola hasta el fondo. El roce interno era exquisito, cada vena frotando sus paredes sensibles. Empezó a cabalgar, lento al principio, el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose como música obscena. Sus pechos rebotaban, y Diego los atrapó, pellizcando pezones hasta que ella gritó de placer.

Más rápido, puta madre, jadeó él, las manos guiando sus caderas. Ana aceleró, el sudor chorreando por su espalda, goteando en el pecho de él. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con el perfume floral de las sábanas. Sus pensamientos eran un torbellino: Este wey me va a matar de gusto, neta que sí. La tensión crecía, un nudo en su vientre que se apretaba con cada embestida.

Diego la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas. Entró de golpe, profundo, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Ana enterró la cara en la almohada, mordiéndola para no gritar demasiado alto. El placer era cegador, oleadas que subían desde sus toes hasta la coronilla. Él la chingaba con ritmo implacable, una mano en su cadera, la otra bajando a frotar su botón hinchado.

Vente conmigo, corazón, suplicó él, su voz quebrada.

El orgasmo la golpeó como tsunami, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, jugos chorreando por sus muslos. Diego la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava fundida.

Colapsaron juntos, piel pegada a piel, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Diego la besó en la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones perezosos en su espalda.

Esto no acaba aquí, Ana. Nuestro duelo de pasiones apenas empieza.

Ella sonrió contra su pecho, el corazón lleno de una paz ardiente. Por primera vez, el duelo se sentía como victoria compartida. La noche los envolvió en su manto, prometiendo más capítulos de fuego inextinguible.

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