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Frases del Diario de una Pasión

6882 palabras

Frases del Diario de una Pasión

Querido diario, hoy conocí a Marco en esa fiesta en la Condesa. Neta, el wey me dejó con el corazón latiendo como tamborazo en carnaval. Sus ojos cafés profundos me miraban como si ya supiera todos mis secretos. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca mezclado con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Bailamos salsa, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, y sentí un cosquilleo que me bajó hasta las piernas. ¿Por qué carajos me pongo así con un pendejo que acabo de conocer? Me dijo "Ana, tienes una sonrisa que ilumina la noche entera". Qué cursi, pero qué rico escuchar eso.

Hoy empecé este diario para anotar frases del diario de una pasión que no puedo contarle a nadie. Porque esta que arde dentro de mí es solo mía, al menos por ahora.

Al día siguiente me mandó un mensaje: "Quiero verte de nuevo, mami". Fui a su depa en Polanco, con vistas al skyline de la ciudad. Entramos y el aire estaba cargado de expectativa. Me sirvió un mezcal ahumado, el vaso frío en mis manos sudadas. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, tan suave como su piel cuando rozó mi brazo. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la calle, de viajes a la playa en Oaxaca, de sueños locos. Su risa grave vibraba en mi pecho, y cada vez que se acercaba, olía a él, a hombre, a deseo contenido.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Mi mente gritaba tócalo ya, pero jugué a la lenta. Le conté de mi trabajo en la agencia de diseño, cómo a veces me frustro con los clientes pendejos. Él me escuchaba atento, su mano en mi rodilla subiendo despacito por el muslo. Sentí el calor de sus dedos a través de la falda ligera, y mi concha se humedeció al instante. "Marco, no seas malo", le dije riendo, pero mis pezones ya se endurecían contra la blusa de encaje.

De repente, me jaló hacia él y me besó. ¡Ay, wey! Sus labios carnosos, su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando el mezcal en mí. Gemí bajito, el sonido ahogado en su garganta. Sus manos me amasaron las nalgas, apretando con fuerza juguetona. "Eres deliciosa, Ana", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Lo empujé al sofá y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que ya palpitaba bajo los jeans.

Frase número dos: Su boca en mi piel es fuego líquido, quema y alivia al mismo tiempo.

Nos quitamos la ropa con urgencia, pero saboreando cada roce. Mi blusa voló, revelando mis tetas firmes que él lamió con devoción, chupando los pezones hasta que dolió de placer. "Qué chulas, pinche mami", gruñó, y yo reí, arqueándome. Bajé sus jeans y saqué su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La olí, a piel caliente, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Él jadeaba, "Sí, así, neta qué buena mamada das". Lo chupé profundo, mi saliva resbalando, sus caderas empujando suave contra mi garganta.

Pero quería más. Me puse de pie, me quité la tanga empapada y me abrí para él. "Cógeme, Marco, ya no aguanto". Se levantó, me cargó como pluma hasta la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas. Me tiró boca arriba, besando mi vientre, bajando hasta mi concha depilada. Su lengua caliente lamió mis labios hinchados, chupó el clítoris con succiones expertas. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de vidrio. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, mezclada con su aliento. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza.

"Ahora sí, cabrón", le dije jadeante, jalándolo arriba. Se puso condón –siempre responsable, qué chulo– y me penetró despacio. Su verga me llenó, estirándome delicioso, cada centímetro un éxtasis. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. "Te sientes como terciopelo caliente, Ana". Yo clavaba uñas en su espalda musculosa, sintiendo el sudor resbaloso, el slap slap de piel contra piel. Aceleró, mis tetas rebotando, el colchón crujiendo rítmicamente. Grité su nombre, él gruñía "pendeja rica, te voy a hacer mía".

En este diario de una pasión, anoto cómo su cuerpo se funde con el mío, como olas en la costa de Puerto Escondido.

Cambié de posición, me puse a cuatro patas, mi culo en pompa invitándolo. Me azotó suave, "qué nalgas perfectas", y entró de nuevo, profundo, golpeando mi cervix con cada embestida. El placer era eléctrico, rayos subiendo por mi espina. Alcancé mi clítoris, frotándolo mientras él me cogía como animalito salvaje. Sudábamos a chorros, el cuarto olía a sexo puro, a pasión desatada. "Me vengo, Marco, ¡ahí viene!", chillé, y mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, temblando, llenando el condón con chorros calientes que sentí palpitar.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón galopando al unísono con el mío. Me besó la frente, "Eres increíble, Ana. Esto no termina aquí". Reí bajito, trazando círculos en su abdomen marcado. El aire nocturno entraba por la ventana, fresco con aroma a jacarandas de la calle. Me sentía plena, empoderada, como si hubiera reclamado mi propio fuego.

Semanas después, esta pasión sigue ardiendo. Vamos a cenar a taquerías de lujo en Roma Norte, follamos en su auto estacionado con vista al Periférico, o en mi depa con velas de vainilla iluminando nuestras sombras danzantes. Cada encuentro es más intenso: la vez que me ató las manos con su corbata de seda, lamiéndome entera hasta que supliqué; o cuando lo monté en la ducha, el agua caliente resbalando por nuestros cuerpos, jabón haciendo todo resbaloso y pecaminoso.

Frase del día: En sus brazos, soy diosa y puta, reina y esclava voluntaria de este placer infinito.

A veces dudo, ¿y si es solo físico? Pero cuando me mira así, penetrándome no solo el cuerpo sino el alma, sé que es más. Hablamos de futuro, de viajes a la Riviera Maya, de enredarnos para siempre. Esta noche, mientras escribo, siento su semen seco en mis muslos –no usamos condón esta vez, confiamos mutuamente tras pruebas–. Mi piel aún hormiguea, pezones sensibles al roce de la sábana. El sabor de él persiste en mi boca, salado y adictivo.

Querido diario, estas frases del diario de una pasión son mi confesionario secreto. Marco me ha despertado algo dormido, un volcán de lava ardiente. No sé qué traiga mañana, pero por ahora, vivo en este éxtasis, piel con piel, alma con alma. Y qué chingón se siente.

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