Cita Biblica Sobre La Pasion De Cristo Que Enciende Mi Carne
Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino. Tenía la Biblia abierta en la mesa de centro, esa que mi abuelita me regaló antes de que se fuera al otro barrio. No soy de las que van a misa todos los domingos, pero a veces, cuando el mundo se siente pesado, agarro el libro y busco paz. Esa tarde, mis dedos hojearon hasta el Evangelio de Juan, y ahí la vi: una cita bíblica sobre la pasión de Cristo. "Consumado es", dijo Jesús en la cruz, antes de entregar el espíritu. Neta, esas palabras me pegaron duro. No solo por el dolor que describían, sino por algo más profundo, algo que me revolvió las tripas de una forma que no esperaba.
Me recargué en el sofá, sintiendo el cuero fresco contra mis muslos desnudos. Llevaba solo una playera holgada y panties de algodón, porque el calor de abril en México es de esos que te hace sudar hasta el alma. Cerré los ojos y repetí la cita en voz baja: Consumado es. La imaginé a Él, sufriendo, entregándose por completo. Pero en mi mente retorcida, no era solo sacrificio; era rendición total, un clímax de carne y espíritu. Mi piel se erizó, y un calor traicionero empezó a subir desde mi entrepierna.
¿Qué chingados me pasa? Esto es la Biblia, no un pinche porno, pensé, pero mi mano ya se había colado bajo la playera, rozando mi ombligo, bajando más.
Justo entonces, sonó el timbre. Era Marco, mi carnalito del alma, el wey que me hace perder la cabeza desde que nos conocimos en una fiesta en la Roma. Alto, moreno, con esos ojos cafés que te miran como si ya supieran todos tus secretos. Abrió la puerta con su llave –confianza total, ¿no?– y me vio ahí, desparramada, con la Biblia abierta y la cara roja como tomate.
—Órale, güey, ¿qué onda? ¿Estás rezando o qué? —dijo riendo, mientras dejaba su mochila en el piso y se acercaba.
Me incorporé rápido, pero él ya estaba a mi lado, oliendo a colonia fresca y a ese sudor ligero de quien viene caminando bajo el sol. —No mames, Marco, mira esto —le dije, señalando la página—. Encontré una cita bíblica sobre la pasión de Cristo. "Consumado es". ¿No te da escalofríos?
Él se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y leyó en voz alta. Su voz grave, ronca, hizo que las palabras vibraran en el aire. Consumado es. Sentí un pulso entre mis piernas, como si mi cuerpo respondiera por instinto. Marco levantó la vista, y en sus ojos vi que lo había calado igual. —Neta, carnala, eso suena a... no sé, a entrega total. Como cuando estamos tú y yo, ¿va?
Ahí empezó todo. Su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo. El tacto de sus dedos callosos –de tanto gym y trabajo en la obra– me hizo jadear. Olía a él, a hombre, mezclado con el aroma de mi piel que ya empezaba a humedecerse. Lo jalé hacia mí y lo besé, duro, con lengua, saboreando el salado de sus labios. Sus manos exploraron bajo mi playera, encontrando mis tetas firmes, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.
Nos fuimos al sillón, él encima, yo debajo, sintiendo su verga ya tiesa presionando contra mi panocha a través de la tela. —Te quiero tanto, pinche loca —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, junto con el tráfico lejano de la avenida.
Pero no era solo físico. En mi cabeza, la cita daba vueltas: consumado es. ¿Y si el sacrificio era placer? ¿Y si la pasión de Cristo era un fuego que purificaba a través del deseo? Marco se quitó la playera, mostrando ese pecho moreno, velludo justo donde me gusta. Yo lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, bajando hasta su abdomen marcado. Él jadeaba, —Sí, así, mi reina.
Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto almizclado que me vuelve loca. Marco gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. —No pares, wey, qué rico. Chupé más profundo, dejando que me follara la boca despacio, saliva corriendo por mi barbilla.
Pero quería más. Lo empujé al sofá y me quité los panties, mostrándole mi concha depilada, ya empapada, hinchada de ganas. Me senté a horcajadas sobre él, frotándome contra su verga, lubricándola con mis jugos. El roce era eléctrico, cada vena suya contra mi clítoris me hacía temblar. —Dime que me deseas como Él se entregó —le susurré, recordando la cita.
—Te deseo más que nada, carnala. Eres mi pasión —respondió, y me penetró de un solo empujón. Aaah, grité, sintiéndolo llenarme por completo, estirándome deliciosamente. Empecé a cabalgarlo, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera. El sonido chapoteante de mi humedad contra su piel, sus bolas golpeando mi culo, todo era sinfonía de lujuria.
La tensión crecía. Sudábamos como locos, el olor a sexo impregnaba el aire –ese almizcle dulce, terroso–. Marco me agarraba las nalgas, guiándome más rápido. Yo me inclinaba para besarlo, mordiéndole el labio, mientras mis tetas rebotaban contra su pecho. En mi mente, flashes: la cruz, el sudor de Cristo, pero transformado en éxtasis.
Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre, pulsando en mi clítoris.
Él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro patas en el sofá. Entró de nuevo, profundo, golpeando ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas. —Más fuerte, pendejo, rómpeme —le pedí, y él obedeció, embistiéndome como animal. Sus manos en mi cintura, el slap-slap de carne contra carne, mis gemidos convirtiéndose en gritos. Olía mi propia excitación, ese aroma femenino que lo enloquece.
La intensidad subía. Marco jadeaba al oído: —Voy a venirme, mi amor. Yo estaba al borde, mi coño contrayéndose alrededor de su verga. Recordé la cita: Consumado es. —¡Dilo! —grité.
—¡Consumado es! —rugió él, y se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome. Eso me llevó al límite. Mi orgasmo explotó, olas de placer sacudiéndome entera, piernas temblando, visión borrosa. Grité su nombre, clavándome en el sofá, mientras él seguía bombeando, prolongando el éxtasis.
Nos derrumbamos juntos, jadeantes, pegajosos de sudor y semen. Él me abrazó por detrás, besando mi hombro. El sol ya se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Sentí su verga ablandándose dentro de mí, un calor reconfortante. —Neta, esa cita bíblica sobre la pasión de Cristo nos prendió la mecha —dijo riendo bajito.
Yo sonreí, girándome para mirarlo. —Sí, wey. A veces, lo sagrado y lo carnal se mezclan chido. Nos quedamos así, enredados, escuchando nuestros corazones latir al unísono. No había culpa, solo paz profunda, como si hubiéramos consumado algo eterno. La Biblia seguía abierta en la mesa, testigo muda de nuestra entrega. Y supe que volveríamos a leerla, a buscar más fuego en esas palabras antiguas.