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Pasión por el Éxito

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Pasión por el Éxito

Ana caminaba por los pasillos relucientes de la torre de oficinas en Polanco, con el tacón de sus zapatos Louboutin resonando como un eco de su determinación. El aire acondicionado susurraba fresco contra su piel morena, perfumado con el aroma sutil de café gourmet y colonia cara. Llevaba un traje sastre negro ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote apenas insinuando el encaje de su brasier. Pasión por el éxito, se repetía en su mente como un mantra, mientras revisaba mentalmente los números del último trimestre. A sus 32 años, era la directora de marketing más joven en la firma, y no iba a dejar que nada la detuviera.

En la sala de juntas, Carlos la esperaba. Él era el socio principal, un hombre de 38 años con hombros anchos bajo la camisa blanca impecable, ojos oscuros que parecían devorar todo a su paso, y una sonrisa que prometía tanto tratos millonarios como noches inolvidables. Su colonia, un toque de Creed Aventus, flotaba en el aire como una invitación.

Neta, este wey es el pinche éxito andante. Si logro cerrar este pitch con él, mi carrera despega como cohete.
Ana sintió un cosquilleo en el estómago, no solo por la presentación, sino por la forma en que sus miradas se cruzaban, cargadas de esa electricidad que va más allá de los negocios.

La reunión empezó con gráficos proyectados en la pantalla gigante, voces firmes discutiendo estrategias. Pero bajo la mesa de caoba, los pies de Ana rozaron accidentalmente la pantorrilla de Carlos. Él no se apartó. Al contrario, su zapato italiano respondió con un roce deliberado, lento, subiendo por su tobillo. El corazón de Ana latió fuerte, el pulso acelerándose como si estuviera corriendo una maratón. ¿Es esto parte del juego? ¿O solo mi imaginación calienta como tamal en comal? Terminaron el pitch con aplausos virtuales de los juniors en Zoom, pero la tensión real estaba entre ellos dos.

Después, solos en la sala, Carlos se acercó con dos copas de tequila reposado de la barra privada. El líquido ámbar brillaba bajo las luces LED, su aroma ahumado llenando el espacio. "Ana, tu pasión por el éxito es contagiosa. Me hace querer más que solo números", dijo él, su voz grave como un ronroneo. Ella tomó un sorbo, el tequila quemando dulce en su lengua, y respondió: "Tú tampoco te quedas atrás, carnal. Ese fuego tuyo me prende". Sus manos se rozaron al brindar, piel contra piel, cálida y suave. El primer beso fue inevitable, labios encontrándose con hambre contenida, el sabor del tequila mezclándose con el suyo propio, salado y dulce.

La mano de Carlos subió por su espalda, desabrochando con destreza la cremallera del traje. Ana jadeó contra su boca, el sonido ahogado por el beso profundo. Cayeron sobre el sofá de cuero negro, el material crujiendo bajo su peso. Ella lo despojó de la camisa, revelando un torso esculpido por horas en el gym de Reforma, pectorales firmes salpicados de vello oscuro. Sus uñas arañaron ligeramente, sintiendo los músculos tensarse bajo su toque. Chingado, qué delicia. Esto es éxito puro, piel con piel. Él besó su cuello, inhalando el perfume de vainilla y jazmín de su piel, mordisqueando suave hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo bajito: "¡Ay, wey, no pares!"

Las luces de la ciudad parpadeaban a través de los ventanales del piso 25, un mar de neones rosas y azules testigo mudo de su escalada. Carlos deslizó la falda de Ana por sus caderas anchas, exponiendo las ligas de sus medias de seda negra. Sus dedos trazaron la piel de sus muslos, suaves como terciopelo, subiendo hasta el calor húmedo entre sus piernas. Ella tembló, el roce enviando ondas de placer que le erizaban la piel. "Estás chingona, Ana. Tan mojada por mí", murmuró él, su aliento caliente contra su oreja. Ella respondió abriendo sus piernas, invitándolo: "Ven, muéstrame tu éxito, pendejo ambicioso".

Él se arrodilló, besando el interior de sus muslos, la lengua lamiendo lento hasta llegar a su centro. El primer toque fue eléctrico, Ana gritando suave mientras su lengua exploraba pliegues hinchados, saboreando su esencia salada y dulce como mango maduro. El sonido de su succionar húmedo llenaba la sala, mezclado con sus gemidos roncos: "¡Sí, así, cabrón! Come me toda". Sus caderas se movían al ritmo, manos enredadas en su cabello negro, tirando suave. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, jugos fluyendo sobre la lengua de él, el aroma almizclado de su arousal impregnando el aire.

Pero no pararon. Ana lo empujó contra el sofá, montándolo con ferocidad. Desabrochó su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante de deseo. La piel caliente en su palma, el pulso latiendo contra sus dedos. Se la metió en la boca primero, chupando profundo, lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado. Carlos gruñó, manos en su cabeza: "¡Puta madre, qué boca tan rica!". Ella lo miró con ojos ardientes, sintiendo el poder de tenerlo así, jadeante y a su merced.

Luego, se posicionó sobre él, bajando lento, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndolo como guante de terciopelo húmedo. El estiramiento la llenó por completo, placer punzante que la hizo gemir largo. Comenzaron a moverse, ella cabalgando con ritmo experto, pechos rebotando libres del brasier desechado, pezones duros rozando su pecho. El slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos, mezclando sales en besos fieros.

Esto es mi pasión por el éxito hecha carne. Cada embestida me acerca más arriba, más lejos.
Carlos la sujetaba por las nalgas redondas, amasándolas, dedos hundiéndose en la carne suave mientras empujaba arriba, golpeando profundo su punto G.

La intensidad creció, respiraciones entrecortadas, gemidos convirtiéndose en gritos. "¡Más duro, Carlos! ¡Dame todo tu éxito!", exigía ella, uñas clavándose en sus hombros. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá, el cuero pegajoso contra sus rodillas. Entró de nuevo, embistiendo con fuerza animal, bolas golpeando su clítoris hinchado. El olor a sexo crudo, sudor y tequila dominaba, vista de su espalda arqueada, culo perfecto moviéndose al ritmo. Ana se tocó el clítoris, círculos rápidos, el placer acumulándose como tormenta.

Explotaron juntos. Él gruñó profundo, llenándola con chorros calientes que la bañaron por dentro, su coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo hasta la última gota. Ella gritó su nombre, visión nublada por estrellas, cuerpo temblando en olas interminables. Colapsaron, él aún dentro, abrazados sudorosos, corazones galopando al unísono. El silencio post-orgasmo roto solo por sus respiraciones calmándose, el skyline de CDMX brillando indiferente.

Después, envueltos en una manta de la sala de juntas, tomaron más tequila. Carlos besó su frente: "Eres imparable, Ana. Esta pasión por el éxito nos va a llevar lejos". Ella sonrió, mano trazando su pecho: "Juntos, wey. Esto es solo el principio". Sintió una paz profunda, no solo saciada físicamente, sino emocionalmente completa. Su carrera, su deseo, todo convergía en ese momento. Mañana volverían a ser profesionales, pero la llama ardía, lista para más conquistas.

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