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Canciones Sensuales de la Telenovela Pasion y Poder

5933 palabras

Canciones Sensuales de la Telenovela Pasion y Poder

Estaba tirada en el sofá de mi depa en la Roma, con las luces bajitas y el olor a tacos de suadero flotando del plato que acabábamos de devorar. Marco, mi carnal del alma, mi morro que me volvía loca con solo una mirada, se recargaba a mi lado, su brazo musculoso rodeándome la cintura. Afuera, la ciudad bullía con ese ruido eterno de cláxones y risas de borrachos, pero adentro, solo existía el mundo de la telenovela Pasión y Poder. La tele escupía drama puro: traiciones, amores imposibles, y de repente, empezaron a sonar las canciones de la telenovela Pasión y Poder. Esa melodía ranchera con toques de bolero, la voz ronca de la cantante principal, se coló en mis venas como tequila puro.

Qué chingón se ve Arturo con esa camisa desabotonada, pensé, mordiéndome el labio mientras el protagonista besaba a la villana en una escena que olía a sexo reprimido. Sentí el calor subiendo por mis muslos, mi piel erizándose bajo la blusa ligera de algodón. Marco notó mi respiración agitada, su mano grande y callosa se deslizó por mi pierna, rozando apenas la piel suave de mi rodilla. Neta, wey, ya me estás poniendo caliente, le dije en voz baja, girándome para mirarlo. Sus ojos cafés brillaban con picardía, ese fuego que siempre me hacía derretir.

La canción seguía sonando, esa letra de pasión desbordada, de cuerpos que se buscan en la noche. "Ven, acércate más", murmuró Marco, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a cerveza y a él mismo, ese aroma masculino que me volvía loca. Me jaló hacia su regazo, y ahí, sintiendo su dureza presionando contra mis nalgas, el deseo explotó como piñata en fiesta. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando al ritmo de las canciones de la telenovela Pasión y Poder. Su boca sabía a sal y a promesas, sus manos expertas subiendo por mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos de anticipación.

Me separé un segundo, jadeando, para quitarle la playera. Su pecho ancho, bronceado por las tardes de fut en el parque, se reveló ante mí, con ese vello oscuro que invitaba a ser tocado. Lo recorrí con las yemas de los dedos, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la piel caliente.

Chingado, qué rico se siente esto. Quiero devorarlo entero
, pensé mientras bajaba la cabeza y lamía un pezón, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Marco gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, y me volteó boca arriba en el sofá, su cuerpo cubriendo el mío como una manta pesada y deliciosa.

Acto segundo de nuestra propia telenovela privada. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros de humedad que se enfriaban al aire y me erizaban más. Olía a su loción barata, mezclada con el almizcle de su excitación creciente. "Eres mi reina, Ana, mi todo", susurró contra mi clavícula, y esas palabras, neta, me mojaron tanto que sentí el calor líquido entre mis piernas. Le quité los jeans con urgencia, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como resorte. La tomé en mi mano, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero, el calor irradiando a mi palma. La apreté suave, arriba y abajo, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con la siguiente canción de la novela, esa balada de amor posesivo.

No aguanto más, wey. Fóllame ya. Pero él, pícaro, quería alargar el juego. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando mis panties empapadas. "Estás chorreando, mamacita", dijo con voz grave, y metió un dedo adentro, curvándolo justo donde dolía de placer. Grité bajito, arqueándome, el sonido de mi humedad chasqueando en el aire cargado. Lamí su cuello, mordí su oreja, mientras él agregaba otro dedo, bombeando lento, torturándome. El sofá crujía bajo nosotros, el olor a sexo empezaba a impregnar la sala, dulce y animal. La tele seguía con su drama, pero ya nadie la veía; las canciones eran nuestro soundtrack, impulsando el ritmo de nuestros cuerpos.

Lo empujé hacia atrás, queriendo tomar control. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi panocha contra su verga, sintiendo cada vena, cada pulso. "Mírame, Marco. Quiero que veas cómo te monto". Bajé despacio, empalándome en él centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me arrancó un aullido. Estábamos conectados, piel con piel, sudor mezclándose. Empecé a moverme, arriba abajo, mis tetas rebotando libres ahora que la blusa estaba en el piso. Él las atrapó con sus manos, pellizcando pezones duros como piedras, enviando chispas directas a mi centro.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Aceleré, cabalgándolo fuerte, el slap-slap de carne contra carne ahogando las canciones de la telenovela. Su aliento entrecortado en mi oído, "Me vengo, Ana, chingado", y eso me lanzó al borde. Sentí las contracciones empezando, mi interior apretándolo como puño, olas de placer rompiéndome en pedazos. Grité su nombre, temblando, mientras él se vaciaba dentro de mí con un rugido primal, caliente y abundante.

Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. La canción final de las canciones de la telenovela Pasión y Poder cerraba el capítulo en la tele, pero nosotros seguíamos enredados, su mano acariciando mi cabello revuelto. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a hogar. Esto es lo que necesitaba, neta. Pasión real, no de novela, pensé mientras besaba su pecho, oyendo su corazón volver a normal.

Nos quedamos así un rato, riendo bajito de lo intenso que había sido. "Eres una diosa, wey", murmuró él, y yo sonreí, sintiendo esa conexión profunda que va más allá de los cuerpos. La noche seguía afuera, pero adentro, todo era paz y promesas. Mañana veríamos más de la novela, pero esta pasión, esta nuestra, era irremplazable.

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