El Diario de una Pasion Imagenes
Querido diario, hoy encontré el diario de una pasion imagenes que dejé olvidado hace meses en el cajón de mi buró. Esas páginas amarillentas llenas de fotos polaroid que capturan mis momentos más calientes con él. Órale, qué chido revivirlo todo. Me siento en mi cama en este depa chiquito pero cozy en la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas, y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Mi piel ya se eriza solo de pensarlo. Voy a escribirlo todo de nuevo, como si fuera la primera vez, para que estas imágenes cobren vida otra vez.
Todo empezó hace seis meses en una fiesta en la Condesa. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera y harta de la rutina de oficina en Polanco. Vestida con un vestido negro ajustadito que me hacía sentir rica, mis chichis al aire libre casi, y unos tacones que me elevaban el culo como diosa. La música reggaetón retumbaba, bailando perreo con unas cuates, sudando un poquito, el sudor perlándome el cuello. De repente, lo vi: Carlos, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que grita "pendejo pero chulo". Ojos cafés intensos, brazos tatuados que se marcaban bajo la camisa blanca. Me miró fijo, como si ya me estuviera desnudando con la vista. Sentí un cosquilleo en el estómago, neta, como mariposas locas volando directo a mi entrepierna.
Imagen 1: Polaroid borrosa de la fiesta. Mi mano en su pecho, su aliento caliente en mi oreja mientras bailamos pegaditos. El flash capturó el brillo de sudor en su piel morena.
Se acercó bailando, su cuerpo pegándose al mío al ritmo del dembow. "¿Qué onda, preciosa? ¿Bailamos o qué?", me dijo con esa voz ronca que me puso la piel chinita. Su mano en mi cintura, fuerte pero suave, oliendo a colonia fresca mezclada con hombre. Bailamos horas, cuerpos rozándose, su verga ya medio dura contra mi nalga. Cada roce era fuego: el calor de su piel a través de la tela, el sonido de su risa grave en mi oído, el sabor salado cuando accidentalmente lamí su cuello sudado. Al final de la noche, me invitó a su casa en la Juárez. "Vamos a platicar un rato, ¿va?" Neta, sabía que no era solo platicar. Mi concha ya palpitaba, mojada de anticipación.
Llegamos a su depa, luces tenues, jazz suave de fondo. Me sirvió un tequila reposado, el aroma ahumado llenando la sala. Nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sentía el calor irradiando de su muslo al mío. Hablamos de todo: de la pinche vida en la ciudad, de sueños locos, de cómo el deseo nos come vivos. Sus ojos devorándome, yo mordiéndome el labio. La tensión crecía como tormenta: mi corazón latiendo fuerte, el pulso en mis sienes, el olor a su excitación mezclándose con el tequila en mi nariz. "Eres una tentación, Ana", murmuró, su mano subiendo por mi muslo despacito.
Imagen 2: Nosotros en el sofá, mi falda subida, su mano desapareciendo bajo ella. Mi cara de placer puro, ojos entrecerrados, labios entreabiertos jadeando.
Lo besé primero, empoderada, tomando el control. Sus labios carnosos, su lengua explorando mi boca con hambre. Saboreé el tequila en él, salado y dulce. Mis manos en su pelo negro revuelto, tirando suave. Se levantó conmigo en brazos, mis piernas envolviéndolo, camino al cuarto. La cama king size, sábanas de algodón fresco. Me tiró suave, riendo. "Quítate eso, güey, quiero verte toda". Me desvestí lento, provocándolo: el vestido cayendo, revelando mis tetas firmes, pezones duros como piedritas. Él se quitó la camisa, mostrando ese torso marcado, abdominales que quise lamer. Su pantalón bajó, y ahí estaba su verga tiesa, gruesa, venosa, apuntándome. Olía a macho puro, a deseo crudo.
Me tumbó, besos bajando por mi cuello, chupando mis chichis. Cada lamida era éxtasis: lengua caliente rodeando el pezón, dientes mordisqueando suave. Gemí bajito, "¡Ay, cabrón, qué rico!". Sus manos masajeando mis caderas, bajando a mi panocha empapada. Dedos hábiles abriendo mis labios, rozando el clítoris hinchado. El sonido chapoteante de mi humedad, el aire cargado de mi aroma almizclado. Me arqueé, uñas clavándose en su espalda. Él lamió bajito, lengua en mi ombligo, en mis ingles. "Estás chorreando, nena", gruñó. Llegó a mi concha, labios succionando mi clítoris, lengua metiéndose adentro. Saboreé mi propio jugo en su boca después, besándolo feroz.
Imagen 3: Su cabeza entre mis piernas, mi mano agarrando las sábanas, piernas temblando. El flash iluminó mi cara extasiada, sudor brillando.
Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga en mi mano, dura como hierro, piel suave aterciopelada. La chupé despacio, lengua en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él jadeaba, "¡Pinche rica, trágatela!". La metí hondo, garganta relajada, bolas en mi mano. El olor de su pubis, vello negro rizado. Se retorcía, manos en mi cabeza guiando sin forzar. Me subí encima, frotando su verga contra mi raja mojada. "Métemela ya, Carlos", supliqué. Se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Llenándome total, golpeando profundo. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. Sonidos de piel contra piel, ¡plaf plaf!, gemidos mezclados: míos agudos, suyos guturales.
Cambié de posición, él atrás, perrito. Manos en mis caderas, embistiéndome duro. Cada estocada rozaba mi punto G, fuego subiendo. El espejo del clóset reflejaba todo: mi culo rojo de nalgadas juguetonas, su cara de placer animal. Olía a sexo puro, a sudor, a el diario de una pasion imagenes cobrando vida. Me volteó de nuevo, misionero, piernas en sus hombros. Besos mientras me follaba intenso, clítoris frotándose en su pubis. El clímax se acercaba: mi concha contrayéndose, pulsos acelerados. "¡Me vengo, cabrón!" Grité, olas de placer rompiéndome, jugos chorreando. Él gruñó, "¡Yo también, Ana!", llenándome de leche caliente, espasmos compartidos.
Imagen 4: Post-sexo, cuerpos entrelazados, semen goteando de mi panocha, sonrisas satisfechas. Su mano en mi teta, mi cabeza en su pecho.
Quedamos jadeando, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El aire espeso con olor a corrida y sudor dulce. Me acurruqué en él, su brazo rodeándome protector. "Eres increíble, nena", susurró, besando mi frente. Hablamos bajito, riendo de lo intenso. No fue solo sexo; fue conexión, deseo mutuo que nos empoderó. Esa noche dormimos pegados, su calor envolviéndome como manta.
Desde entonces, seguimos viéndonos, cada encuentro más ardiente. El diario de una pasion imagenes crece con nuevas polaroids: en la playa de Puerto Vallarta, su lengua en mi clítoris bajo las estrellas; en la regadera, agua caliente mientras me penetra de pie. Cada imagen revive sensaciones: el tacto de su piel áspera, el sabor de su piel salada, el sonido de mis gemidos ecoando. Reflexiono aquí, en mi cama sola ahora, dedo trazando las fotos. Carlos viaja por trabajo, pero sé que volverá. Esta pasión no se apaga; arde eterna. Neta, qué chingón es sentirse viva así, deseada y dueña de mi placer. Mañana saco la cámara para la próxima imagen.