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Abismo de Pasión Capítulo 10 El Vórtice del Deseo

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Abismo de Pasión Capítulo 10 El Vórtice del Deseo

La noche en la playa de Puerto Vallarta envolvía todo con su manto salino y cálido. Ana caminaba descalza por la arena aún tibia del sol poniente, el sonido de las olas rompiendo como un susurro constante que le aceleraba el pulso. Hacía semanas que no veía a Javier, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Su ausencia había sido un tormento, un abismo de pasión que la dejaba inquieta, soñando con sus manos ásperas recorriéndole la piel.

Él la esperaba junto a una fogata improvisada, su silueta recortada contra el fuego crepitante. Llevaba una camisa blanca abierta, dejando ver el vello oscuro de su pecho, y unos jeans ajustados que marcaban cada músculo de sus piernas. Cuando la vio acercarse, sus ojos se encendieron como brasas. —Órale, mi reina, ya extrañaba ese culito meneándose así —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Ana se detuvo a unos pasos, mordiéndose el labio inferior. El olor a mar se mezclaba con el humo ahumado de la leña y un leve aroma a coco de su loción. ¿Por qué siempre me hace sentir como una chava primeriza? Neta, este pendejo me tiene en las nubes. Se acercó despacio, sintiendo la arena fina colándose entre sus dedos, y él la jaló por la cintura, pegándola a su cuerpo duro.

—Te juro que no aguanto más sin ti —murmuró Javier contra su cuello, inhalando su perfume floral mezclado con sudor salado. Sus labios rozaron la curva de su oreja, enviando chispas por su espina dorsal. Ana soltó un gemido bajo, sus manos subiendo por su espalda, clavando las uñas en la tela de la camisa.

El beso empezó suave, como una ola que lame la orilla, pero pronto se volvió voraz. Lenguas danzando, saboreando el tequila que él había bebido antes, un toque dulce y ardiente. Ella sintió su erección presionando contra su vientre, dura y prometedora, y un calor líquido se extendió entre sus muslos. Esto es el Capítulo 10 de nuestro abismo de pasión, pensó, donde todo explota.

Se apartaron lo justo para caminar hacia la cabaña de playa que habían rentado, una choza de palapas con vistas al Pacífico. Adentro, el aire estaba cargado de jazmín y brisa marina. Javier encendió unas velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de bambú. Ana se quitó el vestido ligero de un tirón, quedando en lencería negra que contrastaba con su piel morena. Él la miró como si fuera un banquete, los ojos recorriendo sus curvas generosas: pechos llenos, caderas anchas, piernas torneadas por el yoga.

—Mírate, chula, estás pa’ comerte viva —gruñó, quitándose la camisa con urgencia. Su torso era un mapa de músculos trabajados en el gym y el mar, con una cicatriz leve en el abdomen que ella adoraba lamer.

Ana se recargó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra su piel. Lo jaló hacia ella, pero Javier se arrodilló primero, besando sus tobillos, subiendo por pantorrillas, muslos. Cada roce de sus labios era fuego, su barba incipiente raspando deliciosamente. Cuando llegó a su entrepierna, separó las bragas con los dientes, inhalando su aroma almizclado de excitación. ¡Ay, Dios! Su lengua ahí me va a matar.

Él lamió despacio, saboreando su humedad salada y dulce, el clítoris hinchado respondiendo a cada vuelta. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto, el sonido ahogado por el rumor de las olas afuera. Sus dedos se enredaron en el pelo negro y revuelto de Javier, guiándolo más profundo. —Sí, así, cabrón, no pares... me tienes empapada. El placer subía en oleadas, tensando sus músculos, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, jadeante, con estrellas detrás de los párpados cerrados.

Pero no era suficiente. Javier se incorporó, desnudándose por completo. Su verga gruesa y venosa palpitaba, la punta brillando con precúm. Ana se lamió los labios, incorporándose para tomarlo en la boca. El sabor salado y masculino la embriagó; lo chupó con avidez, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus bolas pesadas. Él gruñó, caderas empujando suave, —Qué rico chupas, mi amor, eres la mejor.

La tensión crecía como una tormenta. Ana lo empujó sobre la cama, montándolo a horcajadas. Se frotó contra él, lubricándose con su propia excitación, antes de empalarse despacio. Sentirlo entrar, estirándome, llenándome por completo... neta, esto es el paraíso. Empezó a moverse, vaivén lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. El slap de piel contra piel se mezclaba con sus jadeos y el crujir de la cama.

Javier agarró sus caderas, guiándola más rápido, sus pulgares presionando el hueso ilíaco. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus pechos. Él se incorporó para mamarle un pezón, dientes rozando la areola endurecida, succionando hasta que ella gritó de placer. —Más duro, Javier, rómpeme... Aceleraron, el ritmo frenético, sus respiraciones sincronizadas en gemidos guturales. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, fluidos, esencia pura de deseo.

En su mente, Ana revivía sus encuentros pasados, este abismo de pasión capítulo 10 coronando meses de anhelo.

¿Cuánto más puedo caer en este pozo? ¿Y por qué querría salir?
Javier la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo con fuerza, embistiendo profundo, sus bolas golpeando su clítoris. Cada thrust era un trueno, enviando ondas de éxtasis por su cuerpo. Ella se tocó el clítoris, círculos rápidos, mientras él la follaba sin piedad, pero siempre atento a sus señales, preguntando —¿Así te gusta, reina?

El clímax los alcanzó juntos. Ana se convulsionó primero, paredes contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre al mar. Javier se corrió segundos después, caliente y abundante, llenándola hasta rebosar. Colapsaron en un enredo de extremidades, pulsos latiendo al unísono, pieles pegajosas de sudor y semen.

La afterglow fue tierna. Javier la abrazó por detrás, besando su nuca húmeda, mientras las olas seguían su concierto eterno. Ana giró el rostro, sonriendo perezosa. —Eres mi vicio, pendejo. No sé qué haré sin ti.

—No pienses en eso ahora —susurró él, dedos trazando círculos en su vientre—. Esto es nuestro, puro fuego mexicano.

Se quedaron así hasta que el sueño los venció, envueltos en el aroma persistente de su unión. Mañana sería otro día, pero esta noche, en el abismo de pasión, habían encontrado su cielo. El capítulo 10 cerraba con promesas de más, un vórtice que no querían abandonar jamás.

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