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Diario de una Pasion Escena

6567 palabras

Diario de una Pasion Escena

Querido diario de una pasion escena, hoy no puedo contenerme. Tengo que plasmarlo todo aquí, palabra por palabra, porque lo que pasó anoche con Marco me dejó temblando de pies a cabeza. Neta, carnal, fue como si el mundo se detuviera solo para nosotros dos. Vivo en este depa chido en Polanco, con vista al skyline de la CDMX, y él llegó puntualísimo, con esa sonrisa pícara que me derrite. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y olía a esa colonia amaderada que me pone loca, como tierra mojada después de la lluvia.

Lo recibí con un abrazo fuerte, sintiendo su calor contra mi piel. Yo me había puesto ese vestidito negro que me hace ver como diosa, ceñido a las curvas, sin bra, nomás para provocarlo. "¿Qué onda, guapo?", le dije juguetona, rozando mis labios en su cuello. Él me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas de tanto gym, y murmuró: "Mamacita, hoy te voy a hacer mía de verdad". Ese tono ronco, grave, me erizó la piel. Nos besamos en la entrada, lento al principio, saboreando el whisky que traía en la boca, dulce y ardiente.

Pensé: Chingao, este wey sabe cómo encender el fuego. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera.

Lo jalé al sofá de la sala, donde las luces tenues de la ciudad filtraban por las cortinas. Nos sentamos pegaditos, sus muslos duros contra los míos. Hablamos pendejadas al rato, de la chamba estresante, del tráfico infernal de Reforma, pero sus ojos no dejaban los míos. Sus dedos trazaban círculos en mi rodilla, subiendo despacito por el muslo. Yo me mordí el labio, conteniendo el gemido que quería salir. "Marco, no seas mamón, me estás volviendo loca", le susurré, y él rio bajito, ese sonido que vibra en el pecho como motor encendido.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Lo empujé suave contra los cojines y me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Olía a sudor fresco mezclado con su esencia masculina, ese aroma que grita deseo puro. Mis tetas rozaban su torso mientras lo besaba con hambre, lenguas enredándose, saliva tibia intercambiándose. Él metió las manos por debajo del vestido, apretando mis nalgas con fuerza, amasándolas como panadero experto. "Qué rico te sientes, Ana", gruñó, y yo respondí arqueándome, gimiendo bajito.

Nos quitamos la ropa con urgencia juguetona, riendo cuando mi vestido se atoró en la cabeza. Quedé en tanguita de encaje rojo, él en bóxers que apenas contenían su paquete. Su piel bronceada brillaba bajo la luz, músculos tensos como cables. Lo besé por todo el pecho, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el ombligo. Él jadeaba, sus manos enredadas en mi pelo. "Sigue, morrita, no pares". Yo sonreí maliciosa, bajando más, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce.

En mi mente gritaba: Esto es el paraíso, wey. Su sabor me volvía adicta, como tamal bien sazonado.

Marco me levantó como pluma, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas contra nuestra piel hirviente. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro: cuello, clavículas, senos. Chupó mis pezones duros como piedras, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí fuerte, arqueando la espalda, oliendo el jazmín de mi perfume mezclado con nuestro sudor. Sus dedos bajaron, rozando mi tanga empapada. "Estás chorreando, preciosa", dijo con voz ronca, y yo asentí, abriendo las piernas. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G, moviéndose con ritmo experto. El sonido húmedo de mi coño era obsceno, delicioso, como lluvia en charco.

La intensidad subía, mis caderas se movían solas contra su mano. "Más, carnal, fóllame ya", rogué, clavando uñas en su espalda. Él sacó los dedos, brillantes de mis jugos, y me los metió en la boca para que probara. Dulce, salado, mío. Se puso condón rápido –siempre responsable, mi héroe– y se posicionó. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Gritamos juntos, sincronizados. Empezó a bombear, lento primero, profundo, chocando pelvis contra pelvis con palmadas húmedas.

El cuarto se llenó de nuestros sonidos: jadeos, gemidos, la cama crujiendo como vieja guitarra. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, rebotando fuerte, mis tetas saltando, clítoris rozando su pubis. "¡Sí, así, Ana, qué chingona!", gritaba él, ojos vidriosos de placer. Yo sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el Pacífico, apretando mis músculos internos alrededor de su verga.

Internamente: No aguanto más, va a explotar todo. Este es mi diario de una pasion escena que recordaré siempre.

Me vine primero, un estallido cegador, gritando su nombre, temblores sacudiendo mi cuerpo, chorros calientes mojando sus bolas. Él me siguió segundos después, gruñendo como león, hinchándose dentro de mí, llenando el condón con chorros potentes. Colapsamos juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, oliendo a sexo puro, a nosotros.

Después, en la afterglow, nos quedamos así un rato eterno. Él trazaba patrones en mi espalda con dedos flojos, yo escuchando su corazón calmarse. "Eres increíble, Ana. Neta, no hay como tú", murmuró, y yo sonreí contra su pecho. Pedimos tacos de la esquina –al pastor con piña bien jugosa– y comimos desnudos en la cama, riendo de tonterías, salsa chorreando por mis tetas para que él la lamiera. Ese momento de paz, de conexión más allá de lo físico, me llenó el alma.

Ahora, sola en la cama con olor a él todavía impregnado en las sábanas, escribo esto. Mi diario de una pasion escena guarda este secreto ardiente. ¿Vendrá de nuevo pronto? Chingao, espero que sí. Porque con Marco, cada encuentro es fuego puro, consensual, empoderador. Me hace sentir reina, deseada, viva. Mañana será otro día, pero esta noche... inolvidable.

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