Antónimo de Pasión
La fiesta en la casa de Polanco estaba a todo lo que daba. El aire olía a tequila reposado mezclado con el perfume caro de las chavas que bailaban pegaditas a los cuates. Luces neón parpadeaban al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes, y el calor de tantos cuerpos sudados hacía que mi blusa se pegara a la piel como una segunda capa. Me serví un caballito de José Cuervo, sintiendo el ardor bajar por la garganta, y escaneé la recámara buscando algo interesante. Ahí lo vi: alto, moreno, con esa mirada fría que parecía decir me vale madres.
Se llamaba Diego, lo supe después porque una amiga me lo presentó. Estaba recargado en la pared, con una chela en la mano, observando todo como si fuera un pendejo ajeno al desmadre.
"¿Qué onda, Diego? ¿No bailas?",le pregunté, acercándome con una sonrisa coqueta. Él me miró de arriba abajo, sin inmutarse.
"Nah, no es lo mío. ¿Y tú?"Su voz era grave, como un ronroneo disimulado, pero sus ojos no brillaban con ese fuego que busco en los hombres. Pensé: este carnal es el antónimo de pasión, puro hielo envuelto en traje. Aun así, algo en su mandíbula cuadrada y en el olor a colonia masculina que emanaba de él me picó la curiosidad.
Charlamos un rato. Habló de su chamba en una firma de abogados en Reforma, de cómo odiaba las fiestas pero su carnal lo había arrastrado. Yo le conté de mi vida como diseñadora gráfica freelance, de cómo amaba el desmadre de la CDMX pero necesitaba de vez en cuando un respiro. Él asentía, pero sin esa chispa, sin el coqueteo que hace que el pulso se acelere. ¿Por qué carajos me atrae tanto este tipo si parece un témpano? Me pregunté mientras rozaba su brazo accidentalmente al gesticular. Su piel estaba cálida, contrastando con esa actitud de me la suda.
La noche avanzaba y el alcohol me soltaba las riendas. La música cambió a un reggaetón pesado, y lo jalé de la mano.
"¡Vamos, no seas fresa! Un bailito nomás."Se dejó llevar, pero sus movimientos eran rígidos, como si calculara cada paso. Nuestros cuerpos se rozaron, mi cadera contra la suya, y sentí un bulto sutil endurecerse bajo sus jeans. Ahí está, pensé, el antónimo de pasión tiene su lado salvaje escondido. Su aliento en mi cuello olía a cerveza y menta, y un escalofrío me recorrió la espina cuando su mano se posó en mi cintura, firme pero sin urgencia.
Acto dos: la chispa enciende el fuego
Salimos a la terraza para fumar un cigarro. El skyline de la ciudad brillaba con las luces de los rascacielos, y el viento fresco traía el aroma de jacarandas lejanas. Nos sentamos en unas sillas de mimbre, nuestras rodillas tocándose.
"Sabes, pareces el antónimo de pasión",le solté de frente, riéndome bajito. Él arqueó una ceja, y por primera vez vi un destello en sus ojos oscuros.
"¿Y eso qué significa? ¿Que soy aburrido?"Negué con la cabeza, acercándome más.
"No, que escondes algo chingón debajo de esa coraza. Me intriga."
Su mano subió por mi muslo, lenta, explorando la piel desnuda bajo mi falda corta. El roce era eléctrico, como si sus dedos dejaran rastros de calor en mi carne. Mi corazón latía desbocado, y el calor entre mis piernas empezó a humedecerme. Neta, este wey me va a volver loca, pensé mientras lo besaba. Sus labios eran suaves al principio, probando, pero pronto se volvieron hambrientos. Su lengua invadió mi boca con sabor a sal y deseo reprimido, y gemí contra él cuando mordió mi labio inferior.
Nos levantamos y entramos a una recámara vacía que alguien había dejado entreabierta. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior se desvaneció. Diego me empujó contra la pared, sus manos desabotonando mi blusa con urgencia contenida. Sentí sus palmas callosas rozar mis pechos, endureciendo mis pezones al instante.
"Eres una chava cabrona",murmuró, su voz ronca mientras lamía mi cuello, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume de vainilla. Yo le arañé la espalda por encima de la camisa, sintiendo los músculos tensos debajo.
Caímos en la cama king size, un colchón mullido que crujió bajo nuestro peso. Le quité la camisa, revelando un torso definido, con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen. Olía a sudor limpio y hombre, un aroma que me mareaba. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. ¡Qué chulada! La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Me puse de rodillas, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando el precum salado. Él enredó sus dedos en mi cabello, guiándome sin forzar, mientras yo lo chupaba profundo, hasta la garganta. Los sonidos eran obscenos: succiones húmedas, sus jadeos roncos mezclados con mi propia humedad goteando por mis muslos.
"Para, o me vengo ya",dijo, jalándome arriba. Me recostó y separó mis piernas, su aliento caliente en mi panocha antes de hundir la cara ahí.
Su lengua era mágica, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succiones precisas. Gemí alto, arqueando la espalda, el placer como ondas que me recorrían desde el vientre hasta los dedos de los pies. Olía a mi propia excitación almizclada, y sus dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Este antónimo de pasión sabe cómo encender un incendio, pensé entre espasmos.
No aguanté más.
"Cógeme, Diego, ya", supliqué. Él se colocó encima, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, hasta que estuvo todo adentro, llenándome por completo. Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, piel contra piel sudada, el slap slap de nuestros cuerpos chocando. Sus embestidas se volvieron feroces, profundas, golpeando mi cervix con placer punzante.
Yo clavaba las uñas en su culo, urgiéndolo más rápido.
"¡Más duro, cabrón!"Él obedeció, sudando sobre mí, su olor envolviéndome como una niebla erótica. El clímax me golpeó primero, un tsunami de contracciones que me hicieron gritar, mi panocha apretándolo como un puño. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente inundándome en chorros calientes.
Acto tres: el eco del fuego
Nos quedamos tirados, jadeando, con las piernas enredadas. El aire olía a sexo crudo: semen, sudor, mi esencia. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse.
"¿Ves? No soy tan antónimo de pasión",murmuró con una risa cansada. Yo le acaricié el cabello húmedo, sintiendo una paz chida invadiéndome. De la nada a esto, qué chingonería.
Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos. Afuera, la fiesta seguía, pero ya no importaba. Caminamos de la mano por las calles iluminadas de Polanco, el fresco de la noche besando nuestra piel aún sensible.
"¿Otra chela en algún antro?",propuse. Él sonrió, esa sonrisa que ahora ardía.
"Órale, pero esta vez bailamos hasta el amanecer."
En ese momento supe que el antónimo de pasión solo era el preludio a un fuego que apenas empezaba. La ciudad nos envolvía con su caos vibrante, y yo, con el cuerpo aún latiendo de placer, me sentía viva como nunca. Mañana sería otro día, pero esta noche era nuestra, pura pasión desatada.